.
ANALISTAS Apparatchiks hipster
miércoles, 3 de febrero de 2016
La República Más
  • Agregue a sus temas de interés

Hay que reconocerle algo a los partidos marxistas: por fin se dieron que cuenta que es muy difícil atraer millennials cuando sus dirigentes tienen que usar pañales de incontinencia. 

Hoy día no se imagina uno a Brézchnev en Twitter, ni a Honecker en el “Face”, ni a Gilberto Vieira en Instagram y, gracias a Dios, Allende nos dejó antes de que pudiera mandar fotos domingueras en hamaca por Whatsapp, como el Defensor del Pueblo. Por lo menos Fidel, que morirá como un viejo prostático embalsamado en su sudadera de dacrón, alcanzó a pasarle el bastón de mando a las nuevas generaciones, o sea a su hermano de 85 años.

Por eso, ahora tenemos a la chilena Camila Vallejo y, cómo no, a su versión colombiana, la célebre Sara Abril. Para los que no saben, se trata de la señorita que hace unos días interrumpió la presentación del presidente Santos en el auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional.

La presencia del presidente, valga decir, era de por sí un hecho histórico. Además de hablar de paz, se trataba de la primera intervención pública de un primer mandatario en el campus de la universidad en cincuenta años. La última vez le había tocado al doctor Carlos Lleras, quien fue evacuado en un helicóptero. 

Ambas, Camila y Sara, son apparatchiks hipster: jóvenes, bonitas, dinámicas, de buena labia y buenas notas. Verdaderas Rosas Luxemburgo del siglo XXI.

El problema del re empaquetamiento del marxismo-leninismo sin embargo, como todos los cambios cosméticos, es que altera la forma pero no la sustancia. Puede que Camila tenga un piercing en la nariz y no una verruga, como Malenkov, o que Sara Abril tenga un diploma de ingeniera y no un certificado de técnico en reparación de tractores como Jrushchov, pero en el fondo acaba siendo lo mismo.

El marxismo-leninismo es una religión cuyos dogmas no cambian. La violencia, la lucha de clases, la subyugación del individuo, la glorificación de la masa indeterminada y la creación de un clero despiadado que servirá como vanguardia para la salvación del proletariado irredento, son algunos de estos. 

Es en este último elemento, el del Partido con p mayúscula, donde hábilmente se aplica el maquillaje para esconder la cara deforme de la ideología más sanguinaria de la historia de la humanidad. 

Porque las Camilas y las Saras son solamente el rímel y el blush. Detrás de ellas están los mismos de siempre, los dirigentes que manipulan y mienten, los jefes políticos que en el nombre del pueblo se dan a sí mismos carta blanca para robar y destruir, los cuadros que no tienen empacho en desplazar y en imponer el odio social.

Lamentablemente los ejemplos abundan, sencillamente porque es de la naturaleza del marxismo la violencia, aquella “partera de la historia”, como famosamente la describió Lenin. Los gulags, la GPU, la revolución cultural, los killing fields, la stasi, los comités de defensa de la revolución, la idea juche, los comandos populares bolivarianos y, también sus embriones, los capuchos de la papa bomba, son un mismo fenómeno, adaptado temporal y geográficamente, de la esencia represiva del marxismo-leninismo

Divago. Volvamos a Sara Abril. El rector de la Universidad Nacional, Ignacio Mantilla, en entrevista en Blu Radio no pudo ser más claro. Lo que ha debido ser un hecho político de inmensa trascendencia, la presentación ante la universidad pública del proceso de paz y la invitación presidencial a su acompañamiento, lo intentaron convertir en un mitin ideológico. 

No porque los estudiantes, que en la reunión eran en su mayoría primíparos, lo quisieran. Sino porque la señorita Abril  le “arrebató el micrófono”, en palabras de Mantilla, a sus compañeros para echarse un discursillo de balcón de aquellos que a los que nos acostumbró Gustavo Petro. O Hugo Chávez en Aló Presidente, o Fidel, quien le ha arrebatado el micrófono al pueblo cubano desde 1959. 

Ese, en el fondo, es el problema. Que el autoritarismo marxista esconde su verdadera naturaleza y manipula los mecanismos democráticos para quitarnos la voz a todos.