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¿Qué pensaría Hirschman de la Colombia de hoy?

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Albert Hirschman (1915-2012) debió sentirse reconfortado en sus últimos años de vida al constatar la reciente expansión de la clase media en América Latina, una señal vital de desarrollo y democracia, probablemente sus dos temas de análisis de mayor valía. En efecto, las cifras más recientes indican que Brasil ha expandido la participación de su clase media del 38% al 53% del total de la población durante la última década, superando actualmente la participación media de América Latina (30%). En el caso de Colombia dicha expansión ha sido de menor calado, pasando del 24,3% al 46,9%, aunque al menos nos movemos en la dirección correcta de fortificar la democracia y dejar atrás los riesgos del Estado Fallido del período 1995-2005.

 
De Hirschman se dice que fue uno de esos excepcionales pensadores “laterales”, con la rara habilidad para conectar todas las ciencias sociales. Infortunadamente, murió recientemente sin habérsele otorgado el merecido premio Nobel de Economía. Ello probablemente tuvo que ver con la dificultad para “clasificar y focalizar” sus múltiples aportes en sociología, historia y economía. 
 
El otro gran académico con pensamiento “lateral” fue Mancur Olson (1932-1998), quien analizó cómo grupos relativamente pequeños suelen tener éxito en organizarse para lograr “capturas” de rentas estatales (directa o indirectamente), mientras la sociedad los ve pasar impávidos por encima de los intereses generales.  Todas estas ideas de Olson-Hirschman han debido ser galardonadas con el Premio Nobel de Economía, probablemente en asocio a Anne Krueger (1974).
 
Como es sabido, el gran aporte analítico de Hirschman tuvo que ver con las opciones que tenían, primero las firmas y luego los grupos sociales, en términos de “salirse” (cuando los arreglos institucionales no les favorecían y no podían o no querían cambiarlos) o quedarse y “vociferar” hasta, eventualmente, cambiar dichos arreglos. Estas interesantes ideas sobre dinámica de los grupos sociales, debatiéndose entre sí “salirse” o “vociferar”, han tenido importantes aplicaciones a nivel productivo, de los grupos sociales y del propio proceso de descentralización política y económica. La dualidad es que si “todos los buenos se van”, los pueblos quedan con lo peor y atrasados; pero si sólo se quedan unos pocos buenos, entonces ellos no lograrán la masa crítica requerida para cambiar la situación. En este último caso se habría desperdiciado talento humano, pues en otro lugar habrían podido mejorar las cosas. Estos principios duales (¿quedarse o irse?) con frecuencia deciden la posibilidad o no de “arreglar” la educación, la salud y hasta las finanzas públicas territoriales.
 
Existen muchos otros aportes de ese “pensamiento lateral a la Hirschman”, de los cuales queremos resaltar aquí uno al cual le hemos ido tomando cariño con el devenir del tiempo: “el efecto túnel”. Este principio fue ideado por Hirschman para ilustrar lo difícil que es alcanzar la tolerancia social requerida para que la clase media alcance a ver los beneficios del crecimiento sostenido, antes de desfallecer y optar por fallidas “revoluciones” (como las que hoy se promulgan en el eje-bolivariano-socialista de América Latina).
 
Hirschman (1973) explicaba que el concepto de prosperidad dependía del grado de tolerancia que tenían los pueblos (según sus diferencias culturales-institucionales) al grado de desigualdad, a medida que esperaban el “efecto cascada” de la aceleración económica (ver Informe Semanal No. 849 de septiembre de 2006). Este último bien podría llegar a través de lograr un empleo, mejorar el vigente o ascendiendo en la escala social. Esa espera del “efecto cascada” la había asimilado Hirschman a la impaciencia que experimenta un conductor “atrapado” en el pesado tráfico de un largo túnel, cuando precisamente empieza a ver que los carriles vecinos inician su avance y se pregunta: ¿será que mi turno de avance vendrá pronto y que ya veré la luz al final del túnel?, ¿o acaso debo considerar abandonar este “carril de lo institucional” para avanzar más rápido por otras vías?
 
Hirschman vivió en Colombia cerca de cuatro años y aquí “engendró” muchas de estas ideas. ¿Qué estaría pensando él en sus últimos años sobre la Colombia que conoció en 1952-1956 (cuando se hablaba de sus grandes potenciales al lado de Argentina y Filipinas) vs. la Colombia de hoy, con el peor coeficiente de distribución del ingreso y una de las tasas de desempleo y homicidio más elevados de América Latina? Alberto Hirschman, ¿te hemos decepcionado históricamente hablando?
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