La probada resistencia de Nicolás Maduro para mantenerse en el poder terminó por profundizar las grietas de una desgastada oposición venezolana. La escandalosa ruptura entre quienes alguna vez emergieron como esperanza de cambio se veía venir desde hace tiempo. Nunca han estado del mismo lado.

Venezuela luce hoy ad portas de catapultar una dictadura eterna que cabalga sobre las debilidades propias de la ausencia de consenso. La comunidad internacional ―y no es para menos―, después de la dedicación y los esfuerzos, observa decepcionada el escenario de reproches en el que terminó convertido el que debió ser un pacto colectivo.

Para resumir, las cosas están así:

Un disminuido Juan Guaidó se debate entre la frustración y la desesperación al darse cuenta de que a su rol, quizá, le quedan los días contados.

Henrique Capriles, otrora férreo detractor del régimen, se adjudica los “indultos” concedidos por Maduro, negocia con el gobierno al que siempre calificó de usurpador y anuncia su participación en las elecciones parlamentarias de diciembre.

María Corina Machado, líder del movimiento Vente Venezuela, rechaza el llamado del presidente interino a formar alianza, defiende la opción del uso de la fuerza como salida a la crisis política y, después de clamar ante el mundo ayuda, ahora asegura que nadie debe meterse en los asuntos internos de la oposición.

Tal vez llegó el momento de entender que este rompecabezas, cuyas piezas no cuadran, lo deben armar solos los venezolanos.

Ni las buenas intenciones del Grupo de Lima ni la retórica amenazante de Trump ―que parecería más un comodín electoral que un interés real―, ni la obsesión del presidente Iván Duque por convertirse en el artífice del cambio lograron llevar a la oposición a estar a la altura de los apoyos externos.

Mientras sus contrapesos se dividen, Maduro fortalece sus nexos con Rusia, China, Irán y Turquía. Un país hipotecado a cambio de poderosos respaldos contrasta con la nula estrategia de quienes dicen estar del otro lado.

El régimen gana tiempo con cada rifirrafe y el panorama, adverso para los defensores de la democracia, es cada vez más claro: a la dictadura no le quedan las horas contadas.

La comunidad internacional debería dejar de rasgarse las vestiduras por una oposición venezolana desordenada y egocéntrica, y en lugar de ello, concentrarse en cerrar filas en bloque ante los riesgos que un narco-Estado representa.

El crimen trasnacional organizado y la presencia de Hezbollah en la región que se robustecen con la anuencia de quienes ocupan el Palacio de Miraflores, sumados al accionar del ELN y la nueva guerrilla de Iván Márquez como brazos armados del régimen no dan espera.

Ningún intento adicional por lograr una transición política dará frutos hasta que desde dentro se decidan a consolidar y respetar un proyecto serio y único, acorde al desafío de enfrentar a un tirano. Mientras eso no suceda, todos los esfuerzos se seguirán yendo al traste.