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En Colombia, 78% de las transacciones cotidianas se realiza en efectivo, mientras que, apenas 15% se efectúa mediante transferencias digitales y solo 6,2% con tarjetas débito
En Colombia, la cotidianidad del dinero de millones de colombianos es tristemente informal. Las personas pasan su vida sin cuentas transaccionales, sin tarjetas y sin tecnología. El problema de la informalidad financiera de los colombianos no es de las fintechs, ni de los bancos: es un problema estructural de dimensiones nacionales. La informalidad financiera afecta la relación de los colombianos con el dinero, con su salario, con sus pagos y con sus deudas; y una prioridad que debemos tener como país es sanar esa relación.
La evidencia es contundente. En Colombia, 78% de las transacciones cotidianas se realiza en efectivo, mientras que, apenas 15% se efectúa mediante transferencias digitales y solo 6,2% con tarjetas débito. Esta preferencia se acentúa entre los hogares de menores ingresos: quienes ganan menos de un salario mínimo realizan 87,5 % de sus pagos en efectivo. Esto reproduce un círculo vicioso de informalidad que los mantiene fuera del sistema financiero y limita su capacidad de ahorro y planificación. Así, el resultado es predecible, solo 38% de los hogares ahorraron en el último año, la mayoría en efectivo o en productos financieros de bajo rendimiento como cuentas de ahorro. Un panorama desolador.
El elevado uso del efectivo limita la inclusión financiera. Cuando el flujo de caja no ingresa al sistema financiero, no existe información disponible y estas personas se tornan invisibles. En este sentido, para que entidades financieras y fintech modelen el riesgo y ofrezcan sus productos o servicios financieros, necesitan conocer a sus futuros clientes lo que nunca pasará si se mantienen al margen del sistema financiero formal. En resumen, la informalidad no solo ancla a los colombianos al uso del efectivo, sino que además restringe sus posibilidades de acceder a créditos que les permitan apalancar su futuro financiero.
Ahora bien, la informalidad en las finanzas personales no solo impacta los hogares. Para miles de colombianos cuya subsistencia depende de los ingresos de micronegocios, la situación no es muy distinta. En muchos casos, las finanzas del hogar y del negocio son inseparables, y así como su relación con el dinero está fracturada en el ámbito personal, tampoco gozan de buena salud en el empresarial.
Incluso, buena parte de MiPymes y pequeños comercios permanecen atados al efectivo, no por preferencia, sino por las cargas tributarias asociadas a la aceptación de pagos digitales. Las retenciones y el gravamen a los movimientos financieros son los mayores desincentivos a la digitalización. En vez de hacer la relación de estas personas y empresas con el dinero Bre-B, incentivando la formalización de esa economía tan predominante en el país; estas cargas afectan la vida económica de millones excluyéndolos de un ecosistema fintechs y sistema financiero preparados para acogerlos.
En este contexto de preocupación, es inaceptable que el Gobierno quiera imponer una retención a los pagos a través de Bre-B; un impuesto del 15x1000 que devuelva a los colombianos a la informalidad financiera de la que queremos escapar. Bre-B no solo es el futuro de los pagos digitales en Colombia, es el futuro de la economía nacional y la mejor herramienta que tiene el país para salvar la relación rota que tienen millones de colombianos con su dinero. No podemos dejar pelear por un futuro financiero brillante para nuestro país.