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Analistas 11/10/2026

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Ramiro Santa
Presidente Sklc Group
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El recuerdo de ver a los niños jugando, inventando formas de divertirse y riéndose durante los recreos del colegio, en los parques, en las calles y en las fiestas, parece hoy una historia del pasado. Ahora tienen teléfonos inteligentes y tecnología con una enorme capacidad para abstraerlos de la realidad, mientras los adultos están perdiendo capacidad crítica, independencia y criterio por cuenta de las plataformas, redes e IAs.

Esto ya hace parte del paisaje cotidiano, pero los estudios no dejan de prender las alarmas sobre los problemas de salud mental asociados al uso excesivo y la adicción a las pantallas, y sobre cómo la transición de una infancia basada en el juego hacia un entorno dominado por la tecnología está coincidiendo con un preocupante aumento de la ansiedad, la depresión y otros trastornos entre niños y adolescentes.

El impacto de las redes sociales sobre la ansiedad generada por presión social, las frustraciones por las comparaciones y los sentimientos de soledad por el aislamiento. Como si lo anterior fuera poco investigadores como el Dr. Jonathan Haidt PhD (Yale University) pone también en la palestra el aumento de las tasas de disforia de género y su relación con las tendencias en las redes sociales.

Los celulares en manos de niños son bloqueos de experiencias de relaciones personales que los alejan gravemente de la realidad. Adicionalmente los juegos en línea están diseñados para generar adicción y progresivamente los expone a amenazas a través de lazos con individuos y situaciones desconocidas que son probadamente peligrosas.

Pensar que hoy los niños están más seguros dentro de la casa ya no necesariamente es verdad. Allí pueden quedar a merced de un mundo sin control que, silenciosamente, los conduce hacia dependencias y hábitos que pueden convertirse en la puerta de entrada a problemas de salud mental.

Según un estudio de Unicef (2025) los niños reciben de sus padres el primer celular a los 9,6 años en promedio y hoy la sociedad está pagando los costos de tan equivocada decisión, que ciertamente se hizo con las buenas intenciones: tenerlos controlados, seguros y comunicados

Conscientes o víctimas de esta situación, han surgido movimientos sociales que promueven pactos y compromisos para que los niños no tengan teléfonos inteligentes antes de los 16 años y para que el uso de videojuegos y otras plataformas tenga horarios estrictos y acompañamiento de los padres o adultos responsables. La dimensión del problema es tal que, solo en Argentina, existen iniciativas de este tipo en más de 1.300 establecimientos educativos.

Una vez más queda en evidencia que la determinación social es más poderosa que lo ordenado por decretos pues se adhirieron al acuerdo más de 107.000 familias se han adherido a estos acuerdos y se han comprometido, entre otras medidas, a no entregar teléfonos inteligentes a sus hijos.

Toca seguir insistiendo en la responsabilidad de asumir la crianza del tesoro más grande de la humanidad: nuestros niños. Y también en la construcción de redes donde se promuevan el juego libre, el valor de la vecindad, los parques y espacios públicos, el deporte y la pertenencia a grupos de amigos reales. Todo ello lleva de la mano algo fundamental: aprender a cuidar y a asumir responsabilidades.

Qué bueno sería iniciar estas conversaciones desde nuestros círculos más cercanos. Hacer acuerdos dentro de la familia y entre los padres de los compañeros del colegio sobre horarios, plataformas y tipos de conexión, para que los niños tampoco queden excluidos de la tecnología, pero aprendan a utilizarla con límites y responsabilidad.

También un buen acompañamiento y acuerdos entre padres con los hijos jóvenes y universitarios con reglas claras convirtiendo entre todos unos buenos hábitos digitales pues seguramente a los padres también nos harán llamados de atención y nos impondrán condiciones en bien del bienestar emocional, la convivencia y la priorización sobre lo realmente importante.

Porque el desafío no es sacar la tecnología de la vida de nuestros hijos. Es evitar que la tecnología nos termine sacando a nuestros hijos de la vida.

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