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Aunque el presidente Gustavo Petro dijo que el TLC con EE.UU. está suspendido tras los aranceles de Trump, desde AmCham aseguran que el tratado sigue vigente
María Claudia Lacouture, presidenta de AmCham Colombia
Tener la cabeza fría, plan claro y respeto institucional es la fórmula para superar la coyuntura y proteger una relación que, más que histórica, es vital para nuestro futuro compartido
La relación Colombia-Estados Unidos no es una anécdota del día, es la columna vertebral de nuestro comercio, la inversión y la cooperación. Más de dos siglos de vínculos demuestran que las crisis se resuelven con serenidad, evidencia y respeto institucional. La coyuntura actual exige exactamente eso: cabeza fría, canales abiertos y una agenda técnica verificable para que la disputa política no termine cobrándose en la economía real.
Reducir esta relación a un choque de declaraciones es un lujo que el país no puede darse. Estados Unidos es nuestro principal socio comercial y el mayor inversionista extranjero; de esos lazos dependen más de cinco millones de empleos en Colombia. Detrás de cada contenedor hay familias. Cerca de 40% del café colombiano se vende en ese mercado y el sector floricultor sostiene más de 200.000 puestos, en su mayoría ocupados por mujeres cabeza de hogar. En manufacturas, agroindustria y servicios, miles de pymes integran cadenas de valor binacionales que prosperan cuando hay reglas claras, previsibilidad y cooperación.
Por eso, cualquier medida unilateral -aranceles, frenos regulatorios o recortes de cooperación- se traduce en costos inmediatos, como la pérdida de competitividad frente a terceros, caída de pedidos, estrés de caja y freno a la inversión.
No es un debate abstracto pues cuando hablamos del precio de la canasta familiar y de la continuidad del empleo en regiones cafeteras, floricultoras y de confecciones.
La economía es clara y cuando sube la incertidumbre, sube el costo del financiamiento y bajan los proyectos.
¿Qué hacer entonces? Volver a los canales diplomáticos, activar de inmediato los mecanismos bilaterales y acordar una hoja de ruta de 180 días con metas medibles en cooperación, trazabilidad y reducción de la oferta criminal, proteger el frente económico, facilitar comercio con ventanillas únicas e inspección basada en riesgo, despejar cuellos de botella logísticos, mantener criterios técnicos en reglas de origen, sanidad e inocuidad. También blindar la inversión, enviar mensajes claros de seguridad jurídica, estabilidad normativa y respeto a los contratos para que los proyectos sigan adelante.
Hay tareas concretas del lado público y del privado. Gobierno y Congreso deben coordinar mensajes, evitar la improvisación y convocar mesas técnicas por sectores para priorizar medidas de alto impacto y bajo costo. El empresariado puede acelerar diversificación de mercados, seguros de crédito a la exportación, coberturas cambiarias y certificaciones que reduzcan fricción aduanera. La banca de desarrollo y las agencias de promoción deben financiar la adaptación y respaldar a pymes exportadoras que hoy sostienen empleo formal en cientos de municipios.
Colombia no puede pasar de ejemplo a paria por una disputa mal gestionada. Nuestra reputación -legalidad, apertura y cumplimiento- se defiende con hechos, con resultados contra el narcotráfico, facilitación para exportar y un trato respetuoso entre gobiernos. La diplomacia no es concesión, es una tecnología de reducción de riesgos. Si hacemos la tarea, preservaremos empleos, atraeremos capital y mantendremos a Colombia en la ruta de crecimiento que millones de hogares necesitan. Si no, el costo lo pagarán los bolsillos de la gente.
Cabeza fría, plan claro y respeto institucional es la fórmula para superar la coyuntura y proteger una relación que, más que histórica, es vital para nuestro futuro compartido.
Del total de remesas que recibió Colombia en el primer semestre, cifra que llegó a US$6.417 millones, más de US$3.200 millones llegaron de connacionales en EE.UU.
El embajador de Colombia en EE.UU. recalcó que la gran conclusión es que se deben desescalar las tensiones y mantener un diálogo constructivo