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Un algoritmo es una secuencia de instrucciones para resolver un problema. La inteligencia artificial (IA) va más allá: aprende patrones, procesa información y produce respuestas, textos, diseños y decisiones en segundos. Está transformando la economía, el trabajo, la educación y el derecho.
La pregunta es si, mientras las máquinas ganan capacidades, los seres humanos podemos perder las nuestras.
Sol Rashidi, pionera en liderazgo corporativo de inteligencia artificial y exejecutiva de Amazon, advierte sobre el desafío de aprovechar estas herramientas sin sacrificar el juicio humano. La clave no es automatizar por automatizar, sino reconocer dónde la IA agrega valor y dónde la experiencia, el criterio y la responsabilidad siguen siendo insustituibles.
Un estudio publicado en The Quarterly Journal of Economics en 2025 encontró que un asistente de IA elevó, en promedio, 15% la productividad de agentes de servicio al cliente. Las tareas y competencias laborales están cambiando: algunas profesiones se transformarán y otras deberán reinventarse.
En educación, la paradoja es mayor. La IA puede democratizar el conocimiento y personalizar el aprendizaje, pero también permitir que un estudiante obtenga respuestas sin desarrollar la capacidad de construirlas. En el derecho, la ingeniería o la medicina, producir un informe no necesariamente equivale a comprenderlo ni garantiza su exactitud. La responsabilidad no puede delegarse en una máquina.
El desafío también es geopolítico. Estados Unidos y China, las dos mayores economías del mundo, lideran la competencia tecnológica en IA. En educación, Singapur, Japón y Corea del Sur destacan en evaluaciones internacionales. Colombia debe comprender que no basta con adoptar tecnología: necesitamos formar personas capaces de cuestionarla y utilizarla con criterio.
Abelardo de la Espriella acaba de anunciar un programa de formación en inteligencia artificial y tecnología, en alianza con Google, con la meta de llegar a un millón de personas a través del Sena, además de becas específicas para certificaciones de Google. También ha planteado convertir la IA en política de Estado. Su alcance dependerá de la ejecución y de que la formación tecnológica fortalezca, y no sustituya, el pensamiento crítico.
¿Y qué ocurre con nuestro cerebro? Un estudio exploratorio del MIT Media Lab, difundido en 2025 y aún sin revisión por pares, midió con electroencefalografía a 54 estudiantes mientras escribían ensayos. Quienes usaron ChatGPT mostraron menor conectividad cerebral y algunos no pudieron citar frases de su propio texto minutos después.
El cerebro aprende con la práctica. Si la tecnología nos ayuda a investigar, contrastar y razonar, amplía nuestras capacidades. Si sustituye ese ejercicio, puede generar dependencia. El verdadero riesgo no es que las máquinas piensen como nosotros, sino que dejemos de pensar porque ellas lo hacen por nosotros.
La respuesta exige educación para el pensamiento crítico, empresas responsables y supervisión humana en decisiones trascendentales. El progreso no debería medirse únicamente por lo que las máquinas pueden hacer, sino también por las capacidades humanas que logramos preservar y desarrollar.
Una crisis fiscal afecta a todos, pero especialmente a los más vulnerables. Los colombianos debemos tener claro que el ajuste se va a dar; es mejor que sea concertado y ordenado
No es que la tecnología ni la IA sean malas en sí mismas: lo malo es la interferencia sin que nos demos cuenta, lo cual además nos lleva a la uniformidad y al esclavismo pasivo e inconsciente
Por eso, desde este miércoles, además de triste, muy triste, España está indignada, porque ha vuelto a producirse una desgracia, con más víctimas mortales que la anterior