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Redes de multimillonarios
Un creciente ecosistema posterior a la venta de empresas está ayudando a los fundadores a afrontar las dificultades inesperadas de volverse extremadamente ricos
Tras levantar conjuntamente y sin inversión externa (bootstrapping) una startup de software, Anastasia Koroleva y su esposo vendieron por una cifra de nueve dígitos, 100% en efectivo el primer día, sin pagos futuros condicionados (earnouts) y sin ataduras. Sin embargo, lo que vino después tomó por sorpresa a la fundadora y exabogada de fusiones y adquisiciones en Skadden Arps. En lugar de la vida holgada que esperaba, Koroleva se encontró enfrentando años de inquietud y un doloroso divorcio.
“Todo fue muy diferente de lo que esperábamos, y eso fue impactante para mí”, afirma. “Pasé por una adaptación bastante difícil a esa nueva realidad”.
Hoy, 16 años después de recibir su pago y tras casi tres años al frente de su podcast, Exit Paradox, Koroleva explora qué sucede cuando el patrimonio neto elimina la necesidad de trabajar. Sus entrevistas con personas extraordinariamente ricas han sacado a la luz un tema recurrente: para muchos, la venta de la empresa no se siente como un logro supremo o, al menos, no por mucho tiempo.
Puede sentirse más como una ruptura existencial. Los invitados describen el hecho de volverse asombrosamente ricos utilizando el lenguaje del trauma: “recuperándose de una venta de US$500 millones”, “dando tumbos durante una década” o derivando en un estado de apatía sin rumbo.
El podcast de Koroleva forma parte de un creciente ecosistema de contenidos, coaches, terapeutas y comunidades que ofrecen a quienes han acumulado más dinero del que jamás necesitarán un espacio para hablar libremente, un vacío que los asesores patrimoniales tradicionales y las redes de fundadores no logran llenar. Su auge refleja dos cambios: un sector tecnológico que genera riqueza a un ritmo vertiginoso y una cultura pospandemia mucho más dispuesta a hablar sobre salud mental.
“Ha habido una enorme flexibilización en las conversaciones sobre salud mental y bienestar entre emprendedores”, señala Sherry Walling, psicóloga clínica especializada en fundadores. Ella atribuye esto en parte al impacto de la muerte del fundador de Zappos, Tony Hsieh, en 2020. “Creo que hemos dejado de verlo simplemente como el lamento por los problemas de los más privilegiados”.
El noviembre pasado, Walling coescribió un libro sobre el tema, Exit Strategy. Había visto a demasiados clientes que habían logrado todo lo que se habían propuesto, alcanzando la gran venta de su empresa, y aun así eran desdichados. “Hubo algunas historias realmente dramáticas”, comenta. “Personas con ideación suicida, simplemente muy, muy perdidas en su experiencia posterior a la venta”.
Las dificultades económicas marcaron los primeros recuerdos de Michia Rohrssen. A los cuatro años, recuerda ver a su madre llorar por un automóvil averiado que no tenían dinero para reparar. A menudo tampoco había dinero para comida o alquiler. Recuerda los comedores comunitarios y a los monjes tibetanos en Ithaca, Nueva York, que se apretaron en un solo dormitorio para acogerlos a él y a su madre. El dinero era “esta fuente constante de dolor en nuestras vidas”, rememora.
Rohrssen se mudó a San Francisco a los 20 años y se adentró en el mundo de las startups, cofundando en 2015 la empresa de software automotriz Prodigy. Incluso entonces, a veces se saltaba los almuerzos semanales con amigos porque no podía permitirse pagar la comida de US$25. Luego, en 2021, cuando Rohrssen tenía 31 años, Prodigy se vendió por US$110 millones.
Todos sus problemas financieros quedaron resueltos. Rohrssen estaba eufórico y, aunque nunca pensó que el dinero pudiera reemplazar el trabajo interior, el pavor existencial que se instaló lentamente resultó ser más oscuro que la pobreza que había sobrevivido.
“Es realmente malo”, afirma. “Cuando estás en la quiebra y las cosas son difíciles, tienes la creencia de que, bueno, algún día, cuando venda la compañía, las cosas podrán mejorar. En realidad es mucho más difícil cuando has alcanzado esos resultados financieros y todavía te sientes igual de roto. Te sientes igual de inadecuado y te preguntas: ‘¿Pero si ya logré lo que quería?’”.
Viajó un poco, pero tenía poco propósito en el día a día aparte de despertarse para ver a su esposa. “Simplemente morí”, dice. “Tu cerebro literalmente se atrofia si no estás trabajando y persiguiendo cosas en la vida. Es un lugar muy peligroso en el que estar”.
Existe un término para este fenómeno, “síndrome de riqueza repentina”, explica la psicoterapeuta Annie Wright. Ella considera que los fundadores del sector tecnológico son particularmente vulnerables, un problema que se vuelve más agudo con la ola de la inteligencia artificial.
Una de las razones es la velocidad. El tiempo que transcurre entre la fundación de una empresa y la llegada a un evento de liquidez se ha comprimido drásticamente desde el auge de las criptomonedas, lo que deja a los fundadores menos tiempo para madurar a la par de su riqueza. “Hay valoraciones enormes, muchísima atención pública y la riqueza personal se puede generar dentro de un periodo extraordinariamente comprimido”, señala Wright.
También existe la sensación de que la oportunidad se está cerrando. Muchos fundadores creen que esta puede ser la oportunidad tecnológica determinante de sus vidas profesionales. “Creo que muchos fundadores sienten que no pueden bajar el ritmo”, afirma. “Y creo que esto por sí solo puede crear un intenso temor a perderse de algo (Fomo), incluso después de estar financieramente asegurados”.
Wright afirma que otro factor recibe la menor atención, pero puede cobrar un precio más pesado: la carga moral de cómo se generó la riqueza. Los fundadores de tecnología pueden enfrentarse a lo que su tecnología podría hacerle al mundo, de una manera en la que a un magnate de los casinos o de la moda rápida no se le exige rendir cuentas.
“Estos fundadores no solo se preguntan cuánto vale su empresa, sino que también pueden estar preguntándose qué le va a hacer la tecnología al empleo, a la verdad, a la creatividad humana y a las relaciones humanas”, afirma Wright. Algunos, añade, incluso están experimentando un “daño moral sobre lo que han construido y cómo está impactando a los demás”.
Luego están los efectos más cotidianos de la riqueza. A diferencia de los premios de lotería, la fortuna de un fundador está profundamente entrelazada con su identidad. Eso hace que el éxito se sienta merecido, pero cualquier insatisfacción posterior se siente dolorosamente personal.
Muchos caen presas de la falacia de la llegada: la suposición de que alcanzar esa cifra, ese hito alrededor del cual habían organizado sus vidas, les brindaría una paz duradera. Cuando no es así, algunos saltan directamente a su siguiente proyecto, menos por inspiración que por la necesidad de demostrar que el primer éxito no fue una casualidad.
Dinero de Monopoly
Este ciclo de riqueza está creando muchos más ganadores que los auges anteriores. En algunas empresas de IA, incluso empleados de nivel medio se están retirando con sumas que cambian la vida. Los rastreadores de mercado proyectan que tan solo la oferta pública inicial de Anthropic podría crear siete multimillonarios entre sus fundadores, y aproximadamente 50 personas con más de US$100 millones y 1.200 con más de US$10 millones más abajo en su estructura de capital.
Si se suman las salidas a bolsa gigantescas de OpenAI y SpaceX, el número proyectado de nuevos multimillonarios asciende a 20. “Es bastante descabellado la cantidad de dinero que se está ganando”, dice el empresario Sam Parr. “La gente se está acercando a nueve dígitos, más de US$100 millones, solo por ser un empleado”.
Parr fundó The Hustle, un boletín digital de negocios comprado por HubSpot en 2021. En estos días su atención se centra en Hampton, una red que inició para creadores de alto patrimonio neto, donde analiza lo que él llama “problemas de champán”, que no dejan de ser problemas. Es inusualmente franco sobre cómo los miembros, cuyo patrimonio neto alcanza hasta los US$3.000 millones, gastan su dinero, analizando qué elecciones realmente aportan felicidad.
¿Su mejor consejo? No hagas nada irreversible durante al menos un año después de la venta. No compres ese rancho excesivamente grande como hizo él, o al menos alquila la mansión en Airbnb durante unos meses primero para ver si te gusta vivir de esa manera. El sentido del humor también ayuda.
Comunidades como Hampton evalúan a sus miembros de forma diferente: algunas seleccionan por credenciales emprendedoras, otras tienen límites financieros estrictos y algunas son solo por invitación. Post Exit Founders, lanzada hace cuatro años, se centra en la experiencia del fundador; Beyond The Finish Line exige que los miembros hayan vendido su empresa y estén en una etapa “post-económica”.
En el extremo superior, Tiger 21 requiere al menos US$20 millones, y R360 fija su barra en US$100 millones en activos. Si bien estos grupos ofrecen una gama de beneficios que van desde la red de contactos hasta la gestión patrimonial y el flujo de oportunidades de inversión, todos dan espacio a los miembros para lidiar con preguntas trascendentales sobre la vida.
Con quienes han adquirido riqueza recientemente, Parr señala que las dinámicas se distorsionan aún más hacia los extremos. “Lo que se vuelve algo realmente extraño es cuando tienes que abordar el nivel más alto de la jerarquía de necesidades de Maslow a una edad muy temprana”, comenta.
Se considera afortunado de haber conocido a su esposa desde joven; ahora ve a más personas hacerse ricas antes de haber encontrado pareja. “Para mis amigos que están solteros, es difícil”, dice Parr. “Quiero decir, es divertido, obviamente. Cedes a todos tus caprichos, pero no los envidio”.
Cada relación se renegocia tras la venta de una empresa, y no siempre por parte de quien tiene el dinero. Los viejos amigos empiezan a medir lo que dicen sobre sus propias finanzas. Los familiares desarrollan opiniones sobre lo que se les debe. Las nuevas personas son aún más difíciles: la gente rica aprende, a veces por la vía costosa, a clasificar a quienes buscan cercanía de quienes buscan acceso. El resultado puede ser un mayor aislamiento, no menor.
El dinero, a partir de cierto volumen, también deja de sentirse real. “Hasta unos US$20 millones, todavía estás pensando en ‘¿cómo uso bien este recurso?’”, señala Walling, la psicóloga. “Lo observas, le prestas atención y haces buenas inversiones. Y luego hay una cifra más allá de la cual es como dinero de Monopoly. Eso puede tener este efecto delirante en la psicología de alguien. Quedan a la deriva y desvinculados del valor de cualquier cosa”.
A Rohrssen le ha llevado años procesar el haber enriquecido, pero últimamente se ha sentido más vivo de lo que se ha sentido en mucho tiempo. Comenzó a crear contenido en línea sobre la creación de empresas y encontró inspiración mientras pasaba tiempo con Richard Branson: primero en la isla Necker con The Strive Collective, y luego haciendo senderismo juntos en Islandia este verano con carpas básicas, café instantáneo y hoyos en la tierra como sanitarios.
A diferencia de muchas de las personas ultrarricas que Rohrssen ha conocido desde la venta de su empresa, Branson, de 76 años, no parecía haber sido vaciado por la riqueza. En todo caso, esta había amplificado su exuberancia natural. Branson se mostraba sensato y dispuesto a todo, dice Rohrssen, pero abiertamente extravagante respecto a la vida que había construido como un “multimillonario extravagante que literalmente tiene una isla con crías de canguros y lémures”.
Encontrar ese equilibrio puede tomar años. De aproximadamente 1.200 historias posteriores a la venta que Koroleva ha estudiado, estima que una década después de alcanzar el estado “post-económico”, 15% se encuentra “en un lugar bastante triste”; 70% está cómodo pero siente cierto vacío; y solo 15% está prosperando plenamente. Está decidida a hacer subir ese último porcentaje.
Este mes lanzó Post Wealth System, un programa de retiro de tres días para grupos pequeños de ocho a 10 personas, diseñado para ayudar a guiar a quienes son financieramente libres hacia vidas profundamente más plenas.
Walling señala que las personas que mejor manejan una ganancia inesperada tienden a sostener dos ideas al mismo tiempo: “Trabajé muy duro y tuve mucha suerte”. Recompensa sin una autoafirmación desmedida. Quienes más sufren suelen ser aquellos para quienes la empresa lo era todo: sin relaciones saludables, sin pasatiempos, sin sentido de significado fuera de la venta. “Ahí es donde vinculas todo tu valor personal y tu sentido individual de bienestar a este evento”, dice Walling. Ninguna cantidad de dinero “va a ser suficiente para sostener eso por ti”.
Michael Sonnenfeldt ha estado reflexionando sobre preguntas sobre el dinero durante más tiempo que casi cualquiera. Como fundador de Tiger 21, una de las redes más antiguas y grandes para los ultrarricos, ha pasado casi tres décadas observando cómo sus miembros navegan su estatus inusual.
“La abuela de mi esposa solía decir: ‘Rico o pobre, es bueno tener dinero’”, bromea Sonnenfeldt. Muchas personas ricas están mal adaptadas, dice, al igual que muchas personas que no son ricas. “Es solo que algunos de esos errores son más visibles cuando los cometen las personas ricas”.
Él desearía que la gente no le pidiera al dinero cosas que no puede hacer. El dinero puede poner fin a la necesidad de acumular, dice Sonnenfeldt, pero no decirte qué viene después. Él toma prestado de la teoría de juegos: piensa en la vida como un juego infinito, que se juega no para ser ganado y completado, sino simplemente para seguir jugando bien. Es un ajuste difícil para los de alto rendimiento entrenados para obsesionarse con los resultados por encima del proceso. Pero la evidencia está a su alrededor. “La cantidad de miembros de Tiger que meditan diariamente te dejaría boquiabierto”, afirma.
Por ahora, estos son problemas para muy pocos y muy ricos. Pero algunos pensadores, incluido el filósofo Nick Bostrom, creen que la IA podría hacer que este escenario sea universal. Predice una próxima “utopía” en la que la liberación de la necesidad económica se convierta en la norma. Si se toma eso en serio, la clase “post-económica” deja de ser una curiosidad y se convierte en un estudio piloto: un grupo pequeño y bien financiado que descubre, antes que el resto de nosotros, qué hace una persona cuando no se le exige nada.
Una visión más dura es que no existe una solución duradera. Mantenerse insatisfecho es la forma en que nuestra especie ha sobrevivido, el motivo por el cual el lujo de ayer se convierte con certeza en la necesidad básica del mañana. Esa es la postura de Rohrssen, al menos por ahora. “Probablemente hay algo en la condición humana que es difícil de erradicar”, dice. “Tal vez solo estás luchando contra la gravedad”.
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