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Corta, sencilla y sonora. Sinónimo de fidelidad, también de nobleza. Cualidad elevada, incluso, a categoría de virtud, que de la gratitud se alimenta. Así es la lealtad. Esa que sale a flote cuando las afugias superan las bienaventuranzas y se materializa en apoyos o ausencias que terminan por hacer una radical diferencia. Aplica para todo en la vida: para el amor, la amistad, las relaciones laborales, pero ¿para la política?
“Por estos días escasea”, balbucean apenas los temerosos, mientras los decididos vociferan que aquello de ser leal no implica desconocer límites. Opiniones divididas enriquecen un debate que con el paso de los días se torna cruel por naturaleza. Y es que varias son las preguntas que acompañan la que siempre será una morbosa escena. ¿A quién hace más daño? ¿Al que la esquiva o a aquel que recibe el inesperado gesto cual si se tratara de una bofetada que considera inmerecida? Solo el tiempo y nada distinto al tiempo se encarga de dar respuesta. Sin embargo, en el entretanto, varias son las fracturas que amenazan con hacer implosionar lo que una vez se presumió eterno.
El aparente victorioso y el aparente derrotado esgrimen sus argumentos. El segundo se defiende, el primero se autoconvence. No obstante, en paralelo, el ruido crece y los malquerientes enfilan baterías decididos a echar más leña al fuego y, ¡cómo no!, a sacar el mayor provecho. Siempre habrá cabida para una retórica que permita pescar en río revuelto, siempre habrá tribunas dispuestas a enardecerse y habilidosos titiriteros hambrientos de figurar, tras bambalinas, como les gusta hacerlo.
Ahora bien, con tres actores ya en escena, la ecuación trasciende lo que en principio parecía un asunto de dos. Surgen múltiples versiones y hasta presuntos planes encubiertos se destapan. Las grietas se hacen cada vez más profundas, a la par que se aleja la posibilidad de una reconciliación. Se suman, entonces, otras inquietudes que bien pueden ser consideradas desde la experiencia o motivadas por el deseo. Ambas válidas, en todo caso, si se tiene en cuenta la complejidad propia del ser humano, que suele actuar a conveniencia.
Dicho lo anterior, ¿son posibles las segundas partes?, ¿qué podría pasar frente a un eventual cruce de caminos?, ¿qué motivará los siguientes pasos?, ¿pesará más la razón o el ego? Ni siquiera los directos implicados tienen la capacidad de predecirlo. En el ajedrez de la existencia, las revanchas suelen ser apuestas de largo aliento.
Por lo pronto, el grueso del auditorio rodea al que en el horizonte inmediato emerge como el ganador -a nadie le gusta sentir que ha perdido-. Aun así, la trifulca seguirá desnudando intereses y poniendo a prueba compromisos que, en el camino, por sí solos, demostrarán si nacieron para ser frágiles o sólidos. Continuarán los reclamos, escasearán los mea culpa y una decepción colectiva intentará permear la que se mostraba como una fórmula compacta. Eso sí, aunque necesario, difícil será sanar en silencio. Las debilidades ya quedaron expuestas ante los ojos del contrario.
El hecho es que, tras un precoz clímax, un nuevo capítulo está obligado a comenzar a escribirse y, como dijo alguna vez el gran Charles Dickens: “Los caminos de la lealtad son siempre rectos”.
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Lo que está en juego no es la estética parlamentaria. Se pierde la deliberación, que es la razón de ser del Congreso