lunes, 24 de agosto de 2020

El uso del dinero en efectivo venía de capa caída desde hace años, ahora la desconfianza sobre si es o no vehículo transmisor del covid-19 puede precipitar su desuso y acelerar pagos digitales

EditorialLR

La pandemia ha puesto en jaque muchos usos culturales, sociales y económicos instalados en la sociedad desde hace varios siglos. Ahora, el miedo a las aglomeraciones, a las multitudes y al contacto con superficies expuestas a los desconocidos está marcando la pauta al inicio de la llamada nueva normalidad. Quizá otra de las cosas buenas que ha traído el covid-19 es la aceleración de la transformación digital de las costumbres y los mecanismos de pago no se escapan. Ya era hora de que los billetes emprendan su camino a la jubilación, tal como lo han avanzado las azarosas monedas que aún se niegan a desaparecer en países como el nuestro. Fue en China y en el siglo VII donde y cuando se masificaron los billetes que tardaron en llegar a Occidente en el siglo XVII, desde cuando han reinado como mecanismo de pago efectivo hasta la aparición del dinero plástico en 1914 de la mano de Western Union. De allí para acá, los sistemas de pago se han acelerado y desarrollado múltiples formatos todos ligados a la cuarta revolución industrial y la comodidad que brinda la interconexión moderna entre la oferta y la demanda.

Pese a tanta disrupción global, en Colombia sigue mandando el efectivo, incluso los peajes se pagan en metálico, costumbre que arruina cualquier objetivo de buscar la competitividad de las costosas obras de infraestructura, que tienen que resignarse a ver formarse trancones, tacos o atascos en las obsoletas casetas de pago que reciben billetes y entregar las vueltas o los cambios. En tiempos de coronavirus es un imperativo social dejar de usar dinero en efectivo y que los peajes se modernicen y les permitan a sus usuarios no tener que manipular dinero expuesto a miles de manos sin los mínimos protocolos de higiene, situación que es un verdadero vehículo de transmisión de bacterias, así no esté comprobado a ciencia cierta que en los billetes repose el covid-19, tal como sucede en las superficies sólidas y frías.

El dinero plástico o digital no solo es más seguro, sino más aséptico y para su masificación debe haber una política pública que estimule su uso generalizado. Un billete de $50.000 dura un promedio de 35 meses; el de $10.000, año y medio; el de $5.000, nueve meses, mientras que los de $2.000 mueren a menos de un año de entrar en circulación. Las causas de sus retiros del mercado no son otras que las inclemencias de la “manipulación”; ir de mano en mano por todos los rincones del país hasta que se desgastan, pero en esa corta vida son el transporte de muchas bacterias y virus causantes de varias molestias. No es sano que el Gobierno Nacional ni la institución independiente productora del papel moneda, como es el Banco de la República, no desarrollen un plan ambicioso a largo plazo para ir desestimulando el uso de los billetes e ir adoptando otros medios de pago modernos que no solo garanticen la higiene, sino que ayuden a combatir el crimen organizado, el lavado de activos, el contrabando y todas las mafias que se mueven con dinero en efectivo. Si el avance de la bancarización y la transformación digital son verdaderas herencias de la pandemia, por qué no esperar que el desuso del efectivo se acelere por simple desconfianza al recibir billetes que deambulan de mano en mano sin cumplir los mínimos protocolos de desinfección. Ojalá el país entrara en otra época en medios de pago.

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