MI SELECCIÓN DE NOTICIAS
Noticias personalizadas, de acuerdo a sus temas de interés
La costumbre de decir “salud” al brindar se remonta a los banquetes de griegos y romanos, donde se ofrecía vino a los dioses y se deseaba bienestar a los presentes.
Posteriormente, se consolidó como un gesto de confianza y una intención de buena salud en medio de tiempos de pestes y envenenamientos. Con el paso de los siglos se hizo costumbre universal.
El alcohol ha acompañado la vida social, los rituales y la economía de las sociedades. Ha sido símbolo de celebración, pero también un factor de enfermedad y adicción. Hoy, comienzan a aparecer señales de que algo profundo está cambiando: ¿Estamos frente al inicio del fin del consumo de alcohol en el mundo?
Las estadísticas recientes parecen dibujar una transición. En países de la Ocde, el consumo promedio de alcohol por adulto muestra una leve pero sostenida caída desde 2011, con reducciones notables en Irlanda y Lituania (Ocde, Health at a Glance 2023). En Canadá, las ventas se redujeron un 3,8% en 2023/24, la mayor caída desde 1949, según Statistics Canada.
En Estados Unidos, la proporción de adultos que se consideran ‘bebedores’ cayó a 54%, el nivel más bajo de la serie histórica, de acuerdo con Gallup (2023). En Europa, los adolescentes de 15-16 años han reducido de manera notable su consumo en las últimas tres décadas: en 1995, casi nueve de cada diez habían probado alcohol; hoy son tres de cada cuatro. El porcentaje de quienes bebieron en el último mes bajó de 55% a 43% (Espad Report 2024).
El dato más contundente lo ofrecen los jóvenes. En el Reino Unido, las encuestas de salud muestran una caída constante en el porcentaje de 16-24 años que superan la guía de 14 unidades semanales (ONS, 2023).
En Estados Unidos, la encuesta Monitoring the Future (2024) confirma descensos en el consumo entre estudiantes de secundaria. Y en Islandia, el viraje ha sido tan radical que hoy es referencia global en políticas de prevención. La imagen del adolescente que bebe sin medida parece ceder terreno frente a generaciones más conscientes, influenciadas por discursos de salud, bienestar y sostenibilidad.
Probablemente no se trata solo de beber menos, sino de beber distinto. El auge de las bebidas sin o con bajo alcohol es revelador: el mercado global crece a ritmos cercanos a 7% anual, según la consultora Iwsr Drinks Market Analysis (2024), con la cerveza 0.0 como estandarte. El fenómeno ‘sober curious’ -esa curiosidad por experimentar la sobriedad parcial o total- se instala en las grandes ciudades y redefine la manera de salir, celebrar o socializar.
Pero no todo es uniforme. En algunos países, como México o Letonia, el consumo aún crece (Ocde, 2023). En Colombia, la evidencia es mixta: entre universitarios, la prevalencia de consumo en el último mes supera 56%, y aunque hubo descensos en el pasado, en 2023 se observó un repunte, según el Observatorio de Drogas de Colombia (2023). El mapa, entonces, es desigual, y recuerda que los hábitos culturales y las condiciones económicas influyen tanto como las tendencias globales.
Es muy posible que estemos asistiendo a una reconfiguración cultural: beber ya no es obligatorio para pertenecer, y tampoco es un rito iniciático inevitable en la juventud. El mercado lo percibe: los grandes grupos cerveceros y licoreros invierten millones en desarrollar alternativas sin alcohol, sabiendo que la próxima generación quiere placer, pero también control.
Quizás dentro de unas décadas veamos al alcohol con los mismos ojos con que hoy observamos al cigarrillo: un hábito que alguna vez fue omnipresente y que luego quedó reducido a una minoría. Lo cierto es que los datos muestran una dirección clara: menos consumo entre jóvenes, ventas en descenso en países desarrollados y un boom de alternativas no alcohólicas.
No es aún el fin, pero sí el comienzo de una era distinta en la relación de la humanidad con el alcohol. Una era donde la sobriedad, más que la embriaguez, empieza a tener prestigio.
Cuidar la competitividad no es pedir privilegios. Es proteger el ingreso rural, el empleo y la capacidad exportadora del país. Una economía no se fortalece con una moneda artificialmente fuerte, sino con un aparato productivo eficiente, innovador y confiable
La verdadera corrección no está en la firmeza del tono, sino en el cambio de reglas. Porque cuando cambian las reglas, cambian los incentivos, y solo entonces el país empieza, de verdad, a ordenarse. Ojalá el candidato recalcule