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EDITORIAL El efecto Ambuila y el consumo conspicuo
miércoles, 3 de abril de 2019

Cuando las necesidades básicas son satisfechas surge el consumo de bienes y servicios no solo por las cualidades intrínsecas, sino para ganar status y reconocimiento, un pecado de moda

Editorial

La economía institucional es uno de esos pilares de estudio social que cada día toma más vuelo y tiene valor presente si se miran las sociedades modernas como grandes mercados interconectados y a los individuos como consumidores. Es una de las pocas escuelas de pensamiento estadounidense que tiene sus raíces más profundas en los libros de Thorstein Veblen, John Commons, Clemence Ayres y Wesley Mitchell; ideas que concebían el sistema económico como parte del entramado institucional que forma parte de la cultura humana y determina el comportamiento en sociedad. Pero el autor que viene a colación es Veblen (1857-1929) a quien muchos consideran padre de la economía institucional y del cual se toman las ideas del llamado “consumo conspicuo”, que no es otra cosa distinta que las compras superfluas, el lujo y todas esos bienes y servicios completamente prescindibles, y que sumadas convierten a una sociedad en sociedad de consumo. En conclusión, la gasolina misma de cualquier sociedad occidental inmersas en el consumismo como base de la prosperidad de una sociedad y la felicidad de su gente. Toda una suerte de sociología y economía.

Veblen plantea que la satisfacción que las personas obtienen al consumir bienes y servicios no solamente viene de las cualidades intrínsecas de estos. Los productos con precios más altos tienden a darle satisfacción a las personas mediante el status y reconocimiento social; realidad que se ha potenciado con la moda de las redes sociales, pues sin ese consumo conspicuo no hay Instagram o FaceBook que tengan verdadero sentido; es una suerte de nuevo escenario en donde el status y reconocimiento logra el grado de “influencer”, que a su vez genera un consumo exponencial de marcas vinculadas con el éxito y la felicidad de la gente.

La revista The Economist ha tratado con extensión la dicotomía que mantienen los economistas para medir la felicidad de la gente y explicar por qué el consumo como garantía del capitalismo genera prosperidad, pero no siempre felicidad. Una suerte de juego de palabras que traen a valor presente el efecto del consumismo en las economías emergentes que experimentan cuando se compran bienes, la felicidad es efímera, a diferencia de otras actividades que involucran un proceso de aprendizaje.

El caso viral de la hija de un funcionario corrupto de la Dian es el mejor ejemplo del afán por ir más allá de las necesidades básicas insatisfechas y avanzar en el consumo conspicuo sacrificando la honestidad como una de las virtudes particulares de los sociedades que progresan, recogiendo las virtudes burguesas de las que habla Deidre MCcloskey. La realidad histórica es que los países desarrollados fueron levantados con base en el trabajo duro y el ahorro. La Colombia gestada o marcada, entre los años 80 y 90, por la cultura del dinero fácil producto del narcotráfico es justamente las que vemos fehacientemente en el ejemplo de la familia Ambuila Chará, un caso que no es aislado y que se ve con frecuencia no solo en la sociedad del hampa que se niega a desaparecer, sino entre muchos funcionarios y comerciantes que no aguantan la más mínima trazabilidad del dinero como han obtenido sus “consumos conspicuos” adquiridos para ganar, no solo status y reconocimiento, sino poder y miedo para ejecutar.

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