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En sectores como salud y energía, muchos ejecutivos todavía creen que Trump sería mejor para los resultados de sus compañías

El Cronista

Para ponerlo en términos que entendería un presidente de Estados Unidos feliz con Twitter: ha sido más un subtuit que una tormenta de tuits. En los últimos días, las principales cámaras empresarias de EE.UU., máximos ejecutivos, inversores y profesores de escuelas de negocios hicieron reproches indirectos a las sugerencias de Donald Trump de que si no le gustaran los resultados electorales de la semana próxima, podría no acatarlos.

La mayoría han sido cuidadosamente redactados pero, como con cualquier posteo en las redes sociales ingeniosamente indirecto, su significado es inequívoco.

Lo más notable es que varias de las asociaciones más grandes unieron fuerzas el martes en una declaración tan sorprendente como insulsa. "Instamos a todos los estadounidenses a apoyar el proceso previsto en nuestras leyes federales y estaduales", escribieron. Que estos grupos tradicionalmente cautelosos sintieran la necesidad de expresar eso dice mucho.

Los inversores ya habían pedido a los empresarios de primera línea que se mantenían callados que abogaran por un traspaso de poder pacífico porque, de lo contrario, se arriesgaban a ser vistos como "cómplices del caos". Jamie Dimon de JPMorgan es uno de los pocos que lo hace, pero el CEO de Expensify David Barrett llegó a suplicar a los 10 millones de usuarios de su software de gestión de gastos que voten a Joe Biden porque "no se presentan muchos informes de gastos durante una guerra civil".

De manera dubitativa o hiperbólica, todas estas declaraciones transmiten el mismo mensaje: hay un creciente consenso en el empresariado estadounidense de que Trump ya no es bueno para las compañías. Eso representa un brusco cambio con respecto al inicio de su mandato, pero también una consecuencia comprensible de lo que ha sucedido desde aquel entonces.

En 2017, "los altos directivos de las empresas se taparon la nariz y entablaron un diálogo con este presidente porque vieron algunas oportunidades financieras inmediatas y decidieron pasar por alto lo que algunos querían creer que eran sólo peculiaridades estilísticas", recuerda Aron Cramer, CEO de BSR, un grupo que ayuda a las multinacionales a gestionar sus responsabilidades sociales.

Esas oportunidades se materializaron enseguida, en forma de desregulaciones y la histórica reducción de impuestos a las sociedades. Pero desde un principio también surgieron fuertes desacuerdos por los aranceles, la inmigración, la violencia racista y la política medioambiental. Una vez implementados los recortes de impuestos, "la relación con las empresas pasó de tener lo bueno, lo malo y lo feo, a sólo tener lo malo y lo feo", señaló Bennett Freeman, asesor de empresas en temas laborales y de derechos humanos.

Los precios de las acciones subieron, pero los CEO se vieron obligados a gestionar guerras comerciales, crecientes divisiones entre el personal y los clientes, y amenazas a la situación de los empleados que tenían visados o habían ingresado a EE.UU. ilegalmente cuando eran chicos.

Y mientras las grandes empresas abrazaban causas como la inclusión y el cuidado del medio ambiente, Trump adoptaba una caricatura anticuada del capitalismo: su foco puesto en los mercados de valores como criterio para medir el progreso económico le hizo parecerse a uno de los últimos devotos de la doctrina de la primacía de los accionistas de Milton Friedman.

Su falta de atención a temas como la desigualdad económica, la injusticia racial y el cambio climático también obligó a los CEO a llenar el vacío hablando de temas con carga política que habrían preferido evitar.

El empresariado estadounidense no es un monolito político. En sectores como salud y energía, muchos ejecutivos todavía creen que Trump sería mejor para los resultados de sus compañías. Sin embargo, está disminuyendo el temor a la agenda de Biden. Como muestra una reciente encuesta de PwC, los ejecutivos tienen miedo de que los demócratas suban los impuestos pero creen que Trump sería peor en lo que se refiere a las relaciones entre EE.UU. y China, la inmigración y la política exterior.

La relativa estabilidad que mantuvieron los mercados mientras Biden ha encabezado los sondeos avala esta opinión. Las encuestas también explican por qué los ejecutivos están dispuestos a darle la espalda a Trump; el riesgo de hablar disminuye a la par de sus posibilidades de reelección.

La mayoría de los ejecutivos empezaron este año decididos a evitar ser absorbidos por una elección. Su creencia de que la administración Trump manejó la pandemia y las últimas manifestaciones por la justicia racial de peor manera que sus empresas cambió la ecuación.

Los ejecutivos recién tomaron una decisión cuando las reflexiones de Trump sobre no aceptar un traspaso de poder pacífico pusieron a prueba la tan cacareada conversión de las empresas a la responsabilidad social, contó Deepak Malhotra. El profesor de la Escuela de Negocios de Harvard escribió una carta firmada por más de 650 académicos, en la que instaba a los ejecutivos a hablar sobre la amenaza que el presidente representa para la república.

"El péndulo a menudo se mueve de izquierda a derecha, pero acá hay algo que podría arrancarlo del reloj", afirmó.

En una conversación privada, los directivos de empresas repasaron los peores escenarios. Si no estuvieran seguros de que será pacífico el traspaso de poder, dijo Cramer de BSR, los altos ejecutivos rápidamente harían pública su alarma, sobre todo a los republicanos del Congreso, que entienden el riesgo de enemistarse con quienes aportan a las campañas.

Ya sea que los subtuits se conviertan o no en una tormenta de tuits, los CEOs que antes le temían a los posteos de @realDonaldTrump le han perdido el miedo al hombre que los escribe. Consiguieron las rebajas de impuestos que querían y no ven que vayan a perder mucho si rompen con él ahora.