miércoles, 11 de noviembre de 2020

Medio centenar de proyectos científicos se han concentrado en una carrera por poner en el mercado la vacuna contra el covid-19, pero en esa justa a algunos les interesa más la bolsa

EditorialLR

Esta semana la vacuna de Pfizer, al demostrar una eficacia preliminar de 90%, se ha convertido en la líder del mercado y sobre la cual se han puesto todas las esperanzas de lograr algo que hasta ahora parece imposible y es hacer que todo vuelva a la normalidad. Muy de cerca y en segundo lugar se encuentra la británica, AstraZeneca, que antes de diciembre anunciará pruebas definitivas luego de empezar sus ensayos clínicos con humanos. En tercer lugar, y con menos credibilidad van tres chinas: Sinovac, SinoPharm y CanSino, todas en fase III, que consiste en la última etapa con pruebas en voluntarios de todo el mundo. Otras cuatro: Gamaleya de Rusia y las de las farmacéuticas globales, Janssen, Novavax y Moderna, también están muy adelantadas en los protocolos de la OMS, pero han sufrido algunos retrasos a la luz de la información de los mercados secundarios; que es justamente en donde se encuentra el problema, pues muchas de éstas se han concentrado en dar información eventual de impacto en las bolsas de valores y sus acciones, pero no han alcanzado puntos disruptivos en los laboratorios científicos.

Hay medio centenar de proyectos científicos en varios países con apoyo del sector productivo que se hayan inmersos en una carrera desenfrenada por encontrar la vacuna contra el coronavirus; algunos -como debe ser- por humilde beneficio de la humanidad, pero otros para recoger dinero de gobiernos y hacer negocios con la desesperación de las sociedades. Es una suerte de “búsqueda de la piedra filosofal” que cambiará la historia reciente y tendrá muchas utilidades para quienes la consigan, de momento hay un puñado de empresas bien intencionadas, pero otras claramente son especuladoras bursátiles o corporaciones estatales con otras motivaciones de carácter político para generar populismos nacionalistas, en una carrera que claramente está poniendo a prueba el desarrollo sanitario o científico de multinacionales y países y también su capacidad de reacción a un problema que estaba advertido, pero nadie preparado.

La noticia que se espera con ansias es que algunas de las que están en fase III entren en la etapa de comercialización y distribución en los países de origen. La supervisión rigurosa de todos los procesos por parte de instituciones como la Agencia Europea del Medicamento o la FDA en Estados Unidos, son fundamentales para garantizar la seguridad; cabe resaltar que muchos de los proyectos en desarrollo no aportan los protocolos y no tienen aval de los países de la Ocde, por ejemplo, las vacunas de china, las rusas o cubanas, que quizá lleguen más rápido a la meta, pero por caminos alternos y no probados por instituciones de control y vigilancia de medicamentos que funcionan en el mundo desarrollado. Otro de los graves problemas es que la coyuntura pandémica ha hecho que los procesos para conseguir la vacuna se hayan acortado como nunca y en ese camino se metan especuladores bursátiles e irresponsables sanitarios para pescar en río revuelto; hay casi 200 compañías que están haciendo pruebas preclínicas e investigando en animales o con humanos de manera indiscriminada. La carrera por la vacuna es más que loable, pero no puede convertirse en especulación bursátil ni mucho menos en propaganda de países totalitarios. Ojalá, todo llegue pronto, pero seguro.

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