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EDITORIAL La novela del Chapo ya la hemos visto en Colombia
sábado, 18 de julio de 2015
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La novela del Chapo Guzmán ya se vio en Colombia, pero esta nueva versión debe servirnos para revisar cómo va la lucha contra el narcotráfico.

La fuga de uno de los narcotraficantes más poderosos y violentos de México, en una acción propia de un guión de cine, nos hace recordar a los colombianos los episodios similares que vivimos en nuestro país en los años ochenta y comienzos de los noventa del siglo pasado en los que el terror y las acciones intrépidas de los delincuentes pusieron en duda la capacidad del Estado para enfrentarlos. Aunque el fenómeno no se puede afirmar que fue derrotado totalmente, las condiciones sí son muy distintas a ese tiempo aunque las secuelas durarán varios años en desaparecer. El paramilitarismo criminal, la entrada de la guerrilla al narcotráfico, la irrupción de bandas delincuencia y la corrupción de algunas esferas de la autoridad son el mejor ejemplo. Desafortunadamente, México ha entrado en ese túnel en el que la fuga del personaje siniestro es solo una muestra, la cual no pudo llevarse acabo sin la complicidad de la guardia carcelaria y población aledaña al centro carcelario.

La experiencia indica que el Gobierno, allá y aquí, no tiene otra opción que asumir el costo político que significa una acción de este tipo. Es injusto, pero real, pero no hay que engañarse: culpar meramente al Ejecutivo es una posición farisea y oportunista que solo sirve a los intereses de los delincuentes que pretenden demostrar que ni la acción del Estado puede frenar su recorrido tenebroso montado sobre ninguna consideración humanitaria y solo con el objetivo de enriquecerse sin límite. Su demente accionar los lleva un día a pensar que su falso poder que les da el dinero los habilita para dirigir los destinos de la sociedad. Delirio irracional.

Desafortunadamente pasa un buen tiempo antes que la sociedad se de cuenta de la realidad. En un comienzo, aquí y allá, hay quienes les atribuyen a los capos cualidades por fuera de lo humano y en otros el carácter de Robin Hood porque reparten dinero entre la población más necesitada. Esa estrategia mafiosa les funciona por un tiempo como mecanismo de protección, son emulados por otros, en particular los jóvenes de los barrios populares y algunos políticos la usan como instrumento electoral. Es una etapa dura para una sociedad, cuando algunos de sus estamentos, llegan a creer en esa falsa redención social del dinero mal habido. “Si El Chapo fuera presidente a lo mejor fuera rico México” se dice o se piensa entre algunos mexicanos, empujado además por la incomprensible inclusión en listados de Forbes entre los hombres más ricos del mundo.

Solo cuando esa sociedad se decide a acompañar al Estado en la gran tarea de enfrentar a las mafias, comienza a verse la luz, para lo cual, sin la menor duda, la credibilidad en las instituciones es la condición básica para iniciar el recorrido que lleve a la salida del túnel, llamando las cosas por su nombre para erradicar la idea de que el fenómeno es parte integral de la nacionalidad, producto de la injusticia y pobreza.

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