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ECONOMÍA Colombia, tierra fértil para la paz
miércoles, 27 de abril de 2016
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Aurelio Iragorri Valencia

 El Centro de Memoria Histórica registra que entre 1958 y 2012 el conflicto armado ha causado más de 258.000 muertes. De ellos, 19 % equivale a combatientes y 81 % a civiles, la mayoría gente del campo. Una verdadera tragedia humanitaria que el Gobierno Nacional, bajo el liderazgo del presidente, Juan Manuel Santos, ha decidido detener para siempre.

Para ello, ha trazado una ruta de reconciliación, que nace de la convicción democrática de construir una nueva institucionalidad. Reconocer la existencia de las víctimas, mediante la Ley de Víctimas, fue un paso gigante en esa dirección, a lo que se suma el inicio de un proceso de paz con las Farc, que está en su fase final, tras aprobarse 4 de los 5 puntos pactados.

En el campo ha sido el principal escenario de esa tragedia. Los diversos actores ilegales se han ensañado contra la población civil. El fortalecimiento de la estrategia de seguridad ha permitido una mayor presencia de la fuerza pública y la ocupación de mayores espacios del territorio. La contundencia de la acción estatal ha obligado a la guerrilla a replegarse, a sentarse en la mesa a dialogar. Las nuevas condiciones políticas y militares, la fuerza de los acontecimientos, los ha convencido de que en la guerra solo hallarán la muerte y que su futuro es la paz.

Nunca antes esas fuerzas habían recibido golpes tan demoledores como los sufridos en el Gobierno del presidente Santos. Pero también, y esa es la gran noticia, nunca antes se había avanzado tanto para lograr el anhelado fin del conflicto armado interno, mediante un proceso de diálogo que cuenta con una agenda clara, un equipo negociador de alto nivel, el acompañamiento de la comunidad internacional, y la esperanza de todos los colombianos de que esta vez las cosas sí salgan bien.

El fin del conflicto armado marcará el nacimiento de una nueva Colombia. El país del posconflicto. La firma de los eventuales acuerdos de paz no acabará por arte de magia nuestros problemas, muchos estructurales y endémicos, pero sin el ruido de la confrontación armada, podremos concentrarnos en recuperar el tiempo perdido para solucionarlos.

El posconflicto tendrá como protagonista el campo colombiano, y a nuestra fuerza pública, que tendrá el papel de copar plenamente el territorio y garantizar la seguridad y la tranquilidad en las áreas antes afectadas por la presencia de los actores armados ilegales. Pero, al mismo tiempo, deberá garantizar con su presencia vital, con la Constitución en la mano, defendiendo los derechos humanos, aplicando la fuerza legítima del Estado y el cumplimiento de lo acordado.

Una institucionalidad para la paz significará una nueva agenda social, otros actores y una ruta clara para fortalecer la democracia, derrotar la pobreza, erradicar la inseguridad, y curar las heridas que han tatuado de dolor la piel de la nación.

 Con la reconciliación, los factores que han forzado el rezago del desarrollo productivo y social del campo colombiano entrarán en un punto de quiebre. Sin inseguridad ni ausencia de institucionalidad, el sector rural germinará y cumplirá el mandato de convertir a Colombia en la despensa del mundo.

El primer punto de los eventuales acuerdos de La Habana es el tema rural. La dimensión de la responsabilidad que asumiremos en ese terreno implica una transformación profunda del sector rural. El desarrollo rural integral tiene que dejar de ser un anhelo para convertirse en una realidad.

 Superar la pobreza rural, insertar en el mundo laboral con condiciones dignas a millones de campesinos, garantizar los derechos básicos de esa población; incentivar las inversiones y la producción en el campo; estimular a los agroindustriales y pequeños propietarios, implica, a la vez, ofrecer condiciones de seguridad jurídica y real para que nadie, nunca más, vuelva a sentir amenazada su vida y nadie, jamás, tenga excusas para alzarse en armas.

Para cumplir esa misión el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural se está reinventando. Con el mayor presupuesto de su historia, de la mano del presidente Santos, tenemos mayores herramientas para trazar y recorrer el camino del posconflicto. La Misión Rural y el Censo Nacional Agropecuario, son elementos fundamentales para repensar el sector.  Una nueva institucionalidad está surgiendo para cumplir nuestra responsabilidad con la historia. El Ministerio de Agricultura será eje fundamental del posconflicto y de la consolidación de un país de derechos, participación y equidad.

La paz será nuestra mejor cosecha. Las Fuerzas Armadas serán garantes de que la recojamos entre todos y que los frutos de la reconciliación transformen en alegría y esperanza los lugares donde hoy reina el dolor y la frustración. La alianza Estado, sociedad civil, Fuerzas Armadas, será la clave para sembrar la paz que estamos celebrando.

Las Fuerzas Armadas han estado apegadas al campo. Son, en su mayoría campesinos, quienes las conforman. Hombres de campo cuidando a gente del campo, que trabaja con el apoyo del Estado, será la fórmula ganadora para que en  Colombia erradiquemos el estigma de dolor de los últimos 50 años.

Juntos, mediante canales de comunicación interinstitucionales y con el productor rural, haremos realidad la política pública agropecuaria, llevando progreso y bienestar a todos los rincones de la patria.

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