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La Diplomacia del Agravio

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La abdicación de la responsabilidad por mantener el orden internacional constituye un problema

Transcurrido el primer año de la administración Trump, el mundo exterior está teniendo que convivir con un hecho insólito. Además de tratar de lograr un modus vivendi con una superpotencia impredecible, los gobiernos extranjeros observan la puesta en marcha de un proyecto revisionista encaminado a debilitar el andamiaje internacional construido al finalizar la Segunda Guerra Mundial, por iniciativa de Estados Unidos.

La búsqueda de una soberanía sin restricciones, anunciada desde el primer día, y reiterada ante diversos foros, se manifiesta en hostilidad hacia las organizaciones multilaterales, la animadversión a los tratados de libre comercio y la negativa a participar en el Acuerdo de París sobre cambio climático. Proclamar de manera agresiva la absoluta primacía del interés nacional, privilegiando el regateo transaccional en las relaciones bilaterales, conlleva el abandono de la responsabilidad internacional asumida por Estados Unidos desde los años cuarenta del siglo XX. Así como el Reino Unido, actuando como primus inter pares, mantuvo el equilibrio internacional desde el final de las guerras napoleónicas en 1815 hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914, Estados Unidos desempeñó un papel similar durante los últimos 75 años.

La abdicación de la responsabilidad por mantener determinado orden internacional constituye un problema de cierta magnitud para el resto del mundo. A su manera, las potencias asiáticas y europeas están teniendo que adaptar los esquemas comerciales, de seguridad y política exterior a esta realidad. Ese factor de incertidumbre ha estado acompañado por el desconcierto que producen la improvisación, las decisiones erráticas y un estilo diplomático desinstitucionalizado y peculiar. Donald Trump acostumbra comunicar sus pensamientos, y reaccionar a las noticias, por intermedio de Twitter, el medio que utiliza para insultar a sus adversarios y expresar sus odios.

Al tiempo que se ha marginado al Departamento de Estado y se han desmantelado los cuadros técnicos del servicio exterior, Trump ha declarado que en el manejo de la política internacional, ‘el único que cuenta soy yo’. En ausencia del efecto moderador que desempeña un servicio diplomático profesional, Trump prefiere conducir la política exterior en forma personal, a través de conversaciones telefónicas con otros jefes de gobierno, o por medio de declaraciones intempestivas y desplantes, haciendo caso omiso de las formalidades o las buenas maneras. Con ese procedimiento, ha logrado ofender a los primeros ministros de Australia, el Reino Unido, a la canciller de Alemania y al presidente de Pakistán, entre otros. Sus comentarios etnocéntricos y despectivos han antagonizado a los gobiernos de los países africanos, de Haití y El Salvador.

Si bien América Latina ocupa un lugar marginal en la visión internacional de la administración, la actitud de Trump hacia la región es de indiferencia cuando no antagónica. La iniciativa de construir un muro fronterizo y la persecución a los inmigrantes indocumentados afecta principalmente a México y a los países centroamericanos. Los demás países latinoamericanos se verán afectados por una política comercial proteccionista y por la mayor dificultad para obtener visas de entrada a Estados Unidos.

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