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ANALISTAS “Nunca pare de leer”…, Rodrigo Marín Bernal.
miércoles, 7 de enero de 2015
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Tengo un nudo en la garganta. Y otro igual en mi cabeza, pues me es difícil escribir con la emoción y tristeza que siento al referirme a una de las personas más importantes en mi vida familiar, y que el pasado 30 de diciembre dejó de acompañarnos para unirse al infinito silencio: aquel mismo y necesario para cultivar la que fue su mayor pasión y por la cual Miguel Angel Bastenier, notable columnista de El País, lo llamó el hombre que sabía todo sobre España. Y también sobre la historia nuestra, así como fue un actor principal en la política colombiana reciente.

Hablo de mi tío Rodrigo Marín Bernal y su pasión fue la lectura. Cuando lo visitaba en su casa cercana a Unicentro, me perdía por horas en la biblioteca y sus escaleras para acceder a los últimos entrepaños en los que encontraba diferentes tomos de leyes, historia y literatura. Encuentro una constante desde mis primeros recuerdos cuando niño hasta los últimos en su lecho de enfermo, y esta fue el respeto y la admiración por su forma de ser: su maravillosa memoria, el poder de su voz, sus principios éticos y la espontaneidad y alegría de sus ojos y su sonrisa. Una combinación que solo puede darse en las tierras cafeteras de Caldas, rasgos que para mi alegría, encuentro cada día en mi mamá y en mis tías. 

Crecí viéndolo por televisión en sus debates como Senador de la República, pues como el menor de sus sobrinos -junto con mi hermana- era poco el tiempo que podía pasar con él; así me acostumbré a su imagen pública, a la distancia y al orgullo que generaba en la familia. En esos años de ir a la primaria dormía en la biblioteca de mi papá, pues cuando nació mi hermana ella heredó mi cuarto inicial, y yo comencé a explorar las Notas Egipcias de Andrés Holguín y los cuentos de las mil y una noches. También la colección de vinilos que estaba por ahí, donde encontré los conciertos de la Fania All Stars en Nueva York y las primeras grabaciones del Gran Combo de Puerto Rico; allí nació mi pasión por la música. 

Un día encontré un libro titulado Itinerario de un secuestro, escrito por mi tío Rodrigo y que narraba lo sucedido a Álvaro Gómez Hurtado. Si su presencia física era lejana para mí, comencé a sentirme cercano a sus pensamientos. Una parte de su obra estaba conmigo cada noche. Y me sentía feliz por sus logros como líder político, que lo llevaron a ser ministro de varias carteras -su campaña de lucha contra la inflación es un ícono publicitario- así como embajador y Presidente del Partido Conservador. Sus discusiones ideológicas con mi papá, liberal radical que sin reparo alguno cuestionaba sus posiciones y actuar público, me enseñaron la importancia del debate y del respeto mutuo entre opositores. Siempre los vi como elegantes rivales intelectuales, amigos íntimos unidos por el contrapunteo inevitable originado en sus distintas formaciones y vivencias. 

Recuerdo un día de reunión familiar en la casa de mis papás. Mi tío Rodrigo se despedía ya de los mayores, yo lo oí desde el segundo piso y dejé mis juguetes para bajar a despedirlo. Le daba un abrazo a mi papá cuando los interrumpí diciendo “tío, cuando grande quiero ser Presidente. ¿Qué debo hacer?” Recuerdo las risas de los dos y la respuesta cuando recobró su seriedad característica: “lea, y nunca pare de leer. Así como su papá”.