Analistas

Propósito inaplazable

Iniciamos otro año y nuevamente llegan los retos, metas y buenos propósitos, que se requieren considerando la situación actual de nuestro mundo. El 2018 inició con una alerta roja dada por António Guterres, Secretario General de Naciones Unidas, porque el mundo ha retrocedido en aspectos fundamentales, los conflictos se han agudizado, el cambio climático avanza más rápido que las respuestas que se están dando, las desigualdades crecen, se siguen viviendo horribles violaciones de los derechos humanos y el nacionalismo y la xenofobia van en aumento. Esta alerta viene con un llamado a la unidad, a defender los valores compartidos, trabajar para recuperar la confianza uniendo a las personas a objetivos comunes.

Insistentemente se habla de alcanzar la unidad como la premisa para avanzar como humanidad y lograr vivir juntos. Para ello, lo más básico y al mismo tiempo lo fundamental es respetar y cumplir las bases de la convivencia pactadas en los Derechos Humanos, las leyes, las normas y los reglamentos. Sin embargo, en la actualidad es lo que cada vez menos se cumple, en algunos casos por desconocimiento y en otros, por falta de conciencia en el bien común; porque cuando no se cumple alguna norma se afecta a otro de manera directa o indirecta. Este síntoma de la sociedad de no cumplir, de no respetar las normas, desafortunadamente se ha convertido en algo cotidiano.

Las leyes y normas se establecen para regular aspectos de las relaciones sociales, hacen evidentes los deberes y derechos y mandan o prohiben comportamientos para que no se afecte la integridad humana. El que no cumple las leyes y las normas atenta directamente contra el bien común, la vida misma y se puede catalogar como alguien que se deja enviciar, corromper y como alguien corrupto, porque este calificativo no es solo del talante de los funcionarios públicos, políticos o autoridades, sino que aplica para todos los ciudadanos.

La mayor amenaza para vivir juntos y lograr la unidad en todas las escalas es la corrupción, que se contrarresta con un valor, la honestidad, que caracteriza a las personas que respetan los principios morales, personas coherentes con lo que piensan, dicen y hacen, personas que anteponen la verdad y por ende inspiran confianza. La honestidad es una forma de vivir y es la base para poder convivir en sociedad.

Frente a esta alerta roja que plantea la ONU, existe la obligación de incluir como propósito inaplazable para 2018 el promover, movilizar y aplicar la honestidad como una forma de vida en todas las escalas y niveles de la sociedad. Todo inicia en los hogares y en la formación en los colegios inculcando el valor a la verdad y al respeto de las normas, no como imposición, sino como mecanismos de convivencia y buen vivir en comunidad. Los padres y formadores son los primeros llamados a enseñar con el ejemplo: el legado más valioso es ser honesto.

En las organizaciones, es relevante ser honestos al respetar los Derechos Humanos, tomar decisiones que no atenten contra la dignidad humana, actuar sin engaños a ninguno de sus grupos de interés, mitigar y minimizar el impacto que con su operación realiza al medio ambiente, en pocas palabras, trabajar por un desarrollo sostenible.

Nuestro mundo tiene muchos retos que requieren del concurso de todos para convertir en realidad este propósito inaplazable de promover la honestidad como la solución a la ceguera moral y el deterioro moral progresivo que avanzan ante la mirada permisiva y la actitud pasiva de muchos.