sábado, 12 de septiembre de 2020

Quienes no han podido adaptarse a esta nueva situación, bien harían en ocuparse de accionar un plan concreto para ello

Carlos Rebellón

Hemos visto cómo la tecnología ha contribuido de manera evidente no solo en nuestro día a día, sino también en el desarrollo de múltiples industrias. Según cálculos del Foro Económico Mundial, un aumento de 10% en la digitalización de un país, generaría un incremento de 0,75% en el PIB per cápita. En Colombia, quizá ahora más que nunca las compañías y el Gobierno han incrementado su ansiedad por capturar los beneficios que trae la era digital en las actividades productivas. Y no es para menos, las brechas de talento frente a los países más avanzados son enormes, persisten déficits elevados en infraestructura tecnológica (y no hablo solo de conectividad) y nuestras normas, estrechamente ligadas a nuestra cultura política y empresarial, requieren procesos inteligentes de adaptación para que no se conviertan en un freno a la transformación digital.

En los últimos años, modalidades como el teletrabajo y trabajo desde el hogar se habían convertido en un camino por explorar, las empresas y gobiernos lo veían como ‘algo bueno para tener’, pero no necesariamente esencial. Además, su adopción era muy baja, basta con revisar las cifras oficiales del portal teletrabajo.gov.co y los estudios del CNC. En contraste, 2020 ha sido un año bisagra en lo que se refiere a digitalización, y la adopción masiva del trabajo remoto ha sido un gran catalizador, pues las organizaciones no han tenido otra opción que confiar sus actividades diarias a la tecnología.

Quienes no han podido adaptarse o están lejos de trabajar por medios tecnológicos y remotos, bien harían en ocuparse de accionar un plan concreto para ello. En Colombia persiste 63% de estudiantes de escuelas púbicas sin acceso a un PC según un estudio de la Universidad Javeriana; y según el Conpes de Transformación digital y el Conpes de Tecnologías para Aprender, son pocos los espacios para desarrollar las habilidades que requieren los trabajos a futuro. Resulta clave replantear el enfoque de “entreguemos cualquier tecnología, que la gente aprende sola”, hacia un enfoque holístico como lo postulan los citados Conpes, donde la transformación de nuestras economías se logra desde la base y con políticas de estado.

Volviendo a la adopción del trabajo remoto, una de las encuestas más recientes de Gartner reveló que 88% de las organizaciones en el mundo han alentado o requerido que los empleados trabajen desde casa debido al covid-19, lo que significa un cambio de modelo frente a las nuevas dinámicas productivas y una aceleración en la transformación digital que trae consigo tanto ventajas como desafíos.

El trabajo remoto aporta significativamente a la productividad de las organizaciones, el aprovechamiento de la tecnología tiene efectos positivos en la colaboración entre equipos, en el desempeño de los empleados y en la movilidad, pero también reduce congestión vehicular, accidentalidad, permite un mejor reparto de tareas del hogar, lo que impacta positivamente a la equidad de género y en últimas, obliga a usar de manera inteligente la tecnología. ¿Qué sentido tiene que un empleado de empresa multinacional se comunique a diario con sus compañeros al otro lado del océano, mientras que en una empresa local nos obligamos a gastar una hora diaria para hablar con nuestros equipos en una oficina física?

Sumado a los desafíos de talento y acceso a la tecnología, persiste el reto respecto a la necesidad de tener una normativa de trabajo remoto que ponga reglas para la consolidación de un modelo flexible, donde prime la voluntad de las partes y balancee adecuadamente derechos y responsabilidades, con líneas claras en torno a los modelos de contratación, al desarrollo de habilidades digitales para aquellos que incursionan en este modelo y carecen de dichas capacidades, y a una estrategia clara que permita transitar este cambio cultural en las organizaciones. Desde el sector empresarial el desafío no es menor, pues será esencial garantizar unas bases mínimas de seguridad digital y robustecer la gestión remota de la tecnología.

Por todo lo anterior, cuesta creer que un país avance en transformación digital, pero su modelo de trabajo sea análogo. Un trabajador que busca trabajo, se vincula, trabaja y se desvincula sin desplazarse, seguramente será también un ciudadano activo en el uso de comercio electrónico, herramientas de colaboración, ofimática y puede aprender en línea acerca de tecnologías de industria 4.0. Un trabajador análogo, es posible que gradualmente pierda lugar en esa nueva normalidad. Parece imposible que volvamos a un mundo post-pandemia sin trabajo remoto.