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ANALISTAS El futuro detrás de un balón
jueves, 26 de junio de 2014
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Imaginemos el siguiente panorama: Colombia ha quedado campeón mundial de fútbol en 2014. Luego de ganarle a Uruguay y de ganar sus compromisos de cuartos de final y de semifinal, se ha logrado lo que muchos han soñado pero pocos se han atrevido a aseverar: somos campeones mundiales de fútbol. Las miradas del mundo se vuelcan sobre este país suramericano y hay una fiebre en todas las latitudes por contratar a estos deportistas alegres, aguerridos y llenos de coraje. 

Durante cuatro años al país le llueven extranjeros. Regresan los que alguna vez pisaron estas tierras e ingresan gran número de norteamericanos, europeos, asiáticos, oceánicos y africanos, ávidos de conocer las tierras de donde emanan futbolistas talentosos y llenos de vitalidad. La economía se dinamiza, las inversiones crecen e incluso el PIB se incrementa de manera sorprendente. Pequeños pueblos del Chocó, del Valle del Cauca, de la Costa Atlántica e incluso de Nariño, comienzan a tener romerías de propios y extraños, de locales y de extranjeros, quienes buscan tocar la casa donde nacieron Falcao, Ibarbo, Mondragón, Zúñiga, Carbonero, Armero, Guarín, James y Jackson, y experimentan una bonanza que jamás habían imaginado. Los turistas quieren conocer de primera mano las canchas en las que estos deportistas jugaron sus primeros partidos, cuáles fueron los alimentos que consumieron, en qué escuela estudiaron, cuáles fueron sus amores de adolescencia y todos los detalles, incluso los más truculentos, que les permitan entender las raíces de esos héroes deportivos.

Las grandes marcas patrocinadoras de la Selección Colombia se lucran, dentro y fuera del país, de la imagen de los jugadores; se hacen grandes y costosas transferencias de los jugadores colombianos entre equipos de primera línea en Europa y el gobierno de turno, tanto a nivel nacional, como regional y local, incorpora dentro de sus planes de desarrollo y de sus propuestas estratégicas, la formación inicial en fútbol, la inversión en canchas y placas polideportivas y se destina una gran parte del presupuesto para apoyar el deporte. El entrenador Pekerman se convierte en héroe nacional, se hacen gran cantidad de eventos sociales y políticos para reconocerle su labor y recibe un inmenso número de condecoraciones en todas las latitudes del país. La fiebre mundialista y el eco del ser campeones del mundo ayuda a la creación y consolidación de pequeñas empresas de textiles y de productos deportivos, a la expansión de escuelas de formación deportiva, y a la construcción de escuelas con los nombres de los gestores principales de la hazaña: IE Rural James Rodríguez; Colegio Cooperativo David Ospina; Corporación Educativa Pablo Armero, entre otros.

Sin embargo, las crisis políticas y de legitimidad del Estado se mantuvieron; la desigualdad en las grandes ciudades y la soledad en los campos se incrementaron; la violencia no dio tregua y nos seguimos desbordando en la fiesta, en la celebración, en el triunfalismo y en la dificultad de construir una sociedad en donde el lugar de lo individual le dé paso a la dimensión colectiva. Los trancones en las ciudades siguieron en aumento, la corrupción no dio tregua y aunque seguimos siendo uno de los países más felices, uno de los territorios en el mundo con los paisajes más hermosos y con la mayor diversidad en flora y fauna, continuamos deteriorando la calidad de vida en las ciudades. Continuamos avanzando en el siglo XXI con todos los avatares propios de la posmodernidad y de la sociedad capitalista, y hemos puesto el futuro detrás de un balón. 

Pero en última instancia qué importa. Somos campeones mundiales de fútbol. El resto, son pequeñeces que pueden resolverse en otro momento.