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Es claro que todo es susceptible de ser medido, calculado, explicado, comparado y convertido en una estadística, pues no hay respuesta o solución creíble si no se puede medir. Existen algoritmos que anticipan comportamientos, inteligencia artificial, robots con destrezas increíbles y hasta equipos capaces de observar lo que ocurre dentro de una célula.
La ciencia ha avanzado enormemente y, sin embargo, hay momentos en la vida en los que todo ese conocimiento parece insuficiente.
Cuando llega la angustia, cuando una situación pone en riesgo la vida, cuando se vulnera a alguien que se ama o cuando las circunstancias parecen no dejar ninguna salida, ocurre algo profundamente humano: se levantan los ojos y, con toda la fuerza, se pide desde el alma ayuda. Algunos lo hacen a Dios; otros, a una energía superior, al universo o a la vida.
Pareciera exótico o, por lo menos, curioso que esto suceda precisamente en una época en la que las ciencias «duras» se han convertido casi en un dogma de fe.
Ciertamente, la ciencia tiene una virtud extraordinaria: obliga a preguntar, a comprobar y a dudar. Gracias a esas disciplinas se han descubierto soluciones a muchas situaciones que antes no se comprendían.
Sin embargo, la ciencia, por poderosa que sea, tiene un territorio específico y un método con fronteras. Puede describir cómo funciona el corazón, pero no puede medir el amor que sentimos cuando late por alguien. Puede estudiar el cerebro, pero todavía resulta mucho más difícil explicar cómo una persona encuentra sentido a su existencia. Puede identificar los componentes químicos de una lágrima, pero no aquello que la hace brotar. Hay preguntas que no son necesariamente científicas y quizá allí comienza la dimensión espiritual.
No se trata de escoger entre razón y fe. Una persona puede estudiar durante toda su vida las leyes de la naturaleza y, al mismo tiempo, reconocer que la existencia contiene misterios que no caben en una ecuación.
De hecho, la creencia religiosa sigue siendo mucho más extendida entre personas educadas de lo que algunos imaginan. El 95 % de los premios Nobel han sido creyentes y 91% de los médicos reconocen haber visto un milagro. Una investigación del Pew Research Center encontró que, en 2014, casi nueve de cada diez adultos estadounidenses creían en Dios o en un espíritu universal, y la creencia en los milagros continúa.
Pero creer no significa necesariamente renunciar a la razón. El médico que, después de hacer todo lo que permite la medicina, también acude a la fe cuando su ciencia no es suficiente, no está negando su conocimiento; está reconociendo que necesita ayuda de una fuerza superior.
Existen, incluso, estudios publicados por Mdpi que muestran que una mayoría importante de médicos y estudiantes de medicina cree en los milagros o en fenómenos que considera sobrenaturales.
Y aquí aparece una paradoja: mientras más avanza el conocimiento, más evidente puede hacerse aquello que todavía no se conoce.
Quizá un milagro no siempre sea que las leyes de la naturaleza sean suspendidas. Tal vez, algunas veces, el milagro consiste precisamente en que, cuando todo parece perdido, aparece una fuerza interior; una persona que llega en el momento justo, cuando más se necesita; una oportunidad inesperada; una reconciliación que parecía imposible.
Cada uno guarda en su historia algún episodio que resulta difícil de explicar completamente.
La ciencia podrá encontrarle una explicación a una parte. La estadística podrá decirnos qué tan improbable fue. La razón podrá reconstruir los acontecimientos, pero quizá quede algo en el territorio donde termina la explicación y comienza el asombro. Y es allí donde viven la fe, la esperanza y esa dimensión misteriosa que algunos llaman alma.
En un mundo empeñado en explicarlo todo, quizá se necesita recordar que no todo lo valioso tiene que ser explicado para ser verdadero.
Tal vez esa sea la puerta que ninguna ciencia debería intentar cerrar.
Los mercados cada vez se notan más confundidos, sin lealtad ni razones para que ella se dé