sábado, 7 de diciembre de 2019

Muchas veces, cuando uno no sabe qué regalar, encuentra en una bonita botella y su historia la sorpresa que buscaba. Hay tantas opciones de licores que podemos darle en el gusto al jefe, al suegro y a la mamá

Julia Londoño

En los últimos años hemos oído hablar mucho sobre la importancia de vivir más y mejores experiencias. Estudios recientes hablan de que la felicidad de compartir una experiencia es más duradera que la de tener un objeto.
Los millennials pusieron de moda la idea hasta entonces tímida de que hacer importa más que tener. Y me parece algo digno de celebrar.

Nuestra cultura, y sobre todo en fechas como las fiestas de fin de año, gira alrededor de la comida: invitamos amigos, ensayamos recetas apetitosas o llamamos a la tía universal a preguntarle la medida de la salsa de la posta cartagenera con la que nos consentía de niños, porque ahora somos nosotros los que asumimos el rol de anfitriones. Y queremos ser los mejores anfitriones.
En diciembre aceptamos buñuelos de los compañeros de oficina, no importa si discutimos ayer, también le ponemos un chorrito de Baileys más largo de lo usual al café y nos inventamos novenas y fiestas para vernos con quienes extrañamos o recordarles a las personas de siempre que agradecemos su compañía.

Es la época en la que nos ponemos bonitos, pero nos damos espacios para indulgencias; ya sabemos que las dietas empiezan en enero.

Cuando llegan los vecinos destapamos el mejor whisky, brindamos con un 18 años, porque es el licor para compartir con los amigos, como hacía James Buchanan con su reserva especial.

Diciembre también es la oportunidad de regalar experiencias para compartir; algo que invite a seguir celebrando en compañía.

Muchas veces, cuando uno no sabe qué regalar, encuentra en una bonita botella y su historia la sorpresa que buscaba. Hay tantas opciones de licores que podemos darle en el gusto al jefe, al suegro, a la mamá y a la novia, sin importar si los seduce un ron guatemalteco de miel virgen de caña, para disfrutar en las rocas, o una ginebra para mezclar con frutas colombianas y servir en una copa.

Para paladares curiosos, una botella de whisky de malta es un regalo delicioso: intenten hacer la receta de un Singleton Penicillin, con miel y jengibre, para que vean.

O en una tarde de sol decembrina ofrezcan Tanqueray Gin Tonics muy fríos, con un toquecito cítrico de naranja o toronja. Y si tienen en casa a un conocedor, a un degustador exquisito de whisky, hay ediciones limitadas que son un real lujo, como las botellas provenientes de destilerías fantasma de Escocia, con los sabores incomparables que traen las mezclas de las mejores maltas. O existen botellas numeradas provenientes de las destilerías de la época del Rey Jorge V de Inglaterra; son regalos perfectos para quienes más valoran la exclusividad.

Hay botellas tan únicas, o en empaques tan bonitos y con tantas historias que solo falta escribir en una tarjeta un brindis y dejarlas bajo el árbol. Por todas esas razones, hay una tendencia creciente y global de consumo más premium de bebidas alcohólicas; cada vez no solo es más común celebrar con bebidas de lujo sino también regalarlas; son un regalo que suele llevar implícito un deseo: recordarle a quien lo recibe que esperamos que siga teniendo, todo el año, muchos motivos para celebrar.

*Celebrando la vida todos los días, en cualquier lugar. El exceso de alcohol es perjudicial para la salud. Prohíbase el expendio de bebidas embriagantes a menores de edad.