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EMPRESAS

Una Colombia justa, moderna, segura... y en paz

jueves, 14 de marzo de 2013
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¡Qué alegría venir a Medellín, qué alegría venir a “la Ciudad más Innovadora del Planeta”, a la candidata a ser sede de los Juegos Olímpicos de la Juventud, para compartir esta décima edición del Empresario del Año, convocada por el diario La República!

Por primera vez este premio se entrega en Medellín, y hay muy buenas razones para esta decisión: ésta es la tierra de los fundadores de La República, del presidente Mariano Ospina Pérez y del recordado empresario Julio C. Hernández, que la fundaron un marzo como éste, hace 59 años.

Y es la tierra también de Carlos Raúl Yepes, presidente de Bancolombia desde hace más de dos años, y nuestro flamante “Empresario del Año”.

No nos cansamos de valorar y de exaltar el talento y el empuje paisa que tanto aporta al progreso de nuestro país y al bienestar de todos los colombianos.

El doctor Yepes, al frente del banco más grande del país, con más de 7 millones de clientes, es prueba fehaciente de este talento, que no sólo logra buenas noticias en Colombia -aumentando su cobertura y sus operaciones financieras- sino a nivel internacional.

Bancolombia es hoy la entidad financiera colombiana con mayor inversión en el extranjero, gracias a importantes negociaciones en Centroamérica y a la reciente compra de los activos del Hsbc en Panamá, la mayor compra realizada jamás por un banco nacional.

Bancolombia es un banco que se proyecta hacia el futuro, con solidez, innovación y tecnología, y por eso es tan justa la distinción que hoy se entrega a Carlos Raúl Yepes.

Y yo quisiera destacar algo más: la selección del Empresario del Año se basa en una selección de las compañías y dirigentes empresariales que más noticias positivas reportan en el año, y por eso quiero también felicitar a Bancolombia y al doctor Yepes.

¡Qué importante aparecer con frecuencia en los medios, no como propagador de malas noticias, sino como generador de buenas noticias!  ¡Esa es la demostración de un liderazgo positivo!

En Colombia, como en cualquier país, pasan a diario muchas cosas -positivas y negativas-.

Tenemos que conocer las negativas -sin duda- para solucionarlas y evitar que se repitan, pero no podemos dejar de reconocer las cosas buenas que están pasando, que muchas veces destacan más en el exterior que nosotros mismos en nuestro país.

Porque siempre es fácil ser profeta del desastre. Lo que no es fácil es ser constructor de realidades positivas, tal como lo ha sido Carlos Raúl Yepes y lo han sido los nueve empresarios que, antes que él, han recibido esta distinción.

Hoy, en esta ocasión especial, y frente a un auditorio tan calificado, quisiera enfatizar en esa transformación positiva que está operando en nuestro país.

Porque ustedes y nosotros -los empresarios, los trabajadores y el Gobierno- estamos construyendo un país más fuerte en todo sentido: un país Justo, moderno y seguro.

Sabemos que la fortaleza de un país va más allá de su fortaleza militar: la fortaleza de un país es también tener instituciones fuertes, familias fuertes, empresas fuertes, que construyan progreso y bienestar.

Para lograr esa fortaleza como nación, siempre hemos tenido claro que un primer requisito es lograr el imperio de la ley y la seguridad hasta el último rincón del territorio nacional.

Es mucho lo que se ha avanzado en materia de seguridad, incluyendo -a veces se nos olvida-  la neutralización del número uno y el número dos de las Farc, de tres miembros de su estado mayor central y de 30 cabecillas de frente o columna móvil.

Hoy las Farc, por primera vez desde que se lleva ese conteo,  tienen menos de 8 mil hombres en armas -unos 7.800 para ser más precisos- y otro tanto podemos decir del debilitamiento del ELN.

Pero la seguridad no se logra solo con el combate y el debilitamiento de las guerrillas, lo sabemos bien.

Estamos luchando también, con toda la fuerza contra las bandas criminales y muchos no creen, pero hoy podemos decir, con absoluta certeza, que todos los cabecillas que las dirigían al comienzo del año pasado -¡sin excepción!- están o en una cárcel o en una tumba. ¡Y seguiremos combatiéndolas!

No más acá en Antioquia, en lo que llevamos del Gobierno, se han capturado 2.200 miembros de estas bandas criminales, pero la gran preocupación, el gran reto que hoy tenemos, es evitar que los jóvenes sigan siendo reclutados por estas organizaciones.

Este es un desafío urgente que debemos asumir entre todos: gobiernos nacional, departamental y municipales, y en el que ustedes, empresarios, pueden aportar mucho. 

Lo mismo estamos avanzando en materia de seguridad ciudadana, donde por primera vez diseñamos y estamos poniendo en práctica una verdadera Política de Convivencia y Seguridad Ciudadana, que el país nunca había tenido.

Con esta política, con el trabajo continuo de la Policía, con esquemas como el Plan Cuadrantes, estamos poniendo todo el énfasis en reducir la criminalidad en las calles y el fenómeno de la extorsión, porque somos conscientes, muy conscientes, de las justas preocupaciones y denuncias de los ciudadanos.

Hemos logrado los menores índices de homicidio, de secuestro, de hurto, de las últimas décadas, pero sabemos que tenemos que apretar mucho, muchísimo  más, y lo estamos haciendo.

Pero si queremos una Colombia fuerte, además de trabajar por un país más seguro, tenemos que lograr un país más moderno y también un país que provea justicia y oportunidades para todos.

En otras palabras: nuestra visión es la de una Colombia que sea justa, moderna y segura.

¿Y qué quiero decir con una Colombia justa, moderna y segura?

Una Colombia Justa es un país más igualitario, con mayor acceso a las oportunidades.

Ya comenzamos -y es un buen principio- la reparación a esas millones de víctimas que dejó el conflicto armado y la restitución de tierras a tantos campesinos desplazados.

Van más de 160 mil víctimas reparadas en todo el país y este año esperamos completar al menos 260 mil.

Estamos decididos a reducir la pobreza en nuestro suelo, y ya logramos sacar de la pobreza en 2011 a un millón 200 mil colombianos y de la pobreza extrema a 676 mil.

Todo indica que las cifras de 2012, que pronto se conocerán, mostrarán que se mantiene esta tendencia decreciente.

Este año estamos entregando, también, 100 mil casas totalmente gratis a los colombianos más pobres de los pobres, y 100 mil viviendas rurales nuevas o mejoradas a nuestros campesinos.

Un país justo significa más y mejor salud, y hemos logrado, en este aspecto, nada menos que la cobertura universal del sistema.

Ampliamos el plan de beneficios y unificamos los dos regímenes. Ahora estamos empeñados en mejorar su calidad y su financiación, para lo cual presentaremos un proyecto de ley en los próximos días.

Un país justo significa educación gratuita para todos los estudiantes de colegios públicos, como la que ya garantizamos a 8 millones 600 mil niños y jóvenes en todo el país.

Un país justo es también un país donde los que ganen más paguen más impuestos y los que ganen menos paguen menos -la más elemental equidad-, y eso es lo que logramos con la reforma tributaria que pasamos el año pasado.

Gracias a esta reforma, 18 millones de personas que ganan menos de $3 millones 600 mil  mensuales no pagarán impuesto de renta ni se les hará retención en la fuente.

Un país justo es un país donde los recursos se repartan más equitativamente entre las diferentes regiones, como está sucediendo con la aplicación de la reforma a las regalías.

Pero también queremos, también trabajamos por una Colombia que, además de justa, sea moderna. Cuando digo moderna, hablo de una Colombia que sea un modelo de progreso e innovación en el mundo, como ya lo es Medellín.

Una Colombia moderna es una Colombia educada bajo altos estándares de calidad, una Colombia donde los jóvenes bachilleres tienen acceso a la universidad -como lo estamos logrando con los créditos y becas del Icetex- y los profesionales realizan posgrados y cada vez más doctorados.

Una Colombia moderna es una Colombia donde las personas se forman para las tareas que demandan las empresas y las fábricas, como lo hicieron más de 7 millones de jóvenes el año pasado en el  Sena, una entidad que fortalecimos y seguiremos fortaleciendo.

Una Colombia moderna es un país que invierte 10% de sus regalías en proyectos regionales de ciencia y tecnología, y donde esta tecnología no es privilegio de unos pocos sino que está al alcance de todos, incluso en el campo.

Al final del gobierno la mitad de los hogares del país estará conectada a la banda ancha de internet, todos los municipios tendrán red de fibra óptica, y habremos entregado a nuestros estudiantes al menos 750 mil computadores y 70 mil tabletas.

Ya comenzó también -y la estamos viviendo- la gran revolución de la infraestructura.

Estamos construyendo más autopistas, más carreteras, más puertos, más aeropuertos y vías férreas en 2013 y 2014, que lo que se ha construido en los últimos 20 años combinados.

Este año no más construiremos 317 kilómetros de doble calzada, ¡siete veces más que lo que se venía construyendo en años anteriores!

Y algo muy importante para los paisas: el 11 de abril -en menos de un mes- inicia la precalificación para la licitación de los cuatro primeros tramos de las Autopistas de la Prosperidad: son 844 kilómetros con una inversión de $8 billones.

Y estos tramos, amigos de Antioquia, quedarán adjudicados alrededor de octubre de este mismo año.

Por otra parte, hemos negociado y suscrito tratados de libre comercio con muchas naciones en el planeta -los más recientes, el que acabamos de firmar con Corea del Sur y el que acabamos de negociar con Costa Rica-.

Duplicamos en dos años el acceso preferencial de nuestros productos, de 430 millones a 850 millones de consumidores potenciales, y al final del Gobierno, cuando entren en vigencia otros TLC, podremos llegar, en condiciones favorables, nada menos que a 1.500 millones de consumidores en todo el mundo.

Una Colombia moderna, por supuesto, es un país con  una economía sana y estable, un tema sobre el que me quiero detener más profundamente.

El momento por el que pasa la economía colombiana -en medio de la turbulencia internacional- es muy positivo  y debemos ser conscientes de esto.

Durante nuestro gobierno, el crecimiento económico promedio ha sido cercano a 5%, lo que es muy destacable en un entorno de desaceleración mundial.

El ingreso por habitante pasó de US$6.295  en 2010 a US$7.765 el año pasado, lo que representa un crecimiento de 23% y nos posiciona como un país de ingreso medio-alto.

Gracias a una prudente política fiscal, el déficit del sector público consolidado bajó de $18 billones en el 2010 -equivalente a un 3,3% del PIB- a 0,5 billones el año pasado -apenas 0,1% del PIB-, lo que significa un equilibrio fiscal en las finanzas públicas.Es decir, logramos el equilibrio fiscal y una reducción del déficit de más de $17 billones ¡en tan sólo dos años!

El buen manejo fiscal tiene tres importantes manifestaciones: mayor recaudo tributario -que el año pasado casi alcanza los $100 billones -, mayor ahorro público -que se duplicó en los últimos dos años-, y mayor inversión pública, que este año es de $43 billones, la cifra más alta de nuestra historia.

Reflejo de lo anterior es el aumento de la inversión total en el país que el año pasado alcanzó 27,7% del PIB, el máximo nivel en 100 años.

Agréguenle a esto un nuevo record en inversión extranjera directa en nuestro país, que el año pasado superó los US$16.600 millones, y otro record en exportaciones que, también el año pasado, rompieron la barrera de los US$60 mil millones.

Y qué decir de la inflación y el desempleo, que, como ustedes saben, sumadas configuran lo que se llama el índice de miseria, que es hoy el menor de nuestra historia.

En enero alcanzamos una tasa de inflación de 1,8%anual,  la más baja desde 1955.

Y en cuanto al empleo, yo les pregunto qué otro país puede decir, como Colombia, que se han creado más de 2 millones de empleos en los últimos dos años, y que mes tras mes su tasa de desempleo baja sin excepción.

Ya logramos tasas de desempleo de un solo dígito en los últimos cinco meses del año pasado, y esperamos dejarlas consolidadas en ese rango al terminar el gobierno.

El buen momento económico y la seriedad de nuestras políticas están siendo registrados por las calificadoras internacionales de riesgo, como Standard and Poor’s y Fitch Ratings, que han mejorado nuestra perspectiva de estable a positiva.

Miren lo que dijo la agencia Fitch este mes, al explicar su decisión: “La calificación de Colombia se basa en políticas prudentes, un récord sólido de repago de deuda y un desempeño macroeconómico robusto en comparación a sus pares”.

O vean lo que dijo la OECD en su evaluación económica del país conocida en enero: “Colombia es la cuarta economía de América Latina y sus perspectivas de crecimiento de corto plazo se mantienen sólidas para los estándares de la región y de la OECD”. ¡Son palabras mayores, viniendo de una organización tan exigente como ésta!

No es casualidad, entonces, que hoy paguemos tasas de interés inferiores a5% en colocación de deuda doméstica en TES o que estemos emitiendo bonos en los mercados internacionales por debajo de 3% , ¡las tasas más bajas de nuestra historia!

Eso se llama confianza, eso se llama fe en el futuro de un país que hace sus cosas bien y que marcha por la senda correcta.

¡Qué bueno que los colombianos fuéramos más conscientes de esta transformación positiva y entendiéramos que este es un momento para creer, un momento para construir, y no para dividir y sembrar pesimismo!

Por supuesto, no podemos cantar victoria, ni olvidar que hay muchos aspectos que merecen nuestra atención, que generan inquietudes y donde tenemos que trabajar.

Está el entorno internacional, que no se ha esclarecido del todo, y que puede generarnos sorpresas en el futuro.

Está la desaceleración industrial que estamos viviendo, los problemas en la agricultura y, por supuesto, la revaluación, que ha mermado competitividad a nuestros productores y exportadores.

En todos esos campos estamos trabajando, como lo hicimos, por ejemplo, con la industria cuando eliminamos los aranceles a más de 3 mil subpartidas de materias primas y bienes de capital, reduciendo los costos de producción nacional en unos US$500 millones anuales.

Y valga resaltar el reciente concepto que Goldman Sachs ha dado sobre este sector de nuestra economía.

De acuerdo con sus analistas: “Mientras las más recientes cifras sobre la producción industrial han sido menos que inspiradoras, nuestros indicadores líderes muestran que el ciclo industrial ha dado vuelta a la esquina y que probablemente mejorará durante los próximos meses. Más específicamente, nuestros indicadores muestran que el comportamiento de la producción industrial, después de haber estado en terreno negativo durante 17 meses consecutivos, pasó a ser positivo en el cuarto trimestre del 2012”.

Ojalá sea cierto este quiebre de la tendencia que anuncia Golden Sachs, pero ello no implica que no sigamos pensando en medidas contundentes para apoyar nuestro sector manufacturero.

También logramos -con apoyos directos y crediticios bien enfocados- que el campo colombiano, después de dos años de crecimientos negativos, volviera a crecer en 2011 y 2012.

Y en el tema de la revaluación, no hemos bajado la guardia. Ajustamos nuestro plan financiero del 2013 para disminuir las necesidades de financiamiento externas en mil millones de dólares, y también estamos coordinando con Ecopetrol para que otorgue prioridad al endeudamiento en pesos para financiar su plan de inversión.

Es decir, estamos haciendo grandes esfuerzos para no traer más dólares a la economía, así como la Junta del Banco de la República ha continuado con su proceso de acumulación de reservas internacionales, con compras diaria de mínimo US$30 millones.

Pero, por supuesto, es mucho lo que hay todavía por hacer para enfrentar con éxito la coyuntura actual y queremos hacerlo, no solos, sino de la mano de las empresas y los gremios del país.

A partir de hoy yo mismo lideraré unas reuniones con dirigentes gremiales y empresariales para diseñar y poner en marcha entre todos lo que podríamos llamar un “plan de choque por el crecimiento y la productividad”.

Y desde ahora les anticipo que vamos a destinar los recursos que sean necesarios dentro de nuestro marco fiscal para sacar adelante este plan y seguir así, asegurando la buena salud de nuestra economía y de nuestro sector productivo.

Toda la agenda que he descrito para tener un país más seguro, más justo y más moderno es, ante todo, una agenda de transformación: Una agenda para la Colombia del siglo XXI, que hace una o dos décadas ninguno de nosotros podía imaginar.   

Como suele ocurrir, quienes nos observan desde el exterior han sido los primeros en reconocer el momento en el que estamos y en apostarle al país, ya sea como inversionistas, como turistas, o a través de sus análisis y reconocimientos.

Lo hacen porque perdieron el miedo y tienen confianza en nosotros. Nos ven como una nación que se despierta, que se abre y comienza a florecer.

Esa es la visión que quisiera que todos los colombianos compartiéramos. Que reconozcamos el momento en el que estamos y que creamos en nosotros mismos.

Mientras algunos siguen atrapados en el pasado, vendiéndonos una visión de una Colombia condenada a otros 50 años de violencia, una Colombia inmovilizada por el miedo y sin capacidad de imaginar nada distinto de lo que siempre ha vivido, nosotros, la inmensa mayoría, creemos en nuestro futuro.

Por esa razón, porque creo en nuestro futuro y porque veo que estamos ante una gran oportunidad -lo he dicho muchas veces: los astros están alineados-, tomé la difícil decisión de iniciar un proceso de paz con las Farc.

Para que ese futuro se haga realidad en todo su potencial tenemos que sacar del camino el obstáculo del conflicto.  Pero no de cualquier manera. Desde el primer momento insistí en que este tenía que ser un proceso distinto, un proceso serio, digno realista y eficaz.

Seriedad quiere decir que primero estableceríamos con precisión las condiciones del proceso en una etapa secreta, que fue lo que hicimos con la firma del Acuerdo General que anuncié el pasado mes de septiembre.

La primera condición es que este es un proceso para poner un fin definitivo al conflicto, y para nada más.

No nos interesa hablar por hablar; nos interesa terminar esta guerra -no regularla- para poder pasar la página y comenzar una nueva etapa de construcción de la paz.

La segunda condición es que las conversaciones se llevarían a cabo en el exterior y “en el menor tiempo posible”.

En La Habana estamos construyendo un acuerdo para la terminación del conflicto. Mientras tanto en Colombia el gobierno sigue haciendo lo suyo, que es gobernar, y en todo el territorio sigue imperando la ley y las Fuerzas Armadas siguen cumpliendo con su deber.

No vamos a despejar un centímetro, ni  vamos a poner en juego el Estado de derecho, como sucedió en Ralito y el Caguán.

La tercera condición es que íbamos a trabajar sobre una agenda limitada y concreta que se relaciona directamente con la terminación del conflicto, y no con todo el quehacer nacional.   

Son los puntos que todos ustedes conocen: desarrollo agrario, participación política, fin del conflicto, drogas y víctimas, con las respectivas garantías y verificación.Es una agenda corta, pero es una agenda de gran ambición.

El Gobierno tiene claro que para sentar unas bases sólidas para la construcción de la paz, que impidan que el conflicto se repita, no basta con la dejación de armas de las Farc.

Hay que acometer unas transformaciones profundas del campo, que es donde el conflicto echó raíz y donde se han padecido más duramente sus efectos.

Hay que establecer unas garantías reales de participación política para que no se vuelva a repetir la pesadilla de los años ochenta y -como dije en septiembre- para que se rompa para siempre el lazo entre política y armas.

Hay que resolver de manera inteligente el problema de los cultivos ilícitos y ponerle un dique al narcotráfico. Y hay que reconocer y responderles a todas las víctimas del conflicto, que ha sido la obsesión de mi gobierno.

Me agrada reconocer que Timochenko ha dado un primer paso en esa dirección.

En un escenario de fin del conflicto podríamos acometer unas transformaciones que hoy no son posibles en esa magnitud y en esa profundidad, justamente porque tenemos el conflicto atravesado en el camino.

De eso se trata la agenda de La Habana, de dejar de matarnos para poder sentar unas verdaderas bases hacia la construcción de la paz.

La cuarta condición es que todo lo anterior se comienza a implementar de manera simultánea con la firma de un acuerdo final, incluyendo la dejación de armas de las Farc.  

Mientras tanto, nada cambia. Como he dicho tantas veces, no habrá un cese al fuego.

No vamos a conceder ventajas, ni a dejar de cumplir con nuestra obligación de proteger a los colombianos.

Esa es una condición básica de este proceso, y por eso les pido comprensión si persisten los ataques de las Farc. Son los gajes de hablar en medio del conflicto. Esas son las reglas de juego que nosotros impusimos.

Nosotros persistiremos en lo nuestro, que es perseguirlos estén donde estén.

En el entretanto, tengamos paciencia y perseveremos.

Mi conclusión, luego de hablar largamente con la comisión que se encuentra en La Habana, es que el proceso va bien: se está trabajando  en la construcción de un acuerdo como nunca antes se había hecho en Colombia.

Así se terminan los conflictos, aquí y en cualquier parte del mundo: trabajando seria y disciplinadamente en la redacción de un acuerdo con compromisos concretos. Si se mantiene el ritmo de las últimas semanas, es perfectamente posible concluir el trabajo en meses.

Ahora bien, como lo hemos dicho tantas veces, nada está acordado hasta que todo esté acordado.Y cualquier acuerdo tendrá que contar también con la refrendación de todos los colombianos. Será el pueblo quien decida si aprueba un acuerdo final.

Yo tengo una convicción que me alienta.Estoy convencido de que la gran mayoría de los colombianos nos negamos a vivir en un conflicto eterno y de que podemos construir -y mucho más si logramos terminar el conflicto- un país justo, moderno y seguro.

Y ya lo estamos haciendo…

Ya lo estamos construyendo de la única forma en que es posible hacerlo, de la única forma en que la historia nos enseña que se transforman las sociedades: con unidad.

La unidad, el trabajo armónico que hemos logrado en estos años con los partidos políticos -que nos ha permitido aprobar reformas constitucionales y leyes de inmensa importancia-, con las instituciones del Estado, con la sociedad en general, con los países del mundo, ha sido la razón principal de lo que hemos logrado.

¡Unidos podemos todo! Divididos no podemos alcanzar el futuro que merecemos.

La única forma en que Colombia, ¡nuestra Colombia!, puede llegar a ser el gran país que sabemos que puede ser es que todos participen de su éxito.

Yo no puedo solo, el Gobierno no puede hacerlo solo. Necesitamos de la ayuda de todos, de ustedes empresarios, de medios  como La República, de dirigentes de excelencia como el presidente de Bancolombia que esta noche exaltamos.

Este es el mensaje con el que quiero cerrar estas palabras:

Tenemos claramente definido un puerto destino, vamos avanzando hacia él a buen paso, y es natural que en esta travesía nos encontremos con tormentas y con fuertes vientos.

Pero eso no tiene por qué asustarnos ni hacernos desistir de nuestro viaje, porque tenemos el más fuerte de los barcos: un barco que se llama unidad.

Si trabajamos unidos, si permanecemos unidos, esas tormentas y esos vientos no nos van a desviar de nuestro camino. Por el contrario, terminarán ayudándonos a llegar a buen puerto, a llegar a nuestro destino, a ese destino que merece nuestro país y que merecen nuestros hijos.

¿Y cuál es ese destino? Una Colombia justa, moderna, segura... y en paz

Muchas gracias

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