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EDITORIAL El clima cambiante amerita plan de choque
jueves, 12 de noviembre de 2015
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El efecto pastorcito mentiroso en el manejo de El Niño es una realidad, ojalá no coja a los ministerios con los pantalones abajo.

Con el Fenómeno de El Niño nos va a pasar lo mismo que al pastorcito mentiroso de la fábula de Esopo. De tanto amenazar o anunciar su llegada al país, cuando éste ya esté aquí, con todas sus consecuencias, nadie podrá hacer nada y sus estragos en la economía serán muy grandes. Justamente hace un año, el Observatorio Económico para Colombia del Banco Bbva, publicó un extenso análisis titulado “Una nota sobre los efectos en la economía del Fenómeno de El Niño”, en el texto dibujaba los canales de transmisión del fenómeno a la economía.

El principal de ellos, planteaba, “es el canal de la agricultura, en el cual, las fuertes sequías que afectan la región Andina y Caribe tienen un impacto negativo sobre la producción, aumentando el precio de estos bienes. Al mismo tiempo, la menor producción agrícola reduce el PIB de este componente. El otro canal es el energético, en el cual la falta de lluvias y las altas temperaturas merman el nivel de los embalses, obligando a las generadoras de energía a usar fuentes alternativas de generación (como carbón y combustibles líquidos) a un mayor costo”.

Un año después la realidad es esa: los mayores costos se están traduciendo en mayores tarifas eléctricas lo cual redunda en una mayor inflación, pero -advierte el escrito- el Fenómeno de El Niño también tiene un efecto positivo al bajar precio de algunos productos básicos importados. Grave sentencia: no previó el autor que el lío climático iba a llegar de la mano con la devaluación y el golpe sería doble para disparar el Índice de Precios al Consumidor. Todo apunta que los próximos tres meses serán altamente inflacionarios por todos estos fenómenos confabulados en un mismo tiempo.

Todos creímos que “la evolución de los precios de los alimentos en los períodos donde se registró el fenómeno muestra que la inflación de alimentos no guarda proporción con la intensidad del fenómeno”. Se equivocaron los comentadores cuando afirmaban que “El Niño no necesariamente dispara el precio de los alimentos: por ejemplo a finales de los años 50, principios de los 90 y mediados de 2000, el crecimiento de los alimentos se mantuvo relativamente estable”. Otra sentencia que falla es la que plantean los analistas sobre la participación de los alimentos dentro de la canasta del IPC, que ha disminuido con el paso del tiempo. Entre los años 80 y actualidad, esta participación pasó de 48% a 28%, pero el peso de los importados inflados por la devaluación, como trigo y casi todos los cereales, le ha pasado una cuenta enorme al bolsillo de los colombianos.

El Fenómeno de El Niño amerita un plan de choque serio donde intervengan los ministerios de Hacienda, Agricultura, Industria y Energía. El clima no es centralista, si en Bogotá está lloviendo no quiere decir que en las regiones esté ocurriendo lo mismo.

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