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Analistas 03/11/2021

Mejores ingredientes, mejor país

Vicente Echandía
Diplomático

Con frecuencia se oye decir que gran parte de la solución a los problemas de países en desarrollo como Colombia pasa por la construcción de instituciones fuertes que aseguren el imperio de la ley, el disfrute de las libertades y el fortalecimiento de la democracia. Yo mismo he repetido en diversas ocasiones, con gran convencimiento, que uno de los problemas más complejos que tenemos que enfrentar en nuestro país es precisamente el de la debilidad institucional.

Es claro que más de algo deseable es mejor que menos. Lo que no es tan claro es qué quiere decir eso de la institucionalidad. Parece una de esas palabras que muchas personas usamos, pero de las cuales pocos conocemos su significado. A primera oída instituciones suena a edificios, organizaciones públicas, Estado, autoridad. Pero más allá de formas y representaciones del Estado, a pesar de que no existe una única definición, sí hay consenso en que más que ladrillos, las instituciones se refieren a normas, tanto formales como informales, que regulan la interacción entre los ciudadanos.

Bajo esa definición de instituciones caben no sólo la constitución, las leyes, los decretos, códigos y demás regulaciones, todas normas formales, sino también otras como las costumbres políticas, las tradiciones o la cultura. Un ejemplo de una institución informal puede ser el pago de la propina en un restaurante. Ni es ley, ni está escrito, pero hay un entendimiento entre todos que el servicio que se recibe en un restaurante, si ha sido satisfactorio, se paga como un porcentaje que suele ser de 10% del valor total de lo consumido. Tristemente, la corrupción y el clientelismo también hacen parte de esas instituciones informales.

Al final, formales o informales, positivas o negativas, las instituciones terminan siendo el resultado de la interacción entre los individuos, por lo que su debilidad o su fortaleza no depende de si mismas, sino del valor y la dirección que estos les terminen dando. Siendo así, la receta para mejores y más fuertes instituciones es tener mejores ciudadanos, para lo cual resulta fundamental establecer políticas activas de cultura ciudadana.

Por el contrario, lo que hemos visto en Colombia desde hace muchos años es la desaparición de cualquier iniciativa en ese sentido. Pensaría uno que las autoridades consideran que la cultura ciudadana se da por inercia o combustión instantánea, pues programas o políticas serias no se ven por ningún lado. Es una lástima, porque a pesar de ser la base de un mejor país, en el nuestro son pocos los esfuerzos que le han dedicado.

No hay que ir muy lejos. La experiencia de Antanas Mockus como alcalde de Bogotá entre 1995 y 1997 y después entre 2001 y 2004 fue revolucionaria en muchos sentidos. El respeto por las cebras peatonales, el castigo social con las tarjetas amarilla y roja frente a comportamientos equivocados o la hora zanahoria fueron propuestas innovadoras con un impacto profundo. A pesar de haber trazado una ruta positiva para la ciudad, y potencialmente para el país, no hubo mayor continuidad ni en las políticas, ni en la idea de trabajar en educar mejores ciudadanos.

Con las elecciones presidenciales y legislativas en los próximos meses empiezan a surgir propuestas de todo tipo con las que los candidatos de las diferentes corrientes políticas y con variadas capacidades gerenciales prometen llegar a ese país que todos queremos pero que nos sigue evadiendo. Ojalá todos incluyan ideas en torno a la construcción de una mejor ciudadanía a través de la cultura. Tener un mejor país no se logra con mejores leyes. Se logra con mejores ciudadanos.