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EDITORIAL A un país en paz se le acaban las disculpas
jueves, 7 de noviembre de 2013
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Han sido tantos años de guerra y barbarie entre nosotros, que al país se le ha olvidado cómo es vivir en paz y sin disculpas

El problema con los diálogos de paz entre el Gobierno Nacional y la guerrilla es que no han sido incluyentes, pero ese es un defecto al mismo tiempo que una virtud de cara a los acuerdos. Y es que en los temas de paz, reconciliación y fin de una guerra, que nos ha desangrado por más de cinco décadas, hay muchos puntos de vista o lentes individuales con que se mira la situación. El primero es el de las víctimas que ven en la paz una etapa necesaria para resarcir su tragedia; el segundo es el de los políticos quienes han encontrado desde hace muchos años un elector para sus fines politiqueros; el tercero es el económico, en donde se muestran las bondades de vivir en una nación sin guerra; el cuarto punto de vista es desarrollista en donde se involucran los nuevos escenarios sociales que brinda un país sin emboscadas, tomas de poblaciones, ni pescas milagrosas. Y el quinto punto de vista tiene que ver con la responsabilidad ética de entregarle a nuestros hijos un país en paz, sin rencores ni venganzas en donde puedan forjar una vida mejor.

Ninguno es mejor que otro, ni hay que imponer nuestro punto de vista sobre la guerra y la paz. Bien podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el país político y algunas esferas económicas, son manejadas por víctimas de la guerra, quienes han sido secuestrados, han perdido familiares u obligado a vivir en medio de escoltas o alejados de su país que los vio nacer. Y esas situaciones imprimen carácter y determinan sus posturas sobre hechos políticos cargados de soluciones. Son cerca de 60 años de incubar odios y venganzas. Por eso la oportunidad que surge ahora está cargada de desconfianza e incertidumbre. Todas posiciones respetables.

En cifras el conflicto solo golpea en su totalidad a un 6% de los municipios colombianos; que cubren menos del 30% de la geografía, en donde vive un 20% o 25% de la población y que compromete poco menos de 8% del PIB. Los datos podrían plantear que es un asunto pequeño en términos numéricos, pero la verdad es que esas cifras se amplían o expanden hasta golpear al 100% de los colombianos y a afectar a todos los rincones de nuestro país. Es un problema viejo, crónico y duro de acabar, y que ya se ha llevado a muchas generaciones de colombianos que nunca supieron cómo era vivir en un país sin guerrilla.

A un país en paz -como le puede suceder a Colombia en los próximos meses- se le van acabar las disculpas para no llevar el progreso a ese 6% de los municipios y poblaciones cuyo problema principal es la guerrilla; como también al Gobierno Nacional de no llevar el desarrollo y la seguridad a la otra Colombia que está por fuera de las decisiones en grandes ciudades. Y en ese contexto, claramente la responsabilidad social empresarial tendrá otro nivel.

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