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Analistas 18/01/2026

La amalgama simbiótica

Ramiro Santa
Presidente Sklc Group

En un tiempo dominado por discursos panditos, donde la historia se presenta como un tribunal permanente y el pasado es convocado solo para dictar sentencias morales cargadas de odio y culpa (útiles para reclutar adeptos políticos) resulta necesario detenerse y analizar el ADN hispanoamericano.

La relación entre España y América no puede reducirse ni a un expediente de culpabilidades ni a un relato edulcorado de gestas heroicas. Los procesos de conquista y colonia fueron, ante todo, una experiencia histórica de enorme complejidad: estuvieron marcados por situaciones que hoy resultan impresentables, pero también por construcciones colectivas, aprendizajes mutuos, admiración recíproca y creaciones compartidas que cambiaron el curso del mundo. De ese encuentro surgió una amalgama simbiótica que no solo transformó a ambos continentes, sino que dio origen a una de las cosmovisiones culturales más extensas y fecundas de la humanidad.

Ni Europa ni América volvieron a ser las mismas después de 1492. Aquel encuentro integró por primera vez el mundo conocido y abrió una etapa de mestizaje cultural sin precedentes. La cultura hispánica aportó al Nuevo Mundo elementos decisivos: el idioma castellano, que permitió la comunicación entre pueblos diversos; la imprenta, que facilitó la circulación de ideas y el acceso al conocimiento de otras culturas y avances científicos; la escritura alfabética; y una tradición jurídica y administrativa.

La temprana fundación de universidades en Santo Domingo, Lima y México introdujo el pensamiento clásico y la educación superior en el Nuevo Mundo, sentando las bases de una vida intelectual que florecería con identidad propia.

El catolicismo, con sus luces y sombras, incorporó una nueva visión del mundo y de la persona humana. Sustituyó prácticas ancestrales como los sacrificios humanos y promovió una concepción distinta de la vida social, la moral y el papel de la mujer. Esta herencia religiosa se entrelazó con las tradiciones locales, dando lugar a expresiones culturales originales, visibles en la religiosidad popular, el arte sacro y las festividades que aún hoy definen la identidad de amplias regiones de América Latina.

En el terreno de la alimentación, el aporte americano a la cultura universal es incuestionable. Basta imaginar la cocina europea sin tomate (a la italiana); Suiza sin cacao, o Rusia y los Países Bajos sin papa ni vodka; para comprender la magnitud de este legado. Maíz, fríjol, ají, pimiento, batata, cacao, aguacate, piña, cacahuete, calabaza, papaya, guayaba, girasol y el pavo transformaron para siempre los hábitos alimentarios del mundo.

A su vez, los españoles introdujeron café, plátano, mango, trigo, cebada, cítricos, caña de azúcar, arroz, aves de corral y la ganadería, enriqueciendo la gastronomía, la cultura y la economía americana. Europa y América ganaron al fusionar cultivos y técnicas, dando origen a tradiciones gastronómicas mestizas que hoy forman parte de la soberanía alimentaria global. La mesa se convirtió, quizá sin proponérselo, en uno de los espacios más elocuentes de esta simbiosis, como lo demuestran por estos días chefs Estrella Michelin en España, como son E. Rodríguez (Quimbaya, Madrid) y S. Vargas, o Laura Londoño, ganadora de MasterChef España 2023.

El idioma castellano es el símbolo más visible de esta fusión creadora. Hispanoamérica lo enriqueció con nuevas palabras, ritmos y sensibilidades. De este cruce surgieron voces literarias que ampliaron los límites del idioma y lo proyectaron al mundo: el Inca Garcilaso de la Vega, Sor Juana Inés de la Cruz, Rubén Darío, Gabriela Mistral, Borges, Rulfo, Paz, Vargas Llosa, Mendoza, y los nuestros Isaacs, Mutis, Rivera y, por supuesto, García Márquez, entre muchos otros. El castellano dejó de ser patrimonio exclusivo de una península para convertirse en una lengua universal para la creación, que también se recita, se canta y se baila.

Insistir en compendiar cinco siglos de historia compartida en una narrativa de odio es empobrecerla y, peor aún, negar la posibilidad de seguir creciendo en ella. La cultura que nació del encuentro entre España y América no es pura ni simple; es compleja, contradictoria y, precisamente por eso extraordinaria y maravillosa.

España e Hispanoamérica, al darse y recibirse mutuamente, construyeron algo más grande que la suma de sus partes: una civilización que sigue aportando ideas, belleza, ciencia y sentido a la humanidad. Reconocerlo no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de lucidez histórica, e indiscutiblemente, una forma de reconocimiento mutuo.

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