martes, 11 de febrero de 2014
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Durante las festividades decembrinas viajé por carretera, como es mi costumbre, a la costa Atlántica, a un pequeño pueblo de pescadores a orillas del mar, perdón por la redundancia, llamado Rincón de Múcura. Los bellos paisajes que rodean la vía estaban interrumpidos por múltiples vallas publicitarias que anunciaban pomposamente “mejores vías para un país moderno”.

Los colombianos estamos acostumbrados a estas ironías. Lo único que se observaba como “mejor” en la  vía era un “parcheo” en sus incontables hundimientos y unos contratistas pintando las líneas divisorias amarillas que obstaculizaban el intenso tráfico vehicular de las vacaciones. Líneas amarillas centrales que, entre otras cosas, tienen una reglamentación absurdamente exagerada para sobrepasar a otros vehículos, entre ellos las gigantescas tractomulas de transporte de carga que transitan a mínimas velocidades. Inclusive, al regreso un cinco de enero “en el puente del retorno”, la vía en el tramo entre Valdivia a Yarumal fue cerrada completamente durante más de una hora para ejecutar las mencionadas labores.

¿Qué pasa con los gobiernos de Colombia, que mantienen el gigantesco atraso de la infraestructura vial? No tenemos vías decentes entre las principales ciudades, como tampoco entre estas y los puertos. No tenemos vías secundarias importantes entre las capitales departamentales y sus poblaciones. Como ejemplo: la doble calzada que sale de Medellín hacia el puerto de Buenaventura y a su vez comunica con el Suroeste antioqueño, principal región cafetera, ya lleva 10 años en construccion y al parecer le faltan otros cuatro o cinco para terminarla, en medio de las congestiones que genera su construcción. 

Y qué decir de las carreteras veredales por donde transportan su producido agrícola los campesinos, que son trochas intransitables en los cotidianos inviernos.  

Es increíble que mientras estamos firmando acuerdos comerciales y alianzas como la del Pacífico, se tenga que mencionar esa sombra negra que cubre el país, como lo es que somos la nación más atrasada en vías de todo el continente.

No podemos tener como disculpa la corrupción que lamentablemente se da en otros países. No podemos disculparnos con las complejidades de nuestras montañas ni restricciones ambientales, que bien pueden resolverse con ingeniería. No tenemos disculpa distinta que aceptar nuestra falta de responsabilidad y de una voluntad política para resolver un problema grave y estructural que nos ha causado, causa y causará un enorme retraso en el desarrollo económico del país. 

Antes que acuerdos comerciales, alianzas y publicidad como “cortina de humo”, el país exige un viraje de 180 grados en las políticas de infraestructura vial.