martes, 22 de octubre de 2013
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Manuel Cabeza Lambán

Traten de imaginar la cantidad de US$17.000 millones. Aproximadamente un 4% del Producto Interior Bruto de Colombia. Una cifra que, por muy familiarizados que estemos con los números, es enormemente grande.

Los profesores americanos Ross en 1973 y posteriormente Jensen y Meckling en 1976 elaboraron lo que se conoce como “Teoría de la Agencia” que ya ha entrado a formar parte del cuerpo de doctrina de la economía. En el ámbito de la empresa se trata de que un grupo de personas -los accionistas- encargan a otro grupo -los agentes, los directivos- que les gestionen sus intereses.

Pero resulta que ambos grupos tienen intereses contrapuestos: los accionistas quieren dividendos y que sus acciones se revalúen y sobre todo que no se pierda su dinero. Los directivos quieren ganar dinero, fama, renombre social y quizá incurrirán en negocios o actividades de alto riesgo que les dejarán grandes fortunas pero que irán en contra de los accionistas, a quien en definitiva deben reportar y a quien les deben sus puestos. Conscientes de esta situación y para controlar a los directivos, los accionistas incurren en varios costes.

El primero son costes de control para que los directivos cumplan aquello para lo que fueron contratados. Son los costes de las auditorías y controles de gestión.

El segundo se llama costes de fianza, que asumen los directivos para garantizar a los accionistas que su actuación no va a desviarse de los objetivos que les encomendaron. El tercero son los costes del riesgo es decir las pérdidas que pueden causarle los directivos a los accionistas al tomar decisiones empresariales y que los accionistas no tomarían si estuvieran en su lugar.

Hay otros elementos en consideración. Los directivos de la empresa, a la hora del reparto del beneficio, se encuentran ante el dilema de destinarlo en mayor o menor medida al aumento del dividendo -cosa deseable por los accionistas- o a la acumulación de reservas, tal vez con vistas a fusiones o adquisiciones con riesgo.

Existe una consideración más interesante que atañe especialmente a los Bancos. Ante la gran cantidad de prestatarios que han demandado fondos para las más diversas actividades y plazos es prácticamente imposible asignar el tipo de interés personalizado que cada uno debería tener en función de su seriedad, su historial crediticio, el destino del dinero, la actividad que desarrolla...

Entonces los Bancos, aplicando la teoría de los costes medios, de morosidad y de la asimetría de la información, asignan por grupos tipos de interés de coste de préstamos, con lo cual sucede que los buenos pagadores pagan un coste más alto que el que les correspondería y subvencionan tanto a los malos pagadores como aquellos que nunca devolverán el dinero recibido. Es una forma que tienen los directivos de protegerse de las posibles reclamaciones de los accionistas si ocurrieran impagos inesperados.

Pero ¿cómo deben reaccionar los accionistas del Banco si la dirección ha incurrido en enormes riesgos, si ha tomado decisiones socialmente reprobables, se ha embolsado cantidades fuera de control -obscenas, dijo el Presidente Obama- mientras miles de prestatarios sufren las consecuencias de pérdida de sus ahorros, de sus casas, de sus empresas, de su trabajo y los contribuyentes deben ayudar para que el Banco no quiebre?

Esta grandiosa multa de US$17.000 millones es la que debe pagar el Banco americano J.P. Morgan por la actuación de sus directivos. La Justicia americana, lenta como todas, empieza ahora a reclamar responsabilidades al conjunto de Bancos que ocasionaron o alimentaron la gran crisis mundial de estos años recientes.

Se sabe que muchas cosas fallaron aquí: la formación ética y social de los directivos, los controles de auditoría, el control accionarial, los reguladores y controladores bancarios. Son muchos y complejos factores, pero ¿cómo explicar todo esto a los millones de perjudicados en América y en todo el mundo?

Sólo se me ocurre que en los próximos años la teoría económica deberá elaborar nuevos principios para evitar que unos pocos acaparen la riqueza de todo el mundo, distorsionando la correcta asignación de capitales.