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Analistas 20/03/2026

Gastamos en IA como nunca. Producimos igual que siempre

Santiago Jiménez Londoño
Economista, MsC en Ciencias Naturales y Matemáticas y Doctor en Filosofía

Santiago Jiménez Londoño

Foto: Santiago Jiménez Londoño

Los números son difíciles de ignorar. 89% de las empresas colombianas planea destinar entre 1% y 15% de su presupuesto a inteligencia artificial en 2026. 82% de las grandes organizaciones del país ya comprometió incrementos en su gasto en IA, el porcentaje más alto de toda la región. Y, a escala global, las cuatro grandes tecnológicas -Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft- invertirán cerca de US$650.000 millones en infraestructura de inteligencia artificial durante este año, más de 50% que en 2025. La apuesta es histórica. El entusiasmo, legítimo. El problema es otro.

Porque mientras el gasto sigue escalando, cerca de la mitad de las grandes empresas colombianas señala como su principal barrera la falta de claridad sobre cómo integrar la inteligencia artificial en sus procesos internos. Se invierte en tecnología que no se sabe usar. Se compra la solución antes de entender el problema. Es una paradoja con un costo concreto: tiempo, presupuesto y oportunidades desperdiciadas.

El error de fondo es confundir adopción con transformación. Adquirir una licencia de IA generativa no transforma una organización, del mismo modo en que comprar un piano no convierte a nadie en músico. La transformación real ocurre cuando cambian los procesos, las decisiones y, sobre todo, las capacidades de las personas que operan los sistemas. Sin ese eslabón, la herramienta más sofisticada del mercado se convierte en un gasto operativo sin retorno medible. El software no aprende por sí solo: aprenden las organizaciones que saben usarlo.

Hay evidencia que lo confirma. 94% de los CEO afirma que mantendrá o incrementará su gasto en IA incluso si estas iniciativas no generan resultados visibles durante el próximo año. Es decir: se invierte por no quedarse atrás, no porque haya claridad sobre el retorno.

Eso no es estrategia; es presión competitiva disfrazada de visión. Y las decisiones tomadas desde la urgencia rara vez producen transformaciones sostenibles.

Colombia tiene una oportunidad real en este ciclo. El país es el tercer mercado de América Latina con mayor proyección de inversión en IA, solo detrás de Brasil y México, y 69% de las empresas anticipa un impacto significativo de esta tecnología en sus industrias. Los sectores financiero, de telecomunicaciones y retail lideran esta apuesta. Ese optimismo es un activo, siempre que se traduzca en capacidad organizacional genuina y no solo en contratos con proveedores de software.

El verdadero indicador de la transformación digital no es cuántas licencias tiene una empresa: es si sus decisiones son mejores, si sus procesos son más eficientes, si su talento aprendió algo que antes no sabía hacer. Las organizaciones que más valor han extraído de la IA son, precisamente, las que invirtieron al mismo tiempo en personas y en rediseño de procesos. Mientras esa lección no esté en el centro de la conversación, seguiremos midiendo la era de la inteligencia artificial en facturas tecnológicas, no en productividad.

Y la productividad, hasta ahora, no se ha enterado.

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