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Carta a mis amistades venezolanas

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Comienzo por afirmar mi afecto por Venezuela y por su gente, mi aversión por el régimen autoritario al cual se encuentra sometida y mi solidaridad con la oposición democrática de la nación hermana. Mi simpatía por quienes defienden los valores democráticos en Venezuela es inquebrantable. Parecería superfluo reiterar lo obvio. Sin embargo, un evento inusitado me sugiere la conveniencia de hacerlo.  A la vez, me impone la necesidad de utilizar la primera persona del singular, por lo cual pido disculpas.  

La semana pasada, por razones que desconozco, recibí la llamada telefónica de un académico venezolano amigo, quien actuaba en calidad de dirigente político. Con estupor, escuché un discurso truculento y ofensivo por medio del cual me transmitía, en tono virulento, su ira contra el gobierno colombiano, al cual calificaba de inmoral y enemigo. El motivo de este exabrupto era un incidente migratorio, respecto al cual no tengo elementos de juicio, ni responsabilidad alguna.  Me notificó el propósito de manifestar su indignación en público. Dejo al criterio de otros juzgar si esta es la forma más constructiva de ayudar a la causa que se promueve. Debería ser posible expresar inconformidad con una medida gubernamental sin derribar puentes y estropear las relaciones personales, a troche y moche.  

Trato de atribuirle este desconcertante episodio a causas diferentes a la desmesura y la falta de autocontrol de su protagonista. Al parecer, un sector exaltado de la oposición venezolana considera que la relación con Venezuela debe recibir atención prioritaria por parte de las autoridades colombianas y que la conducción de la política internacional de Colombia debe reflejar esa prioridad. La evidencia de que esas premisas son erradas conduce a interpretar cualquier desencuentro como una manifestación de perfidia neogranadina.

La penosa realidad es que el desmantelamiento institucional y la destrucción del aparato productivo que ha tenido lugar en Venezuela han producido una catástrofe económica y social. Ese deterioro afecta la relación bilateral. Las tendencias del crecimiento de los dos países se mueven en direcciones opuestas. Como socio comercial, o como destino de inversiones colombianas, Venezuela tiene en la actualidad una importancia secundaria.  La  política internacional de Colombia les asigna prioridad a los países industrializados de Norteamérica, Europa y Asia, así como a los países que conforman la Alianza del Pacífico. Lo lamento, pero eso describe lo que Charles De Gaulle denominaba ‘les choses, telles qu’elles sont’.

Por fuerza de los hechos, mientras subsista en Venezuela el proyecto de radicalizar la revolución bolivariana, las relaciones bilaterales seguirán siendo asimétricas y complejas. La orientación de la política internacional colombiana no siempre va a coincidir con las preferencias de la oposición venezolana. Espero que en un futuro no lejano, Venezuela disfrute de plenas libertades democráticas. Mientras llega ese día feliz, les recomendaría a algunos voceros de dicha oposición abstenerse de ver enemigos donde no existen.  En aras de las relaciones bilaterales de largo plazo, sería deseable que las eventuales discrepancias se manejaran sin estridencia y con sentido de las proporciones.

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