sábado, 24 de octubre de 2020

Las cifras oficiales que ha alcanzado el covid-19 en Colombia son escalofriantes y lo peor es que aún no se ha llegado al final de una situación inédita con costos insospechados

EditorialLR

Pasamos agosto y el pico de contagios nunca llegó y ya sobrepasa el millón de personas; se cuentan unos 30.000 muertos y la vacuna que estaría en septiembre solo es una ilusión de mercado. Es una situación dramática por la que atraviesa el país, mientras alcaldes y gobernadores tienen listos los decretos que declaran nuevamente en sus municipios y departamentos la emergencia sanitaria por la alta demanda de servicios. Pero la mayor preocupación es que todo lo que tiene que ver con el covid-19 se volvió parte del paisaje y hace varios meses que las autoridades sanitarias le perdieron el rastro al virus y a la trazabilidad de los contagiados. Incluso, estar enfermo se volvió vergonzante y los afectados se escudan cada vez más en el silencio. No es culpa de nadie, es el mismo miedo y los coletazos del antinatural encerramiento social. Las criticadas cuarentenas solo sirvieron para aprender, ganar tiempo y atender una castrástrofe inminente que ha durado más meses de los pronosticados hasta por los más pesimistas. El virus ha entrado en una peligrosa espiral de cotidianidad que a nadie atemoriza, a pocos atormenta y son muchos menos quienes hoy le tienen miedo, gracias a que se sabe más de la situación y hay tratamientos que han sido eficaces. No hay un camino distinto para un país del trópico, lleno de carencias y en desarrollo como es Colombia que aprender a convivir con la nueva realidad, aceptando las cosas como son. Hay que convencerse de que no hay poscovid, que esos días ya llegaron, se deben asimilar tal como llegan.

En toda la historia del país no se había enfrentado una crisis mundial glocalizada de la que no se tiene escapatoria, pues se vive igual o con pocos diferencias en todos los rincones del planeta. Desde el 11 de marzo cuando la OMS declaró la enfermedad como pandemia, el virus empezó a calar muy fuerte el núcleo de las sociedades por donde más duele y son más vulnerables: la vida y la salud de las personas, sin vacunas a la vista. Pero lo peor es que está castigando las dinámicas de consumo, producción y la estructura social, cercenando la libertad de desplazamiento, modificando los usos laborales y escolares, que aún no se acondicionan a la virtualidad agresiva. Sin duda se aceleraron procesos otrora siempre pendientes como es la conexión permanente desde los hogares al trabajo y al estudio, incluso se dio un salto en la bancarización por el miedo al contacto del efectivo y para aprovechar muchas ayudas gubernamentales. El celular reforzó su importancia como herramienta de comunicación, información e interfase de trazabilidad entre usuarios y autoridades.

Los costos del millón de contagiados y los 30.000 muertos no son distintos a una economía estancada, en rojo, con la deuda externa disparada y un desempleo galopante que afecta a más de cuatro millones de colombianos. El Gobierno ha hecho lo que ha podido, pero aún está muy lejos la recuperación social y económica que no llegará a todos por igual, lo mejor es asimilar los roles y funciones en la recuperación económica; no mirar atrás la otrora normalidad. Este próximo 8 de diciembre se cumple un año de haberse detectado el covid-19, un detalle importante para concientizarse de que tanto daño global tardará en retomar crecimientos. Colombia tiene la opción para construir un modelo más afín a los retos globales como la sostenibilidad ambiental y la digitalización como piedras angulares.

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