miércoles, 29 de julio de 2020

Más columnas de este autor Roberto Rave Ríos - rraverios@gmail.com

Nos hemos acostumbrado al juicio rampante; al juicio que nada escucha; al juicio que nada ve; al juicio que poco argumenta; al juicio porque sí; al juicio sin principios; al juicio mediocre; al juicio de moda. Nos preguntamos pocas cosas y asumimos muchas otras sustentados en un video que vi en Facebook o un portal de internet que hizo X o Y afirmación sobre un tema puntual. Y entonces iniciamos nuestra faceta de replicar y repetir afirmaciones de las cuales no tenemos certeza. Esta columna es un llamado a preguntarnos más cosas, a cuestionar más nuestra manera de juzgar y a fortalecer nuestro criterio.

Entre los temas espinosos llenos de contradictores con lugares comunes, pero sin estudio y justificación previa, está la minería. La minería es mala PER SE dicen muchos, es mala porque daña el medio ambiente, es mala porque las regalías no llegan a donde deben llegar, es mala porque nos vamos a quedar sin agua, es mala porque la explotan las multinacionales, es mala en ocasiones porque me parece y ya. “Me da la gana de decir que es mala y estoy en mi derecho y no importan los argumentos.

Es cierto que en Colombia existen casos de esa minería devoradora y salvaje que tanto generalizamos. Pero es cierto también que en nuestro país se dan casos de minería exitosa que se hace con estándares internacionales y que, además, derrama desarrollo y bienestar sobre la población. En la última década las regiones colombianas han recibido más de $15 billones en regalías según la Unidad de Planeación Minero Energética de Colombia. Además, se han elevado los requerimientos para hacer minería en nuestro país, inculcando a esta práctica más de 10 convenios firmados en los últimos años. Entre ellos el convenio RAMSAR para la conservación y uso de los humedales, el convenio para el cambio climático de la ONU, el acuerdo de Estocolmo, el acuerdo BASEL, el acuerdo CITIES, entre otros. Indudablemente la minería no es el monstruo que todos quieren que veamos, hacen falta algunos ejemplos de política comparada para confirmarlo, entre ellos: Finlandia, Suecia, Noruega y Canadá. Y suponer que esos ejemplos son inalcanzables para Colombia es como suponer que nuestra historia es estática.

La coyuntura actual exige soluciones económicas rápidas y eficaces, a este paso de destrucción empresarial, el Gobierno no tendrá más remedio que continuar su asenso prolongado de la deuda y sin duda alguna la minería consciente puede ser un alivio para millones de colombianos a los qué hay que decirles que si las regalías no derraman bienestar sobre sus vidas es por la corrupción de nuestros gobernantes y no por la minería misma.

Odiamos la contaminación de la minería pero tiramos la basura a la calle, nos transportamos en nuestro carro a todas partes, cambiamos de celular cada que podemos. La vida de muchos de nosotros está llena de contradicciones y no existe un calificativo para ellas, sin embargo y para culminar, reitero la trascendencia que tienen en una sociedad la formación del criterio.

Preguntémonos, ¿qué sería del mundo sin la minería? Casi todo lo que usamos a diario tiene componentes de la minería, desde la ropa que usamos hasta los carros eléctricos, los teléfonos inteligentes, los computadores, las mismas antenas de los medios de comunicación desde donde se lanzan críticas hacia la minería, y un sinnúmero de herramientas que usamos a diario. Queremos un mundo sin minería pero con las comodidades que brinda la minería.

Como dice el gran Augusto Curry: Lo ideal sería que la educación llevara a cabo la más pacifista y sólida revolución social formando pensadores, y no repetidores de ideas” y más adelante afirma: “la rutina encierra múltiples trampas, y quizá la peor sea encarcelarnos en la monotonía, no pensar en otras posibilidades, vivir porque estamos vivos...”.