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Analistas 07/06/2026

El fin de las viejas certezas

Ramiro Santa
Presidente Sklc Group

Actualmente en el mundo la información circula de manera instantánea, muchas veces sin contexto, sin validación y con una fuerte carga de parcialidad. Los ciudadanos terminan consumiendo aquello que confirma sus creencias, mientras los puentes entre posiciones distintas desaparecen. Se debaten las culpas, pero pocas veces las causas y las consecuencias.

Sin embargo, detrás del ruido cotidiano parece estar ocurriendo algo más profundo. La humanidad atraviesa una transformación comparable a las grandes transiciones que vivieron nuestros bisabuelos en época de guerras y posguerras mundiales. Como entonces, la incertidumbre, el miedo y la frustración dominan el ambiente, mientras las viejas garantías y acuerdos comienzan a resquebrajarse.

El orden internacional construido y las instituciones garantes muestran signos evidentes de desgaste. El multilateralismo pierde influencia frente al resurgimiento de los intereses nacionales o regionales. La globalización, que durante décadas pareció inevitable, enfrenta crecientes condicionamientos mientras las principales potencias vuelven a priorizar la seguridad, el control estratégico y la defensa de sus propios intereses.

La paradoja es evidente, China se presenta como defensora de la globalización económica mientras extiende su influencia mediante infraestructura, tecnología y financiamiento alrededor del mundo. Estados Unidos, en contraste, adopta posiciones más nacionalistas y de seguridad, retomando una visión donde la fortaleza interna y la protección de sus intereses estratégicos ocupan el centro de la agenda. Europa, atrapada entre ambos modelos, parece cada vez más debilitada por su exceso de regulación, sus crisis internas y su dificultad para ejercer liderazgo más allá de su Unión Europea.

En América Latina estas transformaciones se observan desde una perspectiva distinta. Allí donde proyectos políticos prometieron la igualdad y la redención de las clases populares terminaron construyendo sofisticadas cleptocracias y mafias internacionales, debilitando instituciones, cercenando democracias y alimentando economías ilegales. El resultado está a la vista: amplios sectores sociales, políticos y academicos han comenzado a valorar nuevamente conceptos como seguridad, autoridad, inversión privada, crecimiento económico y democracia.

Por eso no resulta extraño que el péndulo democrático se esté moviendo hacia liderazgos que prometen restablecer el orden y la justicia para castigar la corrupción, fortalecer las instituciones y garantizar condiciones para la prosperidad. Para millones de ciudadanos, la discusión ya no es ideológica; es una cuestión de supervivencia económica, certidumbre, tranquilidad y seguridad cotidiana.

Mientras tanto, Estados Unidos vuelve a mirar con ojos golositos a una región rica en recursos estratégicos, energía, biodiversidad, talento humano y no menos importante la afinidades culturales, morales y religiosas. Algunos ven en ello una actualización de la vieja doctrina Monroe; otros, una respuesta natural a la creciente presencia china y rusa en el hemisferio. Lo cierto es que América Latina vuelve a ocupar un lugar relevante en la competencia global por influencia y recursos.

La gran lección de este momento histórico es que la economía por sí sola no explica el comportamiento de las sociedades. Cuando las personas sienten amenazada su identidad, su cultura o sus valores, reaccionan con una fuerza superior a cualquier incentivo material. Por eso, el conflicto central de nuestro tiempo no parece ser entre izquierda y derecha, sino entre distintas visiones de nación, soberanía, religión, cultura y civilización.

Las fronteras que están redefiniendo el mundo ya no son únicamente geográficas. Y quienes no comprendan la profundidad de este cambio corren el riesgo de interpretar los acontecimientos desde su micro mundo.

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