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Colombia, en la práctica, no es un país de departamentos; el margen de acción que tienen los gobernadores y las Asambleas Departamentales no es preponderante. Es constitucionalmente municipalista. Pero tampoco. Es un país que se ha desarrollado en sistemas metropolitanos. La economía real no vota, no legisla ni opina, pero manda. Opera a través de áreas funcionales, no de mapas políticos.
El país funciona -para bien o para mal- desde seis grandes sistemas urbanos: Bogotá, Medellín - Valle de Aburrá, Cali, Barranquilla, Bucaramanga y Cartagena. En ellos se produce cerca de 60% del PIB nacional. Allí se concentran capital, decisiones, logística, talento e infraestructura. Lo demás complementa. Seguir planeando Colombia como un mosaico homogéneo de departamentos es una ficción cómoda y costosa.
Incluso cuando se observa el PIB por departamentos, la evidencia no contradice esta tesis: la confirma. Junto con Bogotá, la economía nacional se concentra en Antioquia, Valle del Cauca, Santander, Cundinamarca y Atlántico. Son la excepción que confirma la regla. Allí el departamento coincide -más o menos- con una región económica real, anclada en sistemas urbanos densos y redes productivas integradas. El departamento funciona porque hay metrópoli. En el resto del país, aun cuando el mapa político persiste, la economía no necesariamente.
Bogotá - Región explica cerca de 30% del PIB nacional. No es solo la capital administrativa. Es el centro financiero, corporativo y decisional del país. Ninguna política macro -fiscal, de vivienda, transporte o suelo- funciona si Bogotá no está en el centro del diseño. Ignorar esto no es ideológico. Es irresponsable.
El Valle de Aburrá, con casi 10% del PIB, es el sistema metropolitano mejor integrado del país: industria, servicios empresariales, innovación y gobernanza supramunicipal efectiva. Medellín compite mejor cuando actúa como región.
Cali, con cerca de 7%, articula el suroccidente y conecta al país con el Pacífico. Barranquilla, con casi 5%, estructura el Caribe, los puertos y el comercio exterior. Bucaramanga se distingue por productividad y capital humano; clase media fuerte soportada en educación de alta calidad. Cartagena confirma que la escala económica no depende solo de población: petroquímica, refinación, puertos y turismo la hacen estratégica.
Estas aglomeraciones no son simplemente “grandes ciudades”. Son plataformas productivas, son sistemas metropolitanos, son áreas funcionales. Se complementan con otras aglomeraciones relevantes como el Eje Cafetero y Cúcuta metropolitana, principal nodo urbano de frontera.
Cuando estos sistemas se fragmentan en planes municipales inconexos, el resultado es previsible: ineficiencia, informalidad y pérdida de competitividad. El mal uso del suelo urbano no es un error técnico, es una mala política económica.
Colombia necesita menos retórica territorial y más lectura económica. Infraestructura, vivienda, transporte masivo y logística deben diseñarse a escala metropolitana. El país real ya funciona así. El Estado aún no.
La economía ya decidió. La política sigue llegando tarde.
Los grupos ilegales saben que muy pronto el escenario les puede cambiar radicalmente y para ello se emplearán a fondo para defender la impunidad que viven y disfrutan
El legado de su mandato no reside únicamente en sus decisiones políticas concretas, sino en la normalización de un estilo de liderazgo personalista que desafía los códigos de autocontención institucional
Tal vez la conversación no debería girar alrededor de por qué extrañamos 2016, sino alrededor de qué tipo de presente estamos construyendo hoy para que, en unos años, valga la pena ser recordado. Esa, más que una pregunta nostálgica, es una pregunta profundamente estratégica