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ANALISTAS El guardián del fuego
miércoles, 15 de abril de 2015
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El pasado 9 de abril - día de las víctimas- se cumplieron 250 años del nacimiento del Precursor don Antonio Nariño. Salvo una  sesión solemne que organizó la Academia Colombiana de Historia para recordar el aniversario en la que llevó la palabra la historiadora Margarita Garrido con una excelente conferencia, la fecha pasó prácticamente desapercibida.

No debería ser así. Si hay  en nuestra historia alguna “víctima” por antonomasia, ahora que tanto se habla de ellas, fue  don Antonio Nariño. Casi un tercio de su vida ( cerca de 20 años) los pasó en arbitrarios calabozos en Bogotá, Cartagena, Pasto y Cádiz, a donde lo arrojó con increíble sevicia el régimen borbónico de la  Nueva Granada. Nariño entregó a la causa de la independencia toda su fortuna y tranquilidad personal.

En la  entrada de la Gobernación de Cundinamarca -a la que él tanto quiso- puede leerse una frase de Nariño que viene muy bien para el momento que vive Colombia: “ la guerra no tiene sentido si no se construye la paz”.

La tormentosa vida del Precursor- víctima, debe ponerse  como ejemplo en estos días en los que comenzamos a prepararnos para construir la paz. Una vez logremos firmar en La Habana el fin del conflicto y la entrega de armas por parte de la subversión.

Nariño tuvo la desdicha  adicional  de no poder llegar a las  grandes citas de nuestra historia. No por su voluntad, como injustamente  lo acusaron ante el senado Gómez y Azuero en el resonante  debate con el que  el Precursor concluyó  triunfante su vida pública en 1823.  Sino porque las cadenas que lo  mantenían atado a los calabozos  por la causa de la Independencia se lo impidieron. La  enseñanza de su palabra y  el  testimonio de sus sufrimientos precedieron las grandes fechas de nuestra independencia: el 20 de julio de 1810 lo sorprende en la cárcel  de  Cartagena, y el 7 de agosto  de 1819 en la de Cádiz donde purga su última prisión por más de cuatro años.

La figura de Nariño comienza a reconocerse  por estos días de manera más rotunda. Con el título de este artículo acaba de publicar, por ejemplo, Javier Darío Restrepo,un interesante libro en el que se intercalan los desafíos del periodismo moderno que debe narrar  con independencia y ética informativa la guerra que aún vivimos con las peripecias de la vida de ese caballero andante que fue don Antonio Nariño. No solo  como traductor de los derechos del hombre y del ciudadano, sino como inventor del periodismo político en Colombia con su Bagatela y sus Toros de Fucha. Con muchos más méritos  como pionero del periodismo entre nosotros que Manuel del Socorro Rodríguez.

De sus contemporáneos quizás el que mayor justicia le hizo y mayor deferencia le deparó siempre fue el Libertador, quien  reconoció en Nariño desde la primera hora su papel crucial como Precursor. Aunque poco se trataron personalmente (solamente se entrevistaron por cuatro días en los cuarteles generales de Achagua, cuando la estrella de Bolívar ascendía rutilante y la de Nariño se apagaba),  el Libertador no dudó  -contra el parecer de muchos- en nombrarlo  vicepresidente de la Gran Colombia  y primer presidente del Congreso constituyente de Cúcuta.

Abelardo Forero Benavides  en “ Impresión y represión de los derechos del hombre”,  resumió muy bien el significado  histórico de Nariño en la preparación de nuestra independencia:

“ El 20 de julio se verificó una escena conocida y recordada. ¿Pero qué había acontecido antes del 20 de julio como subterránea preparación a este brote...?

Uno de los riachuelos originales del fenómeno político que sale a la superficie, lo hemos encontrado en 1794 ( año de la traducción de los derechos del hombre y del ciudadano por Nariño). En nuestro entender ese es un año capital en el que parece iniciarse el proceso de incubación de la Independencia” .

Está bien, pues, que recordemos a don Antonio Nariño. Nacido en Bogotá  un 9 de abril hace 250 años: el día de las víctimas.