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EDITORIAL La destrucción del tejido empresarial
sábado, 5 de marzo de 2022

Ningún empresario levanta una compañía o la hace próspera en un par de semanas, pero hay casos en que los gobiernos las destruyen en dos días, lo que nunca se repara

Editorial

Ninguna época es igual a otra, los días, meses y años, pueden tener rasgos parecidos pero nunca son iguales, menos aún para las empresas. El contexto económico, social e histórico en que Bill Gates creó el emporio de Microsoft es muy distinto con el que lidia en la actualidad Satya Nadella. Otro ejemplo puede ser el de Steve Jobs y Tim Cook; o el de Henry Ford y Jim Farley.

En Colombia es igual, las dificultades y oportunidades que tuvo Santiago Eder para echar a andar Manuelita en 1854, no son ni parecidas a las que afronta Harold Eder; el mismo caso para Valerio Tobón y Gabriel Posada en 1904 y el día a día que maneja Miguel Escobar. Son casos empresariales que se han desarrollado muy a pesar de las adversidades y han superado gobiernos afines o detractores, pero siempre la libertad de empresa, el respeto por la propiedad privada y unas reglas tributarias claras las han dejado llegar hasta nuestros días, generando empleos, pagando impuestos, creando patentes y bienestar social; es más, muchas de esas empresas tienen unos socios privados, pero su naturaleza es más pública ahora que docenas de generaciones se apropian de sus productos y otras tantas han sido empleados, proveedores y beneficiarios directos e indirectos.

Más específicamente, el consumidor es el verdadero dueño de un iPhone de Apple, un Festiva de Ford o una Colombiana de Postobón, son una suerte de patrimonios de la gente, quienes han pagado durante décadas a unos administradores empresariales (altas gerencias) para que mantengan la proveeduría de esos productos en un proceso económico unido por un largo cordón umbilical de salarios, inversiones, impuestos, sostenibilidad, entre otros, eslabones que soportan a los países, y que quienes no tiene empresas, viven postrados en el fondo del subdesarrollo, pues crear empresa, ser contribuyente, formalizarse, dar empleos, fabricar, innovar, en general producir, es de las cosas más complicadas de un mundo globalizado. Hay casos en la región como Cuba, Nicaragua y Venezuela, que permitieron que sus gobernantes todos de facto, fueran a por las empresas, las expropiaran, asfixiaran, acosaran y cansaran hasta desaparecerlas, desplazarlas, hacerlas emigrar para que los productos y servicios que otrora el sector privado en un entorno de la libre empresa proveían, fuera monopolizado por afines a los gobernantes, quienes a la postre las cerrarían o las sumirían en un círculo vicioso de mediocridad, cero competitividad y ninguna productividad. La diáspora de empresas que se están yendo de Rusia sumirán al tejido empresarial del país en un profundo subdesarrollo. Es imposible que puedan copiar, reproducir, igualar, ni mucho menos imitar a Microsoft, Intel, Google o Siemens, entre cientos de casos en estampida.

La actividad empresarial que destruyeron los gobiernos de Cuba, Nicaragua y Venezuela nunca se volverá a recuperar, primero tendrán que salir de sus líderes actuales y retomar labores, tarea que será de décadas; y las empresas que están evacuando de Rusia, no volverán hasta que el régimen de Vladímir Putin no haya desaparecido, por el simple hecho de que ya no hay garantías y la confianza se ha esfumado. Colombia debe tener en cuenta no solo lo que pasa en el vecindario, sino lo que sucede en Rusia, en términos empresariales: compañías que se van, no vuelven, ni las que expropian viven.

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