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Uno de los momentos en los que resulta más difícil mantener una respiración tranquila durante una práctica de yoga es al sostener una postura de la tabla o phalakasana. El principio es el mismo de una plancha en cualquier actividad física: la idea es sostener el peso del cuerpo en los brazos, con las manos y los pies apoyados en el piso, activando el abdomen. Normalmente, en una práctica de yoga se hacen bastantes planchas como parte de alguna secuencia de saludos al sol. Y aunque pareciera una postura de transición, como si simplemente conectara un movimiento previo con otro posterior, lo cierto es que hace mucho más que eso.
Pasar tantas veces por una plancha y respirar en ella ayuda a desarrollar conciencia corporal, activa músculos, identifica tensiones y prepara movimientos que seguramente necesitaremos después en clase. Pero a veces es hartísimo volver a ella (y hasta monótono) porque nos hace sentir la fuerza en el abdomen y los brazos que tanto nos cansa. Y esto me llevó a pensar: ¿por qué nos cuesta tanto reconocer el progreso cuando todavía no podemos mostrar un resultado? En yoga seguimos haciendo la plancha una y otra vez, tal vez sin encontrarle un sentido en el presente. Pero cuando podamos subir nuestras maletas por encima de la cabeza en la cabina de un avión seguramente reconoceremos todo ese esfuerzo. Esto solo para ilustrar que el calentamiento en yoga no es una espera pasiva, es trabajo que todavía no se traduce en una postura espectacular o en resultados de movilidad para la vida diaria.
Vayamos fuera del tapete. Estamos acostumbrados a medir el progreso mediante indicadores concretos: cuánto vendimos, cuánto crecimos, cuántos proyectos terminamos, cuántos kilómetros recorrimos o cuánto dinero ganamos. Y esa necesidad de medir resultados puede llevarnos a despreciar actividades que no producen beneficios inmediatos. Pensemos en una empresa que dedica tiempo a capacitar a sus empleados, o en un emprendedor que investiga el mercado antes de lanzar su producto. Ninguna de esas actividades garantiza un resultado exitoso. Sin embargo, todas pueden mejorar las condiciones para conseguirlo.
Pero a veces confundimos la preparación con la postergación. Y no es lo mismo aplazar indefinidamente un proyecto que estudiar el mercado, organizar los recursos y desarrollar las capacidades necesarias para ejecutarlo. En yoga, permanecer unos minutos en una postura preparatoria tiene una finalidad. No estamos evitando la secuencia difícil; estamos creando las condiciones para realizarla. La preparación tiene dirección. La postergación puede no tenerla. Por eso es importante preguntarse: ¿estoy preparándome para avanzar o estoy utilizando la preparación como una forma de evitar el siguiente paso?
Y simultáneamente hay que reconocer que algunas transformaciones ocurren antes de que podamos observarlas. Piense en alguien que comienza a ahorrar. Los primeros aportes parecen pequeños, pero están construyendo una capacidad financiera que antes no existía. En yoga, puede suceder que una postura siga sin salir, pero ahora tengamos más estabilidad, una mayor conciencia del movimiento o la capacidad de reconocer cuándo debemos modificarlo. El resultado todavía no cambió, pero nosotros sí.
Pero ojo, la preparación no es eterna. En algún momento debemos pasar del calentamiento a la práctica más exigente. Y eso implica aceptar que nunca tendremos garantías absolutas de estar preparados. En yoga, el profesor construye progresivamente la secuencia y ofrece alternativas según las capacidades de cada estudiante. No todos tienen que llegar a la misma postura para que la práctica tenga sentido. En la vida sucede algo parecido: no siempre tendremos toda la información, experiencia o seguridad que quisiéramos. La preparación debería permitirnos actuar con mayor criterio, no exigirnos una certeza imposible. Pero hay que tener en cuenta que aunque prepararse es avanzar, prepararse indefinidamente puede convertirse en una manera de no avanzar.
Volvamos a la postura de la tabla. Después de todos esos movimientos preparatorios llega una postura difícil que requiere la fuerza en el abdomen y en los brazos que hemos estado calentando: por ejemplo, parada de manos. Quizá la consigamos, quizá no. Pero ahora tenemos más recursos para intentarla: reconocemos mejor nuestro cuerpo, sabemos qué movimientos necesitamos y entendemos qué ajustes podemos hacer. El calentamiento no garantizó el resultado, pero nos permitió llegar al desafío de otra manera. Y ahí aparece la enseñanza para la vida: no toda preparación produce un éxito inmediato, pero puede transformar nuestra capacidad de responder a lo que viene. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿estamos construyendo las condiciones para dar el siguiente paso, o esperando a sentirnos completamente preparados para no tener que darlo?
La Ley de Rescate busca un ajuste de unos $45 billones, el 2,2% del PIB. Siete de cada diez pesos salen del gasto: recorte del 50% en contratos de prestación de servicios, del 20% en funcionamiento, venta de activos improductivos y facultades extraordinarias por seis meses para podar el Estado