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Hay un momento en la vida de las organizaciones que pocas veces recibe la atención que merece: la transición entre un líder que se va y otro que llega. Paradójicamente, ese instante puede convertirse en el mayor riesgo para una empresa o en una de sus mayores fortalezas. No es una exageración afirmar que, en pocos días, se puede destruir la confianza construida durante años o, por el contrario, asegurar que un equipo continúe creciendo sin traumatismos.
He tenido la oportunidad de observar decenas de procesos de transición y siempre llego a la misma conclusión: el verdadero carácter de un líder se conoce cuando deja el cargo. Mientras ocupa una posición de poder, es relativamente fácil hablar de trabajo en equipo, colaboración y propósito. Sin embargo, cuando llega el momento de entregar la responsabilidad a otra persona, aparecen las verdaderas convicciones.
Lamentablemente, todavía existen líderes que viven la salida como una competencia. Esconden información crítica, dejan procesos incompletos, retrasan decisiones importantes, gastan presupuestos que podrían servir para el siguiente periodo, hablan mal de quien los reemplazará e incluso generan incertidumbre entre los colaboradores con frases como: “ya verán lo que les espera” o “esa persona no conoce la empresa”. Algunos llegan al extremo de sabotear proyectos, bloquear pagos pendientes o evitar cualquier conversación que facilite el empalme.
Claramente, el resultado es predecible: cuando llega el nuevo líder, inicia su gestión sintiéndose completamente perdido. Debe reconstruir información, ganarse la confianza de un equipo confundido y tomar decisiones sin el contexto suficiente. En lugar de concentrarse en aportar valor desde el primer día, dedica semanas, o incluso meses, a resolver problemas que nunca debieron existir. Es como llegar a una organización donde las reglas del juego nunca fueron explicadas. Muchos describen esa sensación como si hubieran entrado a una versión corporativa de Los Juegos del Hambre, donde sobrevivir parece ser la prioridad.
Pero existe el otro extremo, y es profundamente inspirador. Hay líderes que entienden que su legado no termina el último día de trabajo. Organizan la información, documentan procesos, presentan al nuevo responsable con respeto, comparten aprendizajes, explican los errores que ya cometieron para que no se repitan y, sobre todo, desean sinceramente que la persona que llega tenga más éxito que ellos. No sienten que están perdiendo protagonismo; entienden que están contribuyendo a la continuidad de la organización.
Ese tipo de empalmes no solo facilitan la operación. También fortalecen la cultura. Los colaboradores perciben que trabajan en una empresa donde el conocimiento pertenece a la organización y no al ego de una persona. Descubren que el liderazgo consiste en construir, no en dejar obstáculos.
La psicología organizacional ha demostrado que uno de los mayores generadores de estrés laboral es la incertidumbre. Cuando un cambio de liderazgo se maneja de forma desordenada, aumenta la ansiedad, disminuye el compromiso y se afecta la confianza en la organización. En cambio, cuando existe una transición estructurada, los equipos recuperan rápidamente la estabilidad y mantienen su nivel de desempeño.
Si usted está próximo a dejar una posición de liderazgo, pregúntese: ¿qué historia contará la persona que llegue después de mí? ¿Dirá que encontró una oficina llena de silencios, archivos perdidos y puertas cerradas? ¿O recordará que alguien dedicó tiempo a facilitarle el camino?
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