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Analistas 01/11/2022

¿Involución?

Sandra Fonseca
Directora Ejecutiva de Asoenergía

La Transición Energética hoy en el mundo, migró de un énfasis en oferta de renovables, a una visión más integral que prioriza la seguridad energética, y dentro de este marco, la autosuficiencia y la soberanía energética. Mientras unos se preguntan si la transición energética mundial está en un proceso de involución, otros la usan como consuelo para decir que estamos muy bien en comparación con el exterior.

Este cambio fue impulsado por dos factores. El primero derivado del retraso de la implementación de numerosos planes energéticos en el mundo, como es el caso de Alemania, en general de Europa, de India y de China, que llevó a restricciones de red, insuficiencia de energía en situaciones críticas y reactivación de tecnologías tradicionales. El segundo factor está asociado al cambio del balance de recursos energéticos en el mundo por la situación geopolítica, restricciones en la cadena de logística y suministros después de la pandemia del covid, y agravado por la guerra de Ucrania, que impacta el abastecimiento de petróleo, gas y electricidad, enfrentando los mercados con mayores precios de carbón, petróleo, gas y electricidad, en un contexto de crecimiento de la demanda.

La respuesta ha sido priorizar el abastecimiento de nuevas fuentes, volcarse a nuevos proveedores, reactivar parques de generación propia utilizando nuevamente fuentes fósiles y energía como la nuclear, revertir procesos de desmantelamiento de plantas a carbón y reactores nucleares donde se utilizaban anteriormente. En términos económicos, la amenaza de cortes y desabastecimiento, y el impacto de tarifas y precios de la energía en todas sus fuentes, han derivado en planes de ahorros, re-industrialización, aplicación de topes tarifarios, financiamiento para apoyo financiero a usuarios, y finalmente a la revisión de las estrategias de transición energética.

Este año se actualizaron planes energéticos que cambiaron de orientación, velocidad y lineamientos para determinar cómo y cuándo llegar a la carbono-neutralidad buscada, y a como acelerar la utilización de renovables, almacenamiento, hidrógeno sobre excedentes y a la captura de carbono -CCS-, mientras se reactivan fuentes de abastecimiento y respaldo, y ampliaciones de red necesarias en cualquier escenario tecnológico. Es ampliamente reconocido que tener un sistema basado solo en renovables no es factible en el escenario esperado, y se deben seguir desarrollando las tecnologías antes para poder alcanzar un escenario de este tipo.

El común denominador de las nuevas estrategias1 es, impulsar una matriz energética basada en un portafolio de recursos y tecnologías, un mayor crecimiento de energías renovables, un aseguramiento de disponibilidad de energía de base confiable y firme aún de fuentes tradicionales, una mayor participación de la demanda tanto en ahorros como en gestión activa de su utilización, y una expansión masiva de redes para poder incorporar tanto las fuentes del portafolio como acoplar las energías intermitentes, solar y eólica. En este marco existen países que están tomando acciones sobre precios máximos, impuestos a empresas productoras, fondos de ayuda a usuarios, cambios tarifarios, y ajustes de modelos de mercado, entre otros.

Para Colombia se concluye que la oferta de energía se debe ampliar en todas las tecnologías disponibles y así asegurar atender no solo el cumplimiento y ampliación de la oferta de fuentes de energía renovable, sino su mezcla eficiente con generación hidroeléctrica con almacenamiento de agua con reserva multianual, plantas eficientes a gas, y en algunos escenarios, además evaluar la optimización de las plantas de carbón. Es fundamental fortalecer estos recursos de respaldo y ampliar la red de transmisión de manera amplia y suficiente para incorporar tanto el portafolio de oferta, como la dinamización de la demanda, donde se espera un crecimiento de autogeneración a pequeña escala y una mayor electrificación de la economía.

Más que una involución en la transición energética es un cambio de prioridades donde la seguridad prima sobre la descarbonización, aceptando que aún se requiere abastecer la demanda existente y futura, y que no se puede depender de una sola fuente o un solo suministrador, y se deben evaluar los impactos económicos de una transición sin control.

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