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La forma en que avanza la ciencia ha sido bien documentada, por ejemplo, por K. Popper (1959, “The Logic of Scientific Discovery”) y T. Kuhn (1962, “The Structure of Scientific Revolutions”). Se trata de establecer un método científico de generación de hipótesis a partir de conjeturas sobre observaciones empíricas (eventualmente comprobables). Se intenta falsear determinadas afirmaciones y, con datos, se rechazan las hipótesis no compatibles con lo observado.
De esta manera se va estrechando el grupo de explicaciones que resultarían compatibles con los datos y se elaboran teorías sobre causas y efectos. Ese proceso repetido permite avanzar el conocimiento hasta un punto en que determinado grupo de respuestas “antiguas” deja de servir para las nuevas preguntas. En ese caso, se dice, se rompe cierto “paradigma científico” y se crea una “revolución científica”.
Se pueden advertir ciertas coincidencias con lo que también pudiéramos denominar “las revoluciones artísticas”, aunque el método es diferente. En lo artístico también se plantean nuevas preguntas y en sus respuestas se utilizan técnicas alternativas: esculturas con nuevos materiales y formas, pinturas en relieve o creaciones musicales atonales.
En este verano de 2026 se realiza en Nueva York (ver fotografía) una gran exhibición sobre lo que implicó la “revolución artística” impulsada por Marcel Duchamp (1887-1968), el famoso artista francés -también pintor, escultor y ajedrecista- conocido por crear objetos “readymade”. Duchamp cambió así el rumbo del arte moderno, al afirmar que “arte era lo que la gente quisiera que este fuera” (... incluyendo un inodoro).
Vale la pena concentrarnos en la “revolución musical” que nos dejó Fryderyk Chopin (1810-1849), siguiendo la completa biografía del canadiense A. Walker (2026, “A Life and Times of F. Chopin”, Ed. Picador). Chopin edificó sobre el legado de Bach. Sus 24 estudios (circa 1833) convirtieron los “ejercicios de técnica pianística” (con novedoso uso del dedo pulgar) en atractivas piezas de concierto, que hoy prevalecen y llevan los sonidos del “arpa Aeolian” (inventada por sus amigos) al éxtasis de la armonía.
Chopin afirmaba que la mejor preparación del pianista era realizar “calentamientos” guiados por los 48 cánones y fugas de Bach. El propio Liszt admiraba su técnica, y ambos fueron los pianistas más destacados de la era romántica, en la zaga de Bach, Mozart y Beethoven.
Y hablando de “innovación musical”, se dice que Chopin fue el gran creador de lo que pudiera denominarse “la introspección pianística”, a través de sus nocturnos y mazurcas, en los que aprovechó el folclor de su natal Polonia y su vida melancólica. Construía sobre lo dejado por el irlandés John Field, mientras le arreciaban los reparos alemanes por alejarse del romanticismo de Mendelssohn.
Su fuente de inspiración provenía de la nostalgia por Varsovia, tras haber emigrado a los 20 años y vivido el grueso de sus escasos 39 en París. La frágil salud lo mantenía pálido, taciturno, y al acecho de oleadas de cólera y tuberculosis. Sus obras las escribía para sí mismo y para un selecto grupo de amigos, que incluía al pintor Delacroix, autor del semblante más emblemático del compositor.
Aunque lo admiraban Liszt, Mendelssohn y Moscheles, la crítica musical le fue adversa en vida, pues se le reprochaba falta de vitalidad para las grandes salas del romanticismo de la era. Muchos lo vieron como pianista y compositor de la decadente realeza rusa y del imperio austrohúngaro, y terminó refugiándose entre la nobleza de Gran Bretaña (1846-1848), que poco entendía sus obras íntimas.
La obra de Walker detalla la vida de Chopin y deja claro que no tuvo inclinaciones homosexuales, condenadas en la época. Pero su carácter mostraba entereza y libertad parisina para haber ido en esa dirección, si lo hubiera deseado. En cambio, destaca el importante papel de acompañamiento creativo que significó su relación con “la mari-macho” George Sand, su pareja durante cerca de una década: amores y odios fueron la fórmula creativa; sus mejores obras (Marcha fúnebre, Barcarola y Berceuse) datan de 1837-1848, bajo esa compañía y la de los hijos de ella, de un matrimonio anterior.
Sand tenía valía artística propia, pues escribía novelas y vivía de sus ventas y puestas en escena. Su figura peculiar, vestida de hombre y fumando cigarros, le abrió las puertas artísticas a un Chopin frágil, que requería los ingresos de dictar clases de piano a la aristocracia y de negociar bien la publicación de sus partituras.
Particular entretenimiento generan las aventuras de ambos viviendo por cerca de un año en la isla de Mallorca, hasta que se hizo evidente que la tuberculosis del pianista se agravaba en épocas de lluvias. Allí fue donde pulió, en gran soledad, sus mejores creaciones, especialmente la Marcha fúnebre.
Ese leitmotiv lo había obsesionado: se inició con el réquiem de Mozart (a sabiendas de que, sin haberlo culminado, se tocó en el entierro de Wolfgang en 1791), lo siguió con la marcha fúnebre de Beethoven y lo perfeccionó con su propia obra, la cual sonaría durante su funeral, en 1849, en la iglesia de la Madeleine, en París. Mozart, Schubert y Chopin se caracterizaron por vidas cortas, pero con hondas obras de gran “innovación musical”.
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