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El intento que realizó hace unas semanas la mandataria por incorporar a Lula, de 70 años de edad, como jefe de gabinete en su gobierno se estancó después de que un juez suspendió el nombramiento en forma temporal. Desde entonces, el Tribunal Supremo ha estado analizando la decisión, y dejó a Lula en un estado de limbo político que ha socavado sus intentos de conseguir el apoyo del Congreso para el Gobierno de la presidenta Dilma Rousseff.
El momento no podría ser peor para Rousseff, que intenta sobrevivir a un voto de destitución que se espera tenga lugar a mediados o finales de abril. Incapaz de sacar provecho de sus fuertes lazos con los parlamentarios, Lula está dejando a su sucesora, elegida personalmente, cada vez más aislada conforme pierde el respaldo del Congreso.
“Él es un guerrero que perdió sus armas”, dijo Gabriel Petrus, un analista político de la firma de consultoría Barral M Jorge.
La incapacidad de Lula para rescatar a Rousseff, hasta la fecha, es un enorme retroceso para un político que terminó su mandato con un índice de aprobación pública de 83%, el más alto entre los presidentes electos de Brasil en las últimas tres décadas.
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