martes, 26 de mayo de 2020

La mayor consecuencia del virus en los países no son los estragos sobre la salud de las personas, es que va a condenar a los más pobres a ser más pobres y a retrasar la llegada del bienestar

EditorialLR

En un mundo perfecto, pero iluso, el crecimiento económico podría decretarse, tal como esperan algunos gobernantes, que todo mejorará de la noche al amanecer cuando las multinacionales farmacéuticas o los gobiernos de países desarrollados le den luz verde a la esperada vacuna contra el covid-19 y todo vuelva a ser como antes.

La realidad no opera así: la economía es la reina de las ciencias sociales y sigue el mismo curso del agua corriente que toma caminos inexplicables; las firmas calificadoras de riesgo y la banca multilateral se pasan el tiempo revisando sus previsiones, pronósticos y prospectivas al alza o a la baja, dependiendo de circunstancias políticas, ambientales y sociales difíciles de prever.

Los daños ocasionados por el covid-19 en el sistema sanitario mundial están más que sobrediagnosticados y su costo comprometerá la deuda externa de los distintos países por los próximos cinco o 10 años; entre tanto, la microeconomía está recogiendo toda esta crisis que se cierne sobre la sociedad y seguirá mucho más golpeada en lugares similares a Colombia, en donde el grueso de la población se dedica a actividades informales y no paga impuestos suficientes o los pocos que contribuyen siempre son las empresas y los asalariados formales.

Quizás el falso dilema que se cernía durante los albores de la pandemia, de “economía o salud”, ahora sí se explica por sí solo, pues desligar la tragedia de satisfacción de necesidades básicas insatisfechas en una población, tales como, alimentación, salud, techo, vestido, entretenimiento, entre otras, es imposible.

Después de casi 90 días de un choque inusual a las expectativas normales, de aislamiento voluntario, de sobreinformación, y por supuesto cuarentena, el problema del virus se empieza a ver de una manera distinta en donde bien podría usarse el cliché periodístico, de “It’s The Economy, Stupid”, frase muy utilizada para recalcar que es la economía (la constante lucha contra la precariedad) la respuesta a todos los problemas sociales cuantitativos.

La economía no se mejora con una vacuna, o mejor, no hay vacuna para el mal manejo de la economía, como sí puede haber una vacuna para el covid-19 y que seguramente vendrá en camino, pero tardará varios meses para hacerse realidad en un país como Colombia o en una región como América Latina, que poco a poco se convierte en el epicentro de la peor tragedia sanitaria de la historia reciente, que no solo ha dejado un rastro de muerte y desolación, sino que ha hecho comprometer millonarios presupuestos de urgencia para que todo no colapse ante los ojos de un mundo que nunca previó lo que iba a pasar, pues los responsables como la Organización Mundial de la Salud, se dedicaron a luchar contra la ingesta de calorías, el azúcar, el sobrepeso de las personas, el tabaquismo, las carnes rojas y otra cantidad de programas que hoy parecen estar en los anaqueles ante la avalancha del covid-19, que no vieron venir por estar muy cerca del poder del emergente chino.

Y llegará el momento para pasarle la cuenta de cobro a la OMS, por no haber advertido de la pandemia y por dejar que las autoridades chinas ocultaran el poder del virus y no haber actuado oportunamente para evitar toda esta catástrofe. Colombia debe comenzar cuanto antes a convivir con esta nueva normalidad y no dejar que los amigos de que “el caos nunca muera” mantengan a la sociedad secuestrada en sus miedos.

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