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Analistas 02/11/2021

Crónicas Colombia: El Río de los Sueños (Magdalena)

Sergio Clavijo
Prof. de la Universidad de los Andes

Como resultado del proceso de paz (2016-2021), se viene acelerando la identificación de personas que se daban por desaparecidas. En zonas vecinas a Puerto Berrio se han identificado recientemente cerca de 100 y quedan pendientes otras 300, donde el factor común vuelve a ser “víctimas de la violencia”.

En principio, esto debería estar aliviando la carga de los “animeros” que bien describe Wade Davis en su historia-patria de Colombia. Ellos tienen la dura tarea de asegurarse que los 50.000 NN que todavía maneja Colombia tengan esperanza de acumular suficientes oraciones mientras hacen la penosa travesía del purgatorio. Y mucha gente de Puerto Berrio considera que parte de sus desgracias tenderán a aliviarse si ellos son compasivos al adoptar algunas de esas almas que aún no encuentran el reposo eterno.

Relatado por la hábil pluma de Davis, esta tragedia nacional no suena a denuncia, ni a señal de que todo está perdido; Wade simplemente nos hacen tomar conciencia del duro contraste del “guepa je” y “la amabilidad de la gente del común”, con la preservación de la vida como mantra nacional.

Las cifras son “lapidarias”: Colombia ha tenido como 200.000 muertos y otros 100.000 desaparecidos en el curso de “la era de la violencia” hasta la consolidación de la paz (1948-2016). El mundo se escandalizó con 30.000 fallecidos/desaparecidos bajo la dictadura militar Argentina, pero lo de Colombia difícilmente logra asociarse con una de las democracias más antiguas y (supuestamente) más sólidas de la región.

En los años 90, las tasas de homicidios bordearon 70 por cada 100.000 habitantes, mientras el promedio en España era solo de dos. Luego es difícil explicarlo como factor genético de quienes nos conquistaron. Tampoco logran buenas explicaciones las referidas a pugnas étnicas o religiosas; parece tener mejor prognosis lo asociado a mezcla de luchas partidistas, aderezadas con la “acumulación-originaria” de contrabando, la marimba y el narco-terrorismo de talla mundial de las últimas cuatro décadas.

Colombia registró hace una década uno de los niveles de éxodo más grandes del mundo, totalizando cinco millones de personas (un 10% de la población), algo solo visto en guerras civiles declaradas. Este mismo recuento hecho por un criollo-nacional sería catalogado de “fatalista”, pero en cabeza de Wade Davis es bien recibido como proveniente de un anglosajón-nacional.

Por eso es tan importante que se lea a diestra (Centro Democrático) y siniestra (Petro y socialistas-Bolivarianos) este bien documentado libro sobre el Río Magdalena, pues provee sapiencia científica etnobotánica e inteligente discurrir sobre nuestra patria desde la era de la conquista.

Muchos creímos que “Guardianes de la sabiduría ancestral” (2015) había sido la autobiografía de Wade Davis y, a mucho honor, le había dedicado a Colombia dos de sus cinco capítulos. En ese libro Davis aclaraba que en los siete años anteriores había producido 15 documentales y que había sido el ofrecimiento de las Conferencias Massey lo que le había permitido escribir sus remembranzas desde que aterrizara en Colombia en 1975, como estudiante de biología del reconocido profesor de Harvard Richard Schultes.

En la “Anaconda” de entonces, Davis relataba su exploración del Amazonas y Colombia salía bien librada gracias a los antropólogos colombianos, incluyendo a Dolmatoff y Hildebrand. Esa conciencia permitió que, en la Constitución de 1991, se crearan generosas reservas indígenas, cubriendo más de 250.000 km² (del tamaño de Reino Unido). Y al hablar de “geografía sagrada” hizo un paralelo entre Machu Picchu en Perú y la Sierra Nevada de Santa Marta.

Precisamente este libro de la Magdalena inicia en Bocas de Ceniza, desembocando en el Atlántico. Sus relatos sobre degradación ambiental y descarga de residuos en el puerto de Barranquilla explican la desaparición de Puerto Colombia, ante la gran sedimentación amenazando su navegabilidad. El problema está aguas arriba, donde la deforestación explica riberas desarborizadas y su turbio color negro-café. Su contrapartida es no solo la pérdida de fauna, sino también la grave merma de la pesca artesanal.

Aunque Colombia suele ufanarse de tener cerca de 70% de su matriz energética proviniendo de las represas (tipo Quimbo y Betania), su manejo ecológico no ha sido el apropiado. Solía decirse que el problema había sido el uso de técnicas de años 1980, pero resulta que ahora con técnicas 2015-2020 se repiten errores ambientales similares como los de HidroItuango. Eso de pescar aguas arriba de la Dorada ha prácticamente desaparecido.

Davis inicia su travesía en el páramo de las papas (Huila y Cauca), donde se originan también cinco de los ríos más grandes del país. Y de allí desciende hacia San Agustín, donde relata la particularidad de sus estatuas (verdaderas incógnitas antropológicas, tanto por su tamaño como por su posible ubicación de tránsito entre corredores indígenas de meso-América). Su fascinación por los páramos es evidente, al igual que la defensa de su crucial papel en los ciclos de lluvias de toda la región.

En fin, esta gran obra de Wade Davis se destaca en su fino relato, combinando el alma indígena con el drama humano actual y un profundo llamado al trabajar en pro del equilibrio ambiental, como única forma de honrar a nuestros ancestros y asegurar la viabilidad de los nietos.

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