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Cesar Eduardo Tamayo decano
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En economía, como en la vida, no hay atajos ni soluciones mágicas. Dicho esto, en nuestra coyuntura, una reducción del gasto público primario es lo más cercano a lo que podríamos llamar una bala de plata contra nuestras múltiples afugias económicas.
Empecemos por recordar dónde estamos y cómo llegamos aquí. Tras el severo choque de la pandemia, Colombia, como muchas economías, acudió a una expansión fuerte del gasto público como último recurso para atender el sector salud y sostener algún nivel de empleo e ingreso. Con la recuperación de 2021 y 2022, la administración Duque buscó retornar el gasto a niveles sensatos, y prevenir un mayor crecimiento de nuestra deuda. Es lo que hacen los países responsables: se endeudan en las crisis, y repagan en los auges.
Pero este proceso de normalización fiscal se detuvo súbitamente en 2023, y desde entonces solo conocimos de ilusiones tributarias y excesos de gasto. De hecho, el gobierno Petro planeaba subirnos el gasto público primario -aquel que no incluye el servicio de la deuda- desde un 16% del PIB en 2022 (excluyendo subsidios a combustibles), hasta un pomposo 20% del PIB en 2027. Y todo esto sin que hubiésemos logrado acabar con la pobreza, garantizar cobertura universal en educación superior o cosa alguna parecida.
Nos ha llegado la hora, pues, de apretar el cinturón, y vivir algo más dentro de nuestros medios. Pero una reducción del gasto primario, digamos, a niveles de 2022 (16% del PIB), lejos de ser una mala noticia, puede ayudarnos a resolver varios problemas. Para empezar, puede contribuir a que tengamos un crecimiento más equilibrado; la demanda interna, y en particular el consumo público, vienen creciendo a tasas muy superiores a las que crece el producto. Frenar el insostenible impulso fiscal nos ayudaría a reducir las presiones inflacionarias, lo que, con el tiempo, permitiría al Banco de la República cumplir su meta y estabilizar o incluso bajar las tasas de interés. Asimismo, un menor gasto primario abriría espacio para reasignar parte de nuestro ahorro a recuperar la inversión privada que se ha visto tan golpeada en estos años. Y como si fuera poco, este menor gasto conduciría a menores tasas de interés de la deuda pública, que, a su turno, limitarían la entrada de capitales de corto plazo y mitigarían la fuerte apreciación que ha sufrido en meses recientes el peso colombiano.
Todos a una debemos rodear al ministro de Hacienda y a su buen equipo en los esfuerzos que están haciendo por ordenar las finanzas públicas.
Pero, para hacer creíble un plan de ajuste más ambicioso, como el que necesitamos, hay que pedirle al presidente que personalmente se comprometa con la austeridad fiscal y la convierta en propósito nacional. Después de todo, esta fue una de sus banderas de campaña.
Estar preparado para un terremoto no significa vivir con miedo a que la tierra se mueva; significa construir una estructura suficientemente sólida para que, cuando aquello que parecía estable deje de serlo, usted también pueda moverse sin derrumbarse