Más que igualdad numérica

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Somos 3.712 millones que equivale a 49,6% de la población mundial, es decir, que la población de mujeres es casi igual a la de los hombres, e incluso en países como Colombia, en los últimos 54 años somos más mujeres, según datos del Dane de 2018, 51,4% son mujeres y 48,6% son hombres. Las cifras de cantidad poblacional a nivel mundial se ven equilibradas, pero surge la pregunta si este equilibrio incluye las condiciones, oportunidades y la valoración que se les da a las mujeres en los ámbitos sociales, económicos, científicos y políticos.

La data global presentada por Naciones Unidas frente a los retos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y específicamente el ODS 5 de igualdad de género, indica que, si bien se ha avanzado, aún las mujeres y niñas siguen sufriendo la discriminación y la violencia en todos los lugares del mundo.

Buscar la igualdad de género no es un tema caprichoso, es un Derecho Humano. “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” Articulo 1 de la Declaración Universal de los DD.HH. Al lograr la igualdad, traerá consigo grandes beneficios en justicia, libertad, y es la condición necesaria para tener un mundo más pacífico, próspero y sostenible.

En el campo laboral según la Organización Internacional del Trabajo, la tasa de participación laboral femenina seguirá en aumento mientras que la masculina en un muy ligero descenso. Sin embargo, esta mayor inserción de las mujeres a los mercados de trabajo continúa siendo en los segmentos menos favorecidos (y menos productivos) de los mercados de trabajo. He aquí un reto que demanda acción inmediata. Adicionalmente, el observatorio de igualdad de Género de América Latina y el Caribe indica que las mujeres son las que destinan más tiempo al trabajo no remunerado y que en promedio tan solo 25,7% es la participación de mujeres en gabinetes ministeriales. Con estas realidades, las desigualdades de género constituyen una de las inequidades menos justificables de la sociedad actual.

Esta realidad de desigualdad en un mundo cuya población se iguala entre mujeres y hombres, debe transformarse, y un punto de partida es el lenguaje, cambiemos los adjetivos con los cuales calificamos a la mujer. Lo decía Gandhi: “Llamar a las mujeres el sexo débil es una calumnia; es la injusticia del hombre hacia la mujer”.

Las palabras convertidas en narrativas permiten recuperar la dignidad y valoración del ser humano, en este caso, el valor de ser mujeres. Valor que se debe demandar y recuperar en un contexto de consumo donde la mujer se cosifica en canciones, publicidad, películas, entre otras. Naturalizar este consumo atenta contra la igualdad y da paso a la violencia.

La desigualdad es una forma de violencia cultural y a esto se suma la violencia física, donde una de cada cinco mujeres y niñas, han sufrido violencia física y/o sexual, durante los últimos 12 meses (ONU).

Cambiar la desigualdad de género, no es un tema exclusivo de los gobiernos, es también responsabilidad a escala individual, familiar y en las organizaciones. El reto es no invisibilizar esta realidad ni asumirla como normal, es avanzar con acciones concretas para que la igualdad numérica poblacional de mujeres y hombres implique también igualdad en valoración y dignificación.

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