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ANALISTAS Pacto por el Agro y el Desarrollo Rural
sábado, 31 de agosto de 2013
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Es imposible que cualquier persona que observe o lea las informaciones diarias sobre la forma como han transcurrido las protestas en varias regiones del país, en donde se expresan las más variopintas reivindicaciones sociales, no se sienta profundamente conmovido, tanto por la justas reclamaciones como por los desmanes en los que algunas han degenerado. Parece que fuera imposible disociar una manifestación de una asonada. Es innegable que hay sectores, como el agrícola, inclementemente golpeados por la revaluación del peso, por los costos de producción, por la guerra, por el pasado invierno, el mal estado de las vías, el elevado costo de la energía eléctrica, etc… Todos estos elementos sumados entre sí han creado este malestar que alienta tan disímiles reivindicaciones pero que en modo alguno sirve como excusa para la creación del desorden y la generación de violencia.En este sombrío panorama nada ni nadie puede justificar el desorden que algunos líderes de las protestas han propiciado, fomentando actos de destrucción, agresión a la fuerza pública, cierre de vías públicas y generalizadas amenazas con la consabida y peligrosa alteración de la normalidad laboral y social. Si la pretensión original era que toda la sociedad colombiana visibilizara el fenómeno de pobreza que afecta al país rural, cuya diáspora empuja el crecimiento caótico de nuestras principales ciudades, lo han alcanzado con creces. Todos los funcionarios del alto gobierno, alcaldes y gobernadores, jerarcas de la iglesia y hasta el propio Presidente de la República han hecho presencia con el firme propósito de escuchar sus reclamos, valorarlos y con ello buscar soluciones a una problemática que se viene larvando progresivamente desde hace bastantes años, y que irrumpió con inusitada fuerza en un gobierno que ejerce la autoridad serenamente.En medio de un tortuoso camino hacia la paz, esta labor consensual se basa en una delicada filigrana política, labor a la que está dedicado de lleno, como se ha dicho y como se ha visto, el alto gobierno. Mientras todo esto sucede y la anarquía parece ganarle la partida a la razón, diversos actores buscan afanosamente cómo sumar sus reclamos a los del sector agrícola, aunque no tengan ninguna relación con ellos, siendo el común denominador de todos estos el conseguir un protagonismo a ultranza, animados con el perverso propósito de alcanzar a toda costa “que crezca la audiencia’’.Quienes actúan con la feroz intransigencia de no llegar a consensos deben pensar que es el propio país el que acaba pagando las consecuencias, con lo cual, al final de la jornada, no habrá vencedores que se escapen de tener que concurrir, de alguna manera, al pago de lo que se acuerde. Por lo tanto, es necesario recordar que de estas situaciones ningún sector de la sociedad sale indemne, porque genera debilitamiento de la institucionalidad que nos afecta a todos por igual.Ya vemos que muchos de los que arengan, unos porque sí y otros porque no, ya están sufriendo en carne propia su propio atrevimiento, produciendo lo que los politólogos denominan como el efecto boomerang: lo que hacen para perjudicar a algunos los acaba perjudicando a ellos mismos y ellos mismos tendrán que pagar las consecuencias de sus actos. Por ello es necesario no echar más fuego al candil, se hace indispensable serenar los ánimos. Es, por lo tanto, más que pertinente aterrizar las pretensiones particulares, se hace inaplazable arriar las banderas del desorden e iniciar entre todos el trabajo conjunto por hacer menos severa y más sostenible la vida de las mujeres y los hombres del campo y en el campo.Precisamente a esta labor de mejorar la vida en los campos, de manera constante y silenciosa, ajena a los protagonismos, ha estado dedicada durante más de ochenta y seis años la Federación Nacional de Cafeteros, que ha construido los deseados bienes públicos como la garantía de compra, la extensión, la investigación, la promoción y el arreglo de los cultivos, entre otros logros.En este orden de ideas, las ciudades y las instituciones no pueden vivir de espaldas al campo, pero a su vez el campo no puede desconocer la importancia de las instituciones como vehículo promotor de orden y progreso. El país agrario requiere prontas soluciones, como también sus líderes debemos estar prestos a la construcción y no a la destrucción.El país por fin ha reconocido la pobreza y el atraso del agro, de sus campesinos que parecen vivir en otro siglo pretérito dadas sus penurias y necesidades, que parecen estar condenados a transitar otra ruta distinta a la del progreso y el bienestar.Bienvenida la redefinición de una nueva política agraria y rural, que todos los sectores productivos acordamos ayer con el Presidente Santos como el Pacto Nacional por el Agro y el Desarrollo Rural. Ha llegado, entonces, la hora de trabajar unidos, sin vencedores ni vencidos, para que esta lamentable situación que vivimos en la semana que pasó, jamás vuelva a suceder.En estos días la triste muerte de un niño nos recordó que “en la guerra, gane quien gane, siempre pierde la vida”. Es, por lo tanto, la paz la única salida posible a este intrincado laberinto en el que nos encontramos. Son la concordia y el entendimiento las herramientas más adecuadas para llegar a un pronto acuerdo. Es la inteligencia, la fraternidad y el sentido común, las que abrirán de nuevo las puertas al campo colombiano, deseoso de emprender la senda del progreso que tantas veces se le ha negado.