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Analistas 26/04/2026

A las en punto

Ramiro Santa
Presidente Sklc Group
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Trabajando en empresas alrededor del mundo, la conversación sobre la puntualidad suele ser escasa… hasta que se llega a países donde las personas no cumplen citas ni horarios: ni para llegar, y mucho menos para irse. El significado de lo anterior es más profundo que un simple incumplimiento; se trata, en realidad, de una forma de irrespeto hacia quienes deben esperar. Y, lastimosamente, entre más cercanas son las personas, más expuestas quedan a los abusos de los incumplidos.

Pensaría que ese comportamiento esta asociado a la ausencia de las estaciones del año pues tradicionalmente da igual sembrar un día que la próxima semana o el siguiente mes. Algo similar ocurre con los pescadores donde también la temporalidad y la cosmovisión de la vida misma pertenecen más al mundo de los dioses que al terrenal.

En varias ocasiones trate de justificarles a colegas norteamericanos y europeos, particularmente anglosajones y nórdicos, que, en muchos de estos países, los horarios de los eventos sociales nocturnos tienen una interpretación muy particular. Los anfitriones son tan “proactivos” que la hora de la invitación se refiere, en realidad, al momento en que el invitado debería empezar el proceso de arreglarse para la fiesta o la cena. Si por alguna razón alguien llegara exactamente a la hora indicada, es probable que encuentre a los anfitriones apenas comenzando a vestirse para el evento. Para los demás compromisos, el momento de llegada suele ser una hora después de lo señalado por quien invita… tal como ocurre en muchas citas médicas o laborales, donde la hora termina siendo apenas una aspiración.

En muchas otras culturas, respetar y hacer respetar el tiempo ajeno es reconocer la dignidad del otro. El análisis es sencillo: donde el cumplimiento es parte de la cultura, las sociedades son más organizadas, más productivas y, también tienen menos corrupción. En conclusión, la puntualidad no es un asunto menor; está directamente asociada a la confiabilidad.

Todos recibimos las mismas veinticuatro horas al día, pero la diferencia radica en cómo se administra ese patrimonio vital, invisible y finito. La puntualidad es, en ese sentido, una disciplina moral y también la coherencia entre lo prometido y lo ejecutado.

Grandes líderes han insistido en su importancia. Benjamín Franklin (Libro de George Fisher 1.748) advertía con claridad: “El tiempo es dinero”. No es una metáfora contable; es una afirmación vinculada a la ética del trabajo en sociedades donde el tiempo se respeta casi y donde la productividad florece porque las promesas tienen valor.

En la perspectiva de Luis XIV “La puntualidad es la cortesía de los reyes”. La frase sugiere algo elegante y profundo, pues quien llega a tiempo reconoce que los demás merecen consideración. No es un gesto de poder pero sí de educación.

La historia también ofrece ejemplos donde la impuntualidad tuvo consecuencias. En la Batalla de Waterloo, varios retrasos en las decisiones de Napoleón y otros generales en el frente alteraron el curso de los acontecimientos. Los historiadores discuten matices y responsabilidades, pero la lección permanece: en momentos críticos, unos pocos minutos pueden cambiar el destino de naciones.

En el mundo empresarial ocurre algo parecido, aunque con pérdidas menos estruendosas. Un contrato que no se firma a tiempo, una reunión en la que se pierde una oportunidad porque empieza tarde, un proyecto que se retrasa semanas… y cada incumplimiento erosiona la confianza. Y la confianza, más que el capital, es la base sobre la cual se construyen las economías libres.

Los países que prosperan y se desarrollan suelen compartir profundas raíces culturales: los trenes salen a la hora indicada, las reuniones comienzan cuando están programadas y las promesas tienen fecha y hora en el calendario. En culturas tropicalizadas y atrapadas en ideologías fallidas, esto podría parecer un detalle menor, pero no lo es.

Por último, pero no menos importante, conviene recordar que las culturas familiares también se miden por sus hábitos cotidianos. Y la puntualidad es uno de ellos, porque revela disciplina, respeto y el valor de la palabra.

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