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Una placentera ausencia de escándalo

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Cuando Barak Obama fue elegido en 2008, estaba seguro que volverían los años de Bill Clinton; que estaría sujeto a una interminable serie de acusaciones de “escándalo”, creando la sensación de una administración manchada pese a que todos los supuestos escándalos terminarían siendo triviales o inexistentes. Recuerden que luego de todos esos años de titulares y US$70 millones en fondos públicos, la investigación de Whitewater salió sin nada.

De hecho, empero, nada de eso sucedió durante el primer mandato del presidente Obama. ¿Pero su segundo mandato sería diferente? Durante cierto tiempo pareció como si la vieja maquinaria del escándalo finalmente estuviera cobrando vida, con Bengasi, la Superintendencia de Contribuciones (IRS, por sus siglas en inglés) y más. Casi se podía escuchar el suspiro de satisfacción de cierta parte de la prensa.
 
Pero ahora todo se ha evaporado. Bengasi nunca tuvo sentido; resulta que el IRS estaba apuntando a grupos liberales y a grupos conservadores para mayor escrutinio. Y tal como lo escribió recientemente el comentarista Jonathan Chait en la revista New York, el asunto de la Agencia de Seguridad Nacional (ASN) es una disputa de política, no es el tipo de escándalo que quiere el ala derecha.
 
Por supuesto, la ausencia de fuego detrás del humo no frenó la cacería de brujas de Clinton. Pero esta vez parece ser diferente.
 
Tal vez los medios de noticias de hecho han aprendido algo; tal vez los reporteros están efectivamente disciplinados, en esta ocasión, por la “blogósfera”. De cualquier forma, la narrativa de una presidencia cargada de escándalos parece estar evaporándose mientras hablamos.
 
Así que me equivoqué. Me da gusto que haya sido así.
 
“Acelalandia” vs. Mayberry
Ummm. Una cosa que he notado en las discusiones recientes es que en la derecha, el Acela (más o menos el único tren de pasajeros de alta velocidad de Estados Unidos) se ha convertido en símbolo de elitismo liberal. ¿De qué se trata eso?
 
Bueno, tiene varios atributos útiles. Por un lado, efectivamente es más bien caro, aunque no tanto como los boletos de avión de primera clase, y ni hablar de los aviones privados favorecidos por mucha de la gente de hasta arriba de la coalición de ala derecha.
 
En segundo lugar, sigue el juego a todo el asunto de “los trenes son malos”. Quiero decir, George Will escribió en 2011 que el único motivo por el que los liberales gustan de los trenes es porque reducen el individualismo y hacen que la gente sea más susceptible al colectivismo. Por supuesto, esto crea la interesante imagen de elitistas liberales egocéntricos que viajan en tren para reducir su individualismo y volverse colectivizados. Creo que me empezó a doler la cabeza.
 
Pero finalmente, y creo que de cierta forma razonablemente, Acela es una forma útil de escribir en taquigrafía Corredor del Noreste, que más o menos en el equivalente a la cadena de áreas metropolitanas que sirve: Boston, Nueva York, Filadelfia y Washington. Y así, los ataques contra Acela sirven como forma de enunciar la vieja afirmación de que los residentes del noreste no son “el verdadero Estados Unidos”.
 
Excepto que ellos (nosotros) de hecho somos el verdadero Estados Unidos; mucho más reales que el Estados Unidos de pueblitos con pura gente blanca que imagina esa gente. Tal como lo he señalado antes, el estadounidense promedio vive en un grupo censal con una densidad poblacional de más de 5,000 personas por milla cuadrada. No es Mayberry; es un suburbio denso, hasta casi urbano. Resulta ser que es la densidad poblacional ponderada del Gran Baltimore.
 
Es cierto que los viejos núcleos urbanos del noreste, sobre todo, Nueva York, por supuesto, ofrecen un paisaje físico y cultural muy disímil a donde vive la mayoría de los estadounidenses. Pero lo mismo es cierto sobre los pueblitos y las áreas rurales. La mayoría de la gente del noreste vive como la mayoría de la gente del resto del país.
 
“Acelalandia”, en pocas palabras, es el verdadero Estados Unidos; la creencia de que no es así es simple fantasía.
 
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